¿Qué antifascismo vencerá al neofascismo?

Por: Un militante antifascista de Madrid

No cabe duda de que vivimos tiempos convulsos, a la ya larga crisis capitalista iniciada en el 2008, se le suma la crisis pandémica de la Covid-19. En este contexto, los últimos años hemos vivido como partidos de inspiración ultraconservadora o ultranacionalista ingresan con fuerza a los distintos parlamentos a lo largo de Europa, o como incluso grupos abiertamente fascistas ganan fuerza en la calle. Este texto quiere aportar luz al análisis de este fenómeno. Pero, sobre todo, quiere ser una aportación al debate militante sobre qué tipo de organización y estrategia política se puede demostrar como la más efectiva para hacer frente al neofascismo. Sin olvidar, claro está, que lo venidero en estas líneas no es más que la mera opinión de un militante político que busca el objetivo común de derrotar al emergente fascismo y superar las condiciones sociales que lo generan.  

Toda organización que se autodenomine antifascista debe tener claro que una de sus principales prioridades actuales debe ser la correcta interpretación de qué es el fascismo clásico del siglo XX y qué es lo que podemos denominar como neofascismo emergente en nuestros días. Sin una correcta identificación del enemigo difícilmente podremos desarrollar una estrategia y una táctica política para hacerle frente. Por lo que trataré de introducir aquí las líneas teóricas básicas para la identificación del fascismo.

En este texto se evitará el uso de extensas citas bibliográficas para su correcta y fluida lectura. Sin embargo, al final se ofrecerán unas pequeñas recomendaciones bibliográficas para quien quiera profundizar en el tema.

¿Qué es el fascismo?

La primera y más básica distinción que debemos tener en cuenta es la diferenciación del fascismo en sus dos facetas: el fascismo como movimiento de masas y el fascismo como parte integrante del estado capitalista. Dicho de otro modo, el fascismo antes de alcanzar el poder y una vez este ha alcanzado el poder. El fascismo puede ser un movimiento que en su corpus ideológico y estratégico previo a la toma del poder incluya elementos que podemos denominar como anticapitalistas (o altercapitalistas) u obreristas. De aquí se deduce su carácter de movimiento de masas descontentas en épocas de crisis capitalista.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el fascismo solamente llega al poder al recibir dicho movimiento el apoyo directo o indirecto de cierta facción de la burguesía dirigente de cierto estado. En este trámite, la burguesía acepta que la salida para la crisis es poner en suspenso la democracia liberal y aceptar una salida final para la crisis en modo de aupar a la dirigencia del estado a un movimiento fascista. Si examinamos todas las experiencias fascistas del siglo XX, se puede concluir que ninguna ha triunfado sin el apoyo directo y decidido de cierta facción de la burguesía.

En este proceso de ascenso al poder del estado capitalista, obviamente, el movimiento fascista renuncia a su anterior característica “antisistema” y a toda apariencia de defensa de los intereses de la clase obrera, para pasar a beneficiar directamente a los grandes monopolios y empresas capitalistas nacionales. El famoso dirigente de la III internacional, Giorgi Dimitrov, decía que antes de que el fascismo optase a conseguir el poder tenía que producirse una fase de la “fascistización de la democracia liberal misma”. Es decir, el propio estado capitalista debía pasar por un proceso de fascistización para allanar el camino a la llegada al poder de los fascistas.

Bien, pues este proceso de fascistización del estado capitalista es el que estamos viviendo actualmente, ya que impulsado por partidos autodenominados de izquierda y al albor de la pandemia, se están tomando medidas de excepción y perfeccionando los mecanismos de control y represión que a la postre pueden facilitar la llegada al poder de un movimiento de características fascistas. Por lo tanto, aquí ya se puede adelantar la primera hipótesis de este texto: al ser el fascismo una solución de última instancia para el capitalismo en crisis, una militancia que no crítique el propio funcionamiento de la relación social capitalista y articule una estrategia para su superación, difícilmente podrá hacer frente al fascismo del siglo XXI o neofascismo.

Pero antes de entrar a desarrollar cuestiones sobre el fascismo actual, recordemos las características del fascismo clásico. Ideológicamente, todos los fascismos del siglo XX compartían una característica básica que resume bastante bien su ultimo fin: todos eran acérrimos anticomunistas y antibolcheviques. Debido a su ultranacionalismo y racismo, odiaban a los comunistas que encarnaban el mal supremo del internacionalismo y la contrariedad a la unidad nacional interclasista, en pro de la unión internacional del proletariado. Por lo tanto, el obrerismo de los fascistas era eminentemente racista, y en el caso de los nazis antijudío, ya que identificaban en el otro extranjero los males que la propia crisis capitalista provocaba en las masas obreras nacionales. El fascismo, así entendido, era pues una solución retrograda y racista a la crisis capitalista.

Igualmente, es importante destacar el carácter de clase del fascismo, ya que el fascismo históricamente se nutre, como ya anticipó el teórico y dirigente comunista italiano Antonio Gramsci, de la crisis y proletarización de las clases medias. Ya que la incipiente clase media que se estaba creando en los países del centro imperialista de principios del siglo XX, en los países centrales de la Europa Occidental y EEUU, se vio quebrada por la irrupción de la crisis de 1929. Viendo en peligro su posición superior de clase, muchas de estas capas medias obreras fueron muy permeables al discurso que defendía que esto sucedía por la influencia malévola del otro extranjero y no por las propias tendencias consustanciales al capitalismo.

¿Vuelta del fascismo en el siglo XXI?

En nuestros días vivimos el ascenso de partidos de distinto tipo que son denominados de extrema derecha o derecha autoritaria que comparten rasgos comunes, pero que difícilmente podríamos identificarlos con el fascismo clásico. Ya que mayoritariamente son instrumentos institucionales y dejan en segundo plano su característica de movimiento de masas. Esto no quita que sean eminentemente autoritarios, racistas, machistas y que incluso demuestren características protofascistas. Pero, por lo dicho anteriormente, sin el apoyo total y decidido de cierta facción de la burguesía, estos difícilmente llevarán hasta el final la transformación del estado capitalista en uno de carácter fascista-totalitario. Hablamos de partidos como VOX, Rassemblement national o Chega; y de personalidades políticas como Trump, Bolsonaro u Orbán.

Por otra parte, tenemos movimientos callejeros cuya vinculación con la ideología fascista clásica es más directa. Por poner unos ejemplos, podemos mencionar a Bastión Frontal en el caso español o CasaPound en el italiano[1]. Del mismo modo, existen movimientos de carácter civil y no político-institucional que, sin llegar a ser propiamente fascistas[2], sí que son eminentemente racistas y obreristas supremacistas, que buscan la superioridad política de la clase obrera nacional frente a lo que denominan “invasión extrajera”. Podemos hablar de movimientos como Hacer Nación en el caso español o del movimiento Pegida en el alemán.

Centrándonos en los ejemplos más cercanos, hablaremos de los tres casos políticos que suceden en el caso del Estado español. Empecemos por VOX, que surge como un partido ultranacionalista y heredero de ciertas concepciones de la dictadura franquista nacional-católica española. Debemos entender que durante la dictadura española el partido propiamente fascista, la Falange, fue siempre subsidiario del régimen que impusieron los militares, y que con el paso del tiempo el peso de la rama fascista en el régimen fue perdiendo preminencia.

Por lo tanto, en VOX, en un principio no se veían esos elementos propiamente fascistas (lo que no excluye su carácter ultranacionalista y conservador español), es más, sus primeros programas económicos se pueden definir de ultraliberales, lejos de la concepción corporativista que define el programa económico fascista clásico. Sin embargo, en cuanto VOX ha querido romper el nicho de votantes iniciales, ha debido adoptar cierta retórica y programa obrerista. Véanse como ejemplos, la creación del sindicato Solidaridad en su seno y la aceptación de ciertas medidas proteccionistas para el capitalismo español, en pro de la conciliación capitalista y obrero nacional. Concepciones, estas últimas, que lo pueden conectar con ciertas características del programa de política económica fascista clásico.

Pero, del partido de Santiago Abascal, hemos de saber que la gran burguesía dirigente del Estado español no apoyaría ciertas medidas que ahora mismo el partido dice apoyar. Un VOX en el poder, incluso con mayoría absoluta, difícilmente sería capaz de eliminar el sistema de las comunidades autónomas español. Ya que este es consustancial al modelo de acumulación capitalista que se articula en el territorio del Estado español, para mantener la unidad entre las distintas burguesías dominantes en los distintos territorios nacionales de dentro del Estado. Por ello, esta medida se encontraría con la contrariedad de los poderes económicos dominantes del Estado español.

En definitiva, si VOX quiere acceder al poder, y esta es mi intuición, deberá rechazar ciertos aspectos de su programa actual, al igual que su obrerismo nacional quedaría en papel mojado. Sin embargo, esto no quita el riesgo real que supondría un gobierno con gran peso de VOX en lo que a cercenación o eliminación de ciertas libertades políticas y civiles se refiere o en cuanto a la limitación de capacidad de acción política independiente del proletariado. Por eso, sin excusas, es deber del antifascismo combatir a este tipo de partidos, pero en su correcta denominación y dentro de una estrategia adecuada.

Por otra parte, tenemos otra miríada de grupos que podemos denominar civiles o militantes, ya que su objetivo principal no es presentarse a las elecciones, sino que tratan de hacer trabajo político de base. Tal es el caso que ejemplifica el caso del movimiento Hacer Nación. Estos grupos comparten con VOX un sentimiento político primordial: el de proponer la supremacía de la clase obrera nacional y querer luchar por la vuelta a una etapa floreciente del capitalismo nacional español, hoy periférico en la estructura interna de la Unión Europea. Proponen, entre otras propuestas, la reindustrialización de la estructura productiva nacional, vuelta al tipo de trabajo típicamente fordista y un pacto social con la burguesía nacional. Se sienten perdedores de la globalización capitalista, por la proletarización de su estatus de clase media, y por eso arremeten contra las concepciones cosmopolitas que ellos entienden favorables de dicha globalización.

Siguiendo con los grupos de carácter civil que surgen del proceso de proletarización, hemos de mencionar a los grupos de desocupación, tipo Desokupa, que, al menos para mí, son los que mayor peligro representan hoy día en cuanto a actuar como fuerza de choque directa contra el proletariado. Ya que actúan, no ya como un grupo callejero, sino como un grupo en parámetros no regulados que en ciertos momentos puede tener el apoyo de los poderes públicos y jurídicos, ya que actúa en una situación de alegalidad. Este tipo de organizaciones, abiertamente retrógradas y formada por miembros procedentes de distintos grupos de carácter fascista, sin embargo, representan una necesidad para la clase media que en épocas de crisis pueden pendular hacia posiciones fascistizantes[3]. Puesto que mucha de la clase media es rentista y propietaria de inmuebles en alquiler, por lo que puede acudir a estos grupos con la intención de proteger sus inmuebles ante posibles impagos por inquilinos de un estrato de clase inferior al suyo.

Por lo tanto, esta combinación política de grupos ultras y sectores de la clase media que pueden fascistizarse es un elemento clave a combatir. Esta suma representaría un riesgo mayor incluso que la de los propios grupos abiertamente y teóricamente fascistas, como sería el caso de Bastión Frontal. Ya que, en la coyuntura actual, es difícil encontrar los elementos para que el fascismo clásico, como el que defiende Bastión Frontal, vuelva a convertirse en un movimiento de masas, en el Estado español al menos. Sin embargo, esto es una mera hipótesis, y corresponde estar alerta con respecto a estos grupos y combatirlos de igual manera. Pero entendiendo sus bases organizativas y políticas, ya que muchas veces no pasan de ser meros grupos identitarios cerrados y sin capacidad de crecimiento alguno. Nuevamente, su mayor riesgo reside en su capacidad de acción como grupo de ataque a diversas organizaciones obreras y sociales.

Puntos para una estrategia antifascista eficaz

Una vez realizado este introductorio análisis de la amenaza fascista actual, podemos atrevernos, y solo en modo orientativo, a proponer ciertos puntos para rearticular y reorganizar la estrategia militante antifascista. Repetimos, que estos puntos son de mero carácter orientativo y que su valor reside en que sean puestos en discusión por la militancia antifascista, para articular el más potente movimiento que frene al actual fascismo, tanto civil como institucional.

Así pues, a grandes rasgos, pueden esbozare tres puntos. Los dos primeros son de carácter más táctico-coyuntural y el tercero de carácter más estratégico-organizativo:

  1. El antifascismo no puede quedarse anclado en ser un mero movimiento cultural identitario. Seamos claros, muchos de los grupos antifascistas militantes de hoy día se limitan a ser meros grupos cuya identidad colectiva se construye en el antagonismo con los grupos de carácter fascistas que actúan en su territorio. Por lo tanto, pasan a ser un movimiento de carácter puramente resistencial y en negativo. Ante esto, es necesario proponer la construcción en positivo de un proyecto político y la elaboración de una estrategia política que vaya más allá de hacer frente inmediatamente a los grupos fascistas que operan a nuestro alrededor.
  2. Ligado a este primer punto, al ser una identidad colectiva construida en el antagonismo a ciertos grupos, muchos grupos militantes antifascistas corren el riesgo de que su agenda la marquen precisamente las actividades de estos grupos fascistas. Limitándose el antifascismo a ser un movimiento de respuesta a las fechorías públicas o privadas que estos grupos fascistas organizan. Incluso sin que los fascistas organicen un acto como tal, muchas veces el antifascismo de manera inconsciente o consciente opera en base a la actividad de ciertos grupos fascistas, que muchas veces tampoco tienen mayor recorrido que ser unos minúsculos grupos también de mero carácter identitario. Sin embargo, de estas palabras no se puede extraer la falta de necesidad de marcar el terreno a estos grupos fascistas. Al contrario, parte de la estrategia antifascista debe ser combatir a dichos grupos y erradicar su presencia en las calles, el problema viene dado cuando el antifascismo se limita a esta única tarea, quedándose así el antifascismo sin agenda propia.

Llegados a este punto, debemos reseñar que en durante la última década el tema de la politización y trascendencia del antifascismo ha sido ampliamente debatido y tratado en el seno del movimiento antifascista, pero que el resultado alcanzado ha sido limitado, poco efectivo e incluso más contradictorio que en el anterior ciclo, si el objetivo es el de superar el momento de estancamiento que aquí señalamos. En este momento, el colectivo antifascista de barrio se convierte en una agrupación de jóvenes unidos bajo consignas propiamente antifascistas (pero en genérico); y también feministas, antirracistas e incluso en ocasiones sueltas soflamas anticapitalistas.

La asunción acrítica de teorías interseccionales no ha hecho sino agudizar la contradicción y, a pesar de que se pasó por un proceso de politización de dichos colectivos, no se logró llegar al final de la tarea y crear movimientos que hicieran frente a la totalidad social capitalista y al poder burgués. Esto derivó en una confusión ideológica importante y en la consolidación del carácter identitario y simbólico del movimiento antifascista. Ya que la pura suma cuantitativa de distintas luchas y corrientes nunca presupone la superación de las condiciones sociales que generan la explotación capitalista y sus opresiones consustanciales.

  • El tercer y más estratégico punto deviene de la conclusión lógica de que si el fascismo es una manifestación creada por ciertas tendencias capitalistas a la crisis, el antifascismo, como fin estratégico-organizativo en sí mismo, debe de ser superado en positivo. Es decir, el antifascismo debe ser parte de una estrategia político-organizativa superior que vaya dirigida a anular las condiciones de posibilidad del fascismo, que no son otras que la totalidad de las relaciones sociales capitalistas. Esto puede parecer una obviedad, pero en la realidad no sucede, ya que la mayoría de grupos y coordinadoras antifascistas se limitan a la inmediatez de combatir al fascismo coyuntural en cada caso, junto a ciertas injusticias sociales de actualidad en cada momento, sin mayor estrategia política a medio y largo plazo.

En este sentido, la crítica debe de ser total, ya que la crítica es la única arma que tenemos los militantes para superar el momento de estancamiento y desorientación imperante hoy día en la mayoría de la militancia antifascista. Por lo tanto, el movimiento político a superar la situación actual del antifascismo debe de contener la independencia de clase como punto estratégico clave, asegurando así su independencia política e ideológica de las corrientes que confluyen en la socialdemocracia y buscan la integración en el estado capitalista. Ya que el antifascismo sin más, fácilmente puede ser usado por la camarilla de partidos socialdemócratas para ser un mero eslogan electoral. Reduciéndose así el peligro fascista a que tal o cual partido con características más o menos fascistas alcance el poder institucional.

Sin embargo, como hemos dicho al principio, una buena lectura de la coyuntura actual nos permite ver que el peligro fascista no radica solamente en que cierto partido político alcance el poder gubernamental, que también. Pero el mayor riesgo presente reside en que las propias estructuras del estado liberal-burgués tienden hacia la fascistización y toman cada vez más la forma abierta autoritaria. Todos somos conscientes del aumento de la represión, de la supresión de derechos civiles y políticos que vivimos y de que todo esto acarreará unas mayores trabas a la militancia política. No debe olvidarse tampoco la posible fascistización de las clases medias en peligro de proletarización. Por lo que la estrategia independiente proletaria se vuelve indispensable para no caer en meras consignas de defensa de una mejor gestión del capitalismo en un momento de crisis del sistema. Medidas que objetivamente, debido a los límites del propio ciclo económico capitalista, son imposibles y son el primer paso para el surgimiento de movimientos políticos reaccionarios.

Breves conclusiones

El fascismo no surge del capitalismo automáticamente, pero este crea las condiciones sociales y económicas para su (re)surgimiento, además de ser la burguesía que ve en peligro sus privilegios la que puede terminar por apoyarlo. Por lo tanto, el antifascismo debe ser parte del movimiento real que haga frente a la totalidad social capitalista. Un movimiento de carácter únicamente antifascista no podrá vencer al fascismo, debe ser algo más.

Ese algo más, personalmente, lo vislumbró como una estrategia socialista encaminada a la superación total de la sociedad capitalista. Con cuadros políticos que entiendan y se organicen para dicha superación; o, dicho de otra manera, el debate de la organización es algo vivo y que debe darse. Sin embargo, al no poder profundizar más en este punto, ya que no es el objetivo del texto, esto debe de ser una cuestión a resolver por la militancia. Sirva este texto como aliciente para el debate sobre la coyuntura actual del antifascismo y del cómo hacer frente a las amenazas que nos invaden desde todos los frentes.

Bibliografía

Gramsci, A. (1924): “La crisis de la pequeña burguesía”, L´Unitá, 2 de julio. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/gramsci/jul1924.htm

Gramsci, A. (1926): “La situación italiana y las tareas del P.C.I.”. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/gramsci/tareas.htm

Dimitrov, G. (1976): Escritos sobre el fascismo, Madrid, Akal. Disponible en: https://creandopueblo.files.wordpress.com/2011/09/dimitrov-escritos-sobre-el-fascismo.pdf

Poulantzas, N. (1976): Fascismo y dictadura: la III Internacional frente al fascismo, Madrid, Siglo XXI. Disponible en: http://www.iunma.edu.ar/doc/MB/lic_historia_mat_bibliografico/Historia%20Contempor%C3%A1nea/6.%20Ciclo%20contra-revolucionario/fascismo-y-dictadura-poulantzas.pdf

Bologna, S. (1999): Nazismo y clase obrera, Madrid, Akal.

Marramao, G. (1982), “Racionalización capitalista y solución totalitaria. El fascismo alemán en el análisis de Alfred Sohn Rethel”, Lo político y las transformaciones, México, Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 95, Siglo XXI.

Traverso. E. (2019): Las nuevas caras de la derecha, Argentina, Siglo XXI.


[1] De hecho, en el Estado español existió el intentó de emular a CasaPound en el caso del ya casi extinguido Hogar Social Madrid. HSM, con ese tinte asistencialista que guardaba las formas y cuidaba su discurso, era una plataforma de carácter civil que podía buscar su posterior reacomodo en alguna plataforma de carácter electoral. Sin embargo, Bastión Frontal, marcadamente obreristas y con un discurso más impúdico, se asemeja más a lo que podríamos denominar como sección de asalto fascista, con intención de desplegar sus redes políticas a lo largo de distintos territorios, pero no de presentarse a las elecciones y al juego parlamentario.

[2] Ojo, en este caso estamos hablando de la naturaleza misma de cierto movimiento y sus características políticas. Lo que no excluye, que sus miembros provengan de grupúsculos abiertamente fascistas y que la propia naturaleza del movimiento pueda cambiar en un futuro.

[3] Cabe destacar, para no inducir a un error, que definimos a la clase media como un fenómeno histórico y social real que acontece en las sociedades del capitalismo occidental a lo largo del siglo XX. Esta capa de la clase trabajadora, por su posición en la división internacional del trabajo y por estar ligada a ciertos procesos productivos de mayor rentabilidad o a los puestos de administración del estado, consigue emanciparse parcialmente de la total dependencia al salario mensual, consiguiendo acumular ciertos ahorros y acceso a ciertos bienes de consumo superiores. De este modo, podemos mencionar que el término se asemeja al de aristocracia obrera usado por el marxismo clásico, como capa de la clase obrera que rompe parcialmente la dependencia de clase. Sin embargo, no controla los medios de producción y su posición de clase es totalmente dependiente de los distintos ciclos del capital, entrando en crisis y periodo de proletarización en los períodos de crisis general. Debe distinguirse de la pequeña burguesía, que es propiamente capaz de lanzar procesos productivos a pequeña escala y tener a su cuenta a obreros asalariados. Cosa que no quita que la pequeña burguesía sea también un grupo que acude a grupos de choque directo como Desokupa.

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