500 AÑOS EN LA MEMORIA DE LA LUCHA DEL PUEBLO TRABAJADOR CASTELLANO:

Manifiesto para Villalar 2021 por: Comunistas de Castilla, Castella, El Bardal, Encuentro de mujeres comuneras Dorotea Santos.

Villalar no es una fiesta popular al uso y, en rigor, ni siquiera es una fiesta, ni un recuerdo, ni tan siquiera un brindis. Porque, frente a la falta de conciencia histórica y la alabanza al poder, resuenan aún distorsionadas y casi apagadas las reclamaciones de justicia que no han abandonado las tierras castellanas desde hace más de cinco siglos.


Desde su inicio, este encuentro de gentes castellanas, venidas de los rincones del amplio espacio que conforman estas tierras, nunca dejó de albergar el sentido de la disputa contra un poder que desaloja a diario un concepto de vida digna para imponer desde la más burda brutalidad, el silencio, la miseria, el conformismo y la anulación del deseo popular de cambiar sus condiciones de vida.

Desde la perspectiva temporal, el movimiento comunero fue el resumen, el punto de confluencia, de siglos de luchas contra el sistema señorial y feudal, que esquilmaba tierras y derechos políticos a los castellanos y castellanas.

Si la rebelión de las comunidades sirvió de experimento histórico, fue para demostrar que ni el rey ni los nobles, por más en pugna que estén entre sí, son amigos del pueblo, que el primero necesita de los segundos, y que estos ampararán al rey a pesar de sus desafueros e intromisiones, porque más vale perder la corona que la bolsa.

Y esas lecciones son de una actualidad asombrosa cinco siglos después. Villalar es sobre todo una lección de historia, de historia de las luchas populares.

Cuántas han acontecido desde mucho antes de la batalla de Villalar, y cuántas muchas hasta hoy. La desmemoria de dichas tendencias sólo se ha podido mantener, que no imponer definitivamente, auspiciada por la represión salvaje perfilada en los más brutales y sofisticados mecanismos que el Estado ha puesto en marcha al servicio de los poderosos a lo largo de la historia.

La Guerra de las Comunidades fue la guerra de los que se alzaron en armas no sólo contra la autoridad Real, sino contra el estado de las cosas donde la injusticia del noble, del obispo y del condestable, campaba por sus fueros. Fue la rebelión del campesinado, del artesanado, del bajo clero, de los licenciados miserables. Alzarse en Comunidad era levantarse en armas para hacer una revolución.


¿Y no es acaso la revolución lo que necesitamos ahora? ¿No necesitamos una nueva sociedad? La revolución debe ser organizada, y para ello, actualmente, debemos seguir un proceso de acumulación de fuerzas de cara a conseguir ese gran cambio social


El ya viejo capitalismo, ahora de los monopolios, incansablemente promete nuevos y asombrosos futuros de dicha a la humanidad, mientras la somete a la miseria de miles de millones de trabajadores, a la condena a muerte por guerras y pandemias, y a través del mecanismo patriarcal, invisibiliza e incide en la explotación de la mujer obrera. Esos mecanismos son el principio de su supervivencia, de su consecución y reparto de beneficios privados que ensancha la base de su dominio. Bajo su lógica, sustituyó los viejos reinos feudales occidentales por los modernos estados burgueses, pero con la connivencia casi siempre de las antiguas cortes nobiliarias, fundiéndose con ellas, dejando restos de los antiguos imperios en forma de nuevos consorcios capitalistas multinacionales en guerra económica permanente. Esa debe ser la famosa libertad de mercado que, dicen, nos hará a todos libres y felices.

Libertad de mercado, que es ninguneada cuando interesa, por la intervención estatal que disfrazada de equilibradora social no es más que la que garantiza el aumento de los beneficios del capital. Todo ello, a costa de la clase trabajadora.

Un buen ejemplo es el Estado español que conserva la forma monárquica en la Jefatura del Estado, que se hereda por derecho de sangre y en este caso, doblemente: familiar y de guerra. No olvidemos que la dinastía francesa de los Borbones asienta su posición desplazando a los Habsburgo a través de la sangrienta guerra europea llamada de Sucesión.

Se sentaron en el trono de un imperio que abarcaba tierras de casi todo el orbe mundial, ilegítimamente apropiadas por conquista militar y que fueron perdiendo a medida que los pueblos proclamaban con firmeza y derecho su soberanía.

Del mismo modo, los territorios situados cerca de la metrópolis imperial, que ya no tenían su independencia de antaño, como Castilla, la perderían definitivamente con los decretos de nueva planta borbónicos. La falta de autodeterminación fue impuesta a sangre y fuego y, para sofocar cualquier levantamiento popular que reivindicara un mínimo de justicia social para el pueblo, se utilizaron todo tipo de instrumentos, incluyendo algaradas militares, golpes de Estado o vergonzosas maniobras políticas de camuflaje como es el régimen del 78, que soportamos desde hace ya 40 años al frente de las instituciones y en los espacios donde se desenvuelve nuestra vida: el aula, el taller, el hogar, la calle, el juzgado…


Y fueron los gobiernos embadurnados de la pátina autonombrada progresista los que articularon las reformas necesarias para mejorar el desenvolvimiento del capitalismo en ese espacio de acumulación simbólico y de capital que llaman España, los mismos que nos ataron a mecanismos internacionales económicos y de guerra que son la UE y la OTAN. Fueron
ellos los que propiciaron las guerras sucias, el terrorismo de Estado y los que siguen encarcelando, golpeando y condenando cualquier expresión del proletariado organizado, como vemos recientemente en las protestas por el encarcelamiento de Pablo Hasel, los presos políticos, la represión de la juventud de los barrios y pueblos obreros o la prohibición del derecho de manifestación mientras permiten que los fascistas se manifiesten en las calles y las instituciones.

La crisis se plasma en unas condiciones de vida cada vez más miserables para la clase obrera, mientras el poder despótico del capital aumenta. La burguesía internacional no deja de sumar sus beneficios y nuestras condiciones de vida no dejan de verse deterioradas en forma de salarios cada vez más bajos, viviendas impagables y prácticamente inhabitables o barracones miserables junto a las tierras del señor. Sus próximos pasos se encaminan ya hacia reformas laborales que prolonguen la jubilación a los 70 años y permitan aumentar las tasas de explotación.

Frente a la barbarie capitalista apostamos con firmeza por la organización de los obreros y obreras que se ha visto reflejada en nuestra tierra a través de las redes solidarias, los sindicatos
de vivienda o las estructuras de organización de mujeres socialistas y juventud revolucionaria.
Fortalezcamos las organizaciones socialistas revolucionarias, con compromiso y esfuerzo, pues estas habrán de saber organizar el descontento espontaneísta hacia la construcción de la nueva sociedad. Y qué mejor material teórico y práctico que levantar de nuevo la voz de esta tierra y elevar la conciencia de sus obreros y las obreras para construir el socialismo en Castilla.

Han pasado 500 años y nuestro pueblo sigue bajo el yugo del que se intentó desprender. Ahora más que nunca es preciso lanzar una ofensiva unitaria de alma comunera y trabajar conjuntamente para terminar con el sistema que nos explota. Que nuestro canto de esperanza vislumbre un horizonte de victoria revolucionaria.  

Villalar 2021, el aldabonazo para seguir la lucha.

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