Líneas de fractura o espacios para el encuentro.

Artículo por: G. Juncales ( @GJuncales )

1. El PSOE nos va a abandonar en manos de la peor derecha. Es una sensación incómoda pero latente, que impulsa el despecho contra la izquierda por traidora. Nos han vendido, otra vez. El gobierno más progresista de la historia nos ha vendido y ahora nos deja con estos. La inquietud corre y buscamos al culpable: el posmoderno que nos alejó de lo importante, la feminista que dividió el movimiento o el rojipardo que les hizo el juego. Los conspis que dudaron del confinamiento o la izquierda domesticada que no protestó lo suficiente. Los que les entregaron la calle al no salir a tiempo y las que les entregaron la calle al provocarles. Buscamos culpables para no tener que mirar al otro lado: un nacionalismo español a la ofensiva montado sobre un cohesionado bloque reaccionario.

El PSOE ha decidido sacrificar el interior. Madrid, Zaragoza, Burgos o Toledo van a ser pasto de ese nacionalismo español. Tras la estrategia de 2019 de “votadme y pararé el fascismo” se perfila la siguiente: “yo soy la única alternativa a eso que tenéis”. Lo sabemos y, ante el horizonte que viene, antes de cavar trincheras hemos decidido filtrar con quién pretendemos compartirla.

Todo esto es, como se ha dicho, una sensación. Y ojalá la política no se hiciera con sensaciones.

2. Lo vivimos en octubre de 2017. Ante la crisis política más aguda del Estado Español desde hacía décadas, la izquierda quemó sus naves con mucha gente dentro. Ese momento pretende repetirse, otra vez, en torno a los indultos. Esta vez el foco del conflicto no será Barcelona sino Madrid. No apuntará a unas Corts constituyentes sino a unas Cortes Generales de excepción. La oleada viene montada sobre un nacionalismo a la ofensiva, vertebrado en múltiples medios de comunicación y la estructura porosa del voxismo cultural.

Volverán banderas a los balcones de cada barrio obrero de Castilla, de Aragón, de Extremadura. Volverán banderas a las plazas. Volverán banderas a las portadas. Volverán sus banderas a cada conversación, hasta expulsar todo lo demás de la esfera pública.

Ojalá sea mentira. Ojalá otra predicción catastrofista de la izquierda radical equivocada.

3. El 15M abrió un ciclo de luchas y supuso un punto y aparte en la cultura política de todas las izquierdas. El 1-O también, pero aún no lo hemos reconocido. El 15M abrió un ciclo de encuentro, de espacios en común: luchas, asambleas, huelgas, medios de comunicación… Lo que vino después del 1-O sólo nos dejó desencuentros. Las huelgas generales feministas o por el clima discurrían en paralelo de una sólida y penetrante crítica a la “diversidad” que fue calando sobre las primeras, fraccionándolas entre TERF y queers, entre decrecimiento o GND. El espacio sindical se reabre por sus costuras: sindicatos de riders, de kellys, de la estiba, de pensionistas.

Este tiempo de desencuentro es sólo la profecía autocumplida de la crítica a la diversidad: el particularismo divide el espacio antagonista. Pero el principal particularismo que nos amenaza es que nadie enfrenta, el Otro: el nacionalista español.

4. ¿Qué puentes se pueden tender? Tenemos una cultura política carente de estructura sobre la que edificar nada. No contamos con grandes organizaciones que canalicen los debates. Las organizaciones se encuentran en coma, fragmentadas territorial y sectorialmente. Los medios de comunicación van a merced de Twitter, el infernal espacio de sociabilidad política que nos queda y que no deja de ser un espacio privado dirigido por un algoritmo caprichoso y que maneja el rebaño a su antojo. Ni siquiera contamos con percepciones mínimamente comunes de la realidad, empapados como estamos de burbujas ideológicas diferenciadas, excluyentes y, en muchos casos, guiadas por patrones de pensamiento conspirativo.

5. Aun así, hay quién lo intenta. Donde menos se esperaba. Nadie intenta crear un amplio espectro comunista, ni anarquista. No se trabaja por una gran sigla anarcosindical ni por un gran partido de nuevo tipo. Estamos reelaborando algo más básico: la percepción que tenemos de nosotras mismas. Buscamos una plataforma común y nos topamos con la(s) identidad(es). La política de identidad es en sí misma una línea de fractura. Desde las posiciones más beligerantes de la izquierda, atrincherados en símbolos y canciones, se denuncia que la identidad es una trampa que nos divide. Otra gente juegan con identidades múltiples, superpuestas, ordenadas como una baraja de cartas con la que jugar en cada escenario: identidad ideológica, económica, sexual, generacional, nacional, étnica…cada coyuntura personal permite crear líneas de fractura que dejan dentro suficiente  espacio para encontrar algo común, para politizarnos en colectivo. Pero la identidad es escurridiza y compleja, la identidad es un fractal: cuanto más se particulariza, más diferencia aparece. Nadie se maneja bien haciendo política en la identidad, excepto a sus desertores declarados. Negar la identidad ha sido el Arca de Noé al que se ha subido gran parte de ese Otro y, también, de nuestra cultura política. Pero esta negación es en sí misma una política de identidad, como no puede ser de otra manera. Una identidad invisible, sin líneas de fractura aparentes: política para personas laboriosas con sus vidas privadas, que no hacen daño a nadie, que son de aquí. Un paraguas que esconde una realidad que es políticamente funcional exclusivamente a quienes controlan unos límites que quedan fuera del foco. Pero ante todo, un paraguas que ofrece algo imprescindible: la seguridad de la normalidad.

6. Para hablar con ese Otro que brota en cada barrio, la fragmentación identitaria se vuelve un inconveniente. Porque no sirve para dar respuesta a quién se ha cerrado en banda por un pedazo de “normalidad”. Si la identidad nos traiciona por su cadena de diferencias vayamos directamente a buscar la fuerza-nuclear-fuerte que conforma espacios políticos. Pertenecer a un colectivo ¿cómo hacemos eso?. Aquí podemos destilar el conflicto que nos atraviesa. La polisemia de pertenencia nos pone en la pista: cuando las cosas pertenecen son posesiones, cuando las personas pertenecemos somos comunidad. Pensemos más en la pertenencia que nos corresponde, que nos interpela y menos en la identidad-cosa que nos pertenece y que consumimos como un rol. Tocar la dulzaina y tener un pendón castellano no te vincula con otras personas, sólo con lo castellano. Tampoco llevar la cruz de borgoña y colgar la rojigualda en el balcón te incluye en la sociedad civil reaccionaria que empuja contra el PSOE. Pertenecer a algo remite a las relaciones que desplegamos, ahí tenemos la potencia política de lo común; frente a tener algo en posesión, que exclusivamente nos habla de los fetiches que poseemos pensándonos que son sociedad. Son otras prácticas las que nos relacionan con personas, aunque sea a través de dispositivos simbólicos. En la relación está la potencia política.

7. Superar el identitarismo fragmentario por una política de la pertenencia. ¿de la pertenencia a qué? Esa es la pregunta. No más botánica de identidades, no más buscar líneas de fractura. Buscar la fuerza que une, preguntarnos por qué lo hace. Y, sobretodo, trabajar sobre la potencia de la pertenencia a algo. Hay trabajo pendiente para encontrar los lenguajes con los que entendernos, las imágenes con las que pensarnos, los elementos que construyen puentes. Las prácticas que nos relacionan. Y no es habitual, pero se dan espacios que miran de forma estratégica por esa reconstrucción de la potencia política, para conseguir un común a medio plazo. En ese lugar dónde ahora el PSOE -hace años Podemos-decidieron desde Madrid que no había nada que hacer y que somos pasto del Otro, del nacionalismo español. Iniciativas como el Encuentro Castellano Espliego, Abrigaño o los debates en torno al Campamento de la Juventud Castellana vislumbran en esta parte del mundo la búsqueda de espacios colectivos en los que trascender la mera identidad nacional y encontrar en el territorio un espacio para la pertenencia, para la potencia política de un antagonismo que nace de lo existente y no de lo deseado.

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