30 tesis sobre la filosofía marxista

Artículo por: Alcmena

La muerte de Engels, acaecida en 1895, abrió la veda para que cobardes y oportunistas del tipo de Bernstein (quien jamás se atrevió a criticar el marxismo en vida de «El General») empezasen a hablar de que el marxismo se había quedado anticuado, de que no era necesaria la revolución, de que la plusvalía era un concepto vago cuyo alcance explicativo es cero, de que la dialéctica mejor la dejamos en casa y la sustituimos por el neokantismo; de, en fin, destruir cada uno de los cimientos sobre los que se asienta el marxismo, esa sola pieza de la hablaría Lenin.

Ya en tiempos de Bernstein revolucionarios como Rosa Luxemburgo (Reforma o revolución) o Pléjanov (Cant contra Kant) abrieron fuego contra estas tentativas de «revisión», sin que Bernstein y sus seguidores –cuya renuncia al marxismo había quedado suficientemente probada– fueran depurados del SPD. Es una historia lamentable del movimiento obrero que, sin embargo, queda en una simple anécdota si la comparamos con lo que dos décadas después haría ese partido.

También por aquellas fechas hizo su aparición la obra de Hilferding, «El capitalismo financiero», en la que destroza la teoría del dinero de Marx y brinda una baza que jugar en el terreno de la economía política a los enemigos del marxismo.

En ese mismo terreno la otra baza la brindaron, entre otros, Baran y Sweezy, riendo la gracia a los austriacos y a su «problema de la transformación» (que sólo estaba en la cabeza de Böhm-Bawerk); llevando a Marx hasta posiciones que prácticamente lo dejan como un seguidor de los fisicalistas. Con semejante comprensión de la economía política todo marxista podría sustituir «El Capital» por la «Producción de mercancías por medio de mercancías» de Piero Sraffa sin solución de continuidad…

En definitiva: a principios del siglo pasado se estaba produciendo una auténtica descomposición del marxismo. Tanto en lo que a la economía política se refiere como en lo referido a la filosofía, disciplina sobre la que cualquier militante comunista recordará las batallas de Lenin contra el empiriocriticismo.

En lo que a Hilferding y la teoría del dinero respecta ya hace medio siglo que Suzanne de Brunhoff restauró a Marx a sus propios principios y mostró todos los errores que cometió el «austromarxista». Tristemente, de Brunhoff es una de las marxistas más desconocidas. Es normal: de lo contrario la manipulación de la obra de Marx no sería tan «fácil».

La «transformación» y la «paradoja del valor» es una cuestión que ya ha sido suficientemente estudiada, tanto desde el punto de vista filosófico (Rosental, Iliénkov) como desde el punto de vista «estrictamente económico» (v. gr. víd. los estudios de Andrew Kliman o de Alejandro Ramos, aunque diferimos con ciertas posiciones con estos autores) y se resume en que el problema con la «transformación» sólo lo tiene la gente que 1) no sabe (o no quiere) leer lo que Marx escribió; o, 2) que no sabe (ni quiere saber) dialéctica.

El carácter científico de «El Capital» es, pues, incuestionable. Ante la evidencia aplastante de semejante hecho la burguesía ha dejado a unos cuantos voceros en las facultades engañando a los estudiantes de teología económica con las sandeces marginalistas y se ha concentrado, como acertadamente ha hecho constar recientemente Mario Guilli (con el que también diferimos en algunas cuestiones), en atacar la filosofía marxista.

Por lo demás, el ataque al materialismo dialéctico no es un empeño nuevo, ni algo que la burguesía haya dejado de hacer por un momento, por más que ahora lo haya –de nuevo– intensificado. Desde los intentos de la socialdemocracia alemana de sustituir el materialismo dialéctico por el neokantismo, pasando por el empiriocriticismo y la Escuela de Frankfurt, por Sidney Hook y Roger Garaudy, por el «marxismo humanista» (Lefebvre) y el estructuralismo (Althusser, Harnecker);  llegando hasta falangistas como Manuel Sacristán, revisionistas como Marzoa y, por fin, desembocando en papanatas y monigotes de feria del tipo de Néstor Kohan; el objetivo de la burguesía siempre es el mismo: dinamitar el armazón teórico del marxismo. Las batallas filosóficas son una parte de la lucha de clases y hay que dar combate a la burguesía también en este terreno. Es a lo que dedicamos este escrito.

A continuación se exponen algunas tesis que tratan de fijar, muy elementalmente, principios básicos del materialismo dialéctico. Somos conscientes de que faltan muchos aspectos por reseñar (por ejemplo, no vamos a entrar a criticar la concepción según la cual la lógica es lo mismo que la semántica y la gramática) y otros lo están muy insuficientemente, pero confiamos en que lo que aquí escribimos sea útil de cara a incitar al estudio de lo que aquí nos hemos dado la tarea de esclarecer. Por supuesto esta escueta recopilación no pretende ser un manual de aquella lógica que Marx aplicó conscientemente en «El Capital» y Lenin en obras como «¿Qué hacer?» o «Imperialismo: fase superior del capitalismo», algo que –debemos ser honestos– supera nuestras capacidades.

Tesis 1. La filosofía marxista, el materialismo dialéctico, es obra común de Marx y Engels. Aunque el «marxismo occidental» se empeñe en separarles Marx no se entiende sin Engels (y al revés). Los empeños en divorciar a Marx de Engels buscan desarmar al proletariado de uno de sus más grandes tesoros: la experiencia histórica en la lucha de clases o, lo que es lo mismo, las experiencias organizativas del proletariado, para las que Engels –cumpliendo con el reparto de tareas establecido entre ambos revolucionarios– tanto trabajó.

Tesis 2. No se pueden dejar de tener en cuenta las aportaciones de Lenin, tanto en lo referido al desarrollo del materialismo dialéctico como al marxismo en general. Quien reniega de Lenin reniega del marxismo.

Tesis 3. El idealismo alemán y el sistema de Hegel en particular agotan toda posibilidad de nuevas «Filosofías de la naturaleza», esto es, de sistemas filosóficos por encima de las ciencias «particulares» que unifican a todas ellas y se forjan a partir de la generalización de los datos de éstas. Tras Hegel surgen –fundamentalmente– tres corrientes filosóficas: el positivismo, el irracionalismo y el materialismo dialéctico. El materialismo dialéctico, pues, se forja tanto en la lucha contra las corrientes filosóficas burguesas positivistas e irracionalistas como contra Hegel.

Tesis 4. La influencia más importante en el tránsito de los jóvenes Marx y Engels de la izquierda hegeliana hacia posiciones materialistas hay que ir a buscarla en Feuerbach. El olvido del que viene siendo víctima este filósofo se debe a que la burguesía y sus correligionarios infiltrados en el movimiento obrero quieren arrastrarnos –junto con Marx y Engels– hacia el idealismo y hacia Hegel, como si Feuerbach –un materialista– nunca hubiese existido. La intención es volver la historia marcha atrás y presentar variantes rancias del idealismo alemán haciéndolas pasar por «novísimos» materialismos, como ha destacado J.M. Olarieta en varias ocasiones.

Tesis 5. Si Feuerbach era materialista en cuanto a lo que la interpretación de los fenómenos de la naturaleza se refiere, no se puede decir lo mismo de su interpretación de la historia de la sociedad, tarea esta última que concernió al materialismo histórico. Su interpretación de la esencia humana tampoco es correcta, como señalo Marx en la «VI tesis sobre Feuerbach», y cuya solución (es decir, la definición científica de «esencia humana») es uno de los méritos más grandes –y convenientemente olvidados– de Marx.

Tesis 6. Para el marxismo la filosofía es una ciencia con un objeto muy determinado. Su objeto no es el estudio del ser –del que se ocupan ciencias como la física o la biología– ni el estudio del pensamiento, del cual se ocupan otras ciencias como la sicología. El objeto de estudio de la filosofía es la relación entre el ser y el pensamiento, es lo que recibe el nombre de «problema fundamental de la filosofía».

Tesis 7. Esa «relación entre el ser y el pensamiento» no es otra cosa que el estudio de cómo adquirimos nuestro conocimiento, esto es, del método científico. El materialismo dialéctico es el auténtico método científico, el único que existe. La cuestión está en que los científicos lo apliquen conscientemente y no, como hasta ahora, inconscientemente. Éste es el sentido de la alianza entre filósofos y naturalistas de la que habló Lenin (Sobre el significado del materialismo militante).

Tesis 8. Este método no es algo que los marxistas se hayan inventado e impongan «desde fuera», ya sea de manera «voluntaria» (Descartes, Bacon) o de forma obligada si quieren hacer «verdadera ciencia» (Russell, Carnap, Popper, Lakatos, Kuhn, etc.). No. Se trata de desvelar cómo funciona el proceso gnoseológico humano a despecho de nuestras ilusiones. Y esto es lo que hace la dialéctica materialista, cumbre del pensamiento filosófico humano y resultado de una larga tradición y pugna filosófica; o, para decirlo en palabras de Lenin (Materialismo y empiriocriticismo), de la lucha milenaria entre las líneas de Demócrito y Platón.

Tesis 9. Si la dialéctica materialista estudia las leyes del reflejo del ser en el pensamiento podemos estar tentados de desligar el pensamiento del ser, la conciencia de la materia, y caer en posiciones cartesianas o incluso en las mónadas de Leibniz. A este respecto ya había hablado Spinoza de que la extensión y el pensamiento son dos atributos de una misma substancia, tesis que el marxismo conserva (como reconoció Engels ante Pléjanov) y que podemos expresar del modo siguiente: la naturaleza, la historia y el pensamiento se rigen –en último término– por unas y las mismas leyes, que no son otras que las de la dialéctica.

Tesis 10. Por lo tanto la «gnoseología» marxista (y cualquier otra) presupone una «ontología», y viceversa. Dicho con otras palabras: la naturaleza (la historia, el pensamiento) es dialéctica por sí misma y en ella están todas las categorías (concreto, abstracto, causa, efecto, interacción, necesidad, universal, particular, singular…) que más tarde reproduce el pensamiento humano.

Tesis 11. El materialismo dialéctico no sólo presupone que las categorías son objetivas sino también que la naturaleza está en continuo movimiento y es infinita, tanto en el tiempo como en el espacio. Por eso, decía Engels, conocer es conocer el infinito (Dialéctica de la naturaleza). Si la naturaleza es infinita y el pensamiento la refleja (palabra problemática para algunos) es evidente que nuestro conocimiento siempre será relativo y limitado, condicionado tanto por nuestra subjetividad (ideologías) como por elementos objetivos tales como el estado de las fuerzas productivas en cada época histórica. Pero en ese relativo hay un absoluto, es lo que se conoce como la unidad (y la contradicción) entre la verdad relativa y la absoluta. En cada verdad –relativa– hay algo de absoluta y algo de error. Lo mismo con lo finito, que lleva en su seno –forma una unidad y una contradicción con– lo infinito.

Tesis 12. El problema fundamental de la filosofía no debe entenderse en el sentido de cuál es la relación entre el «ser individual» y el «pensamiento individual», como hacen algunos manuales (anti)marxistas; sino que debe ser comprendido en el sentido de la relación entre el «ser en general» (la materia) y el «pensamiento en general» (lo ideal). De esta manera el materialismo dialéctico no sólo resuelve correctamente el problema fundamental de la filosofía, sino que puede presentar batalla (a diferencia del idealismo subjetivo y sucedáneos como la «filosofía de la praxis») y derrotar a los sistemas idealistas objetivos de tipo platónico o hegeliano (o cualquier otro que surja).

Tesis 13. La solución materialista dialéctica del problema fundamental de la filosofía pasa por reconocer la prioridad de la materia (de la materia, no de la «naturaleza mediada por la praxis» con la que nos quieren hacer comulgar los «filósofos de la praxis») sobre la idealidad de los fenómenos y no escamotear –como hacen el empirismo y el positivismo– la resolución del problema.

Tesis 14. Comprendiendo las debilidades del materialismo metafísico (Holbach, La Mettrie, etc.) y la fortaleza –refugio– del idealismo objetivo el materialismo dialéctico no reconoce la existencia de ideas innatas pero sí reconoce la objetividad de lo ideal. El hombre cuando nace no sólo se enfrenta al mundo sensorial sino al mundo ideal, al que tiene que adaptarse –normas sociales, leyes, costumbres, etc.– y del que toma las categorías lógicas (espacio, tiempo, causa, efecto, necesidad, casualidad, etc.) que la filosofía kantiana y hegeliana, por nombrar algunas, hipostasiaron y cuyo origen no comprendieron.

Tesis 15. Esta objetividad de lo ideal es lo que le permite a Marx definir el trabajo y diferenciarlo de lo que hacen los animales (cfr. «Manuscritos económico-filosóficos» y «El Capital», entre otros). El ejemplo que pone Marx es muy conocido: la diferencia entre una abeja y un arquitecto es que la primera, por muy perfectos panales que haga no hace «planes» en su cabeza: no idealiza el objeto que va a construir, no convierte lo ideal en material. Bien entendido que aquí lo material es el objeto terminado y lo ideal es la actividad productiva al completo, desde la idealización del objeto (cuyo modelo ideal es una construcción social que no existe como tal) hasta (y durante) su realización práctica. Por eso decía Lenin (Cuadernos Filosóficos) que el examen de estas transformaciones es una cuestión muy profunda y que la oposición entre materia y conciencia es siempre relativa y sólo tiene un sentido absoluto en lo que a las cuestiones gnoseológicas se refiere (Materialismo y empiriocriticismo). Lo ideal son, entonces, tanto relaciones entre personas (v. gr. el valor) como –también– de representación (v. gr. el valor de cambio), entre otras. Entendido el ideal así (aunque la cosa es más compleja) los «terceros mundos» de Popper y otros artificios idealistas subjetivos semejantes no tienen nada que decir ante el materialismo dialéctico.

Tesis 16. Interpretado el pensamiento del modo que venimos sosteniendo, es decir, en su concepción «social», es evidente que no piensa el hombre con el cerebro, sino con ayuda del cerebro. Por eso Marx en el epílogo a la 2ª Edición de «El Capital» hablaba de cabeza humana (no de cerebro): porque se refería a la humanidad en su conjunto, a la red infinita de relaciones entre personas que interaccionan y tejen la red de lo ideal (que, por otro lado, no está separado de lo material). A la luz de esta definición de pensamiento es evidente que el materialismo dialéctico está en contra del «materialismo vulgar» (Buchner, Moleschott, etc.) que reduce el pensamiento a una función «mecánica» del cerebro, a una segregación del cerebro similar a cuando el hígado segrega bilis.

Tesis 17. Siguiendo en este punto a Spinoza el materialismo dialéctico parte de que existe una unidad (y contradicción) en la naturaleza concreta y de que ésta se desdobla en sus diferentes aspectos y momentos abstractos. El materialismo dialéctico, pues, se opone a corrientes filosóficas burguesas contemporáneas como el «positivismo lógico» (o neopositivismo) que entienden por la naturaleza un «caos de sensaciones» que el «lenguaje de la ciencia» unifica.

Tesis 18. Las definiciones de «concreto» y «abstracto» que utiliza la dialéctica materialista nada tienen que ver con el uso «cotidiano» de estos términos. El marxismo entiende por concreto la «unidad en la diversidad» y por abstracto los diferentes «momentos» de esta diversidad. El materialismo dialéctico, pues, se aleja también de considerar lo concreto como «lo sensorial» y lo abstracto como «lo pensado» o «lo teórico». Es vitar tener en cuenta las acepciones anteriores para no malinterpretar lo que quiere decir Marx con «trabajo concreto», «trabajo abstracto» y otros términos.

Tesis 19. La ciencia, entonces, debe examinar el objeto –concreto– en todas sus –abstractas– determinaciones, mirarlo desde todos los ángulos. Pero no como un acto de eclecticismo, sino como un acto de señalar el ángulo, el lado determinante en su desarrollo. Eso, entre otras cosas, es lo que diferencia a un dialéctico de un ecléctico.

Tesis 20. El materialismo dialéctico huye también de las interpretaciones nominalistas (e incluso kantianas) que entienden lo «general» (a veces se traduce como lo «universal») como lo común a múltiples fenómenos. En este punto la dialéctica materialista se adhiere a Hegel –cuyo antecedente a este respecto es Rousseau– y entiende lo general de un «cuerpo» como la ley de la que se derivan todos los fenómenos asociados a este «cuerpo», la ley general por la que se rige dicho «organismo».

Tesis 21. Descubrir esa ley es la tarea de la ciencia. Precisamente en el prólogo a «El Capital» explica Marx que el objetivo de su estudio no es otra cosa que descubrir la ley general del capitalismo. Este «general» (o «universal») está «contenido» (forma una unidad con) en lo «particular». En el capitalismo este particular que contiene lo universal, esta célula de la que se derivan todas las contradicciones que lo rigen es, como se sabe, la mercancía.

Tesis 22. Este universal, para cumplir con las condiciones anteriores (derivarse de él todas las contradicciones), debe ser concreto. Así que si hilamos más fino diremos que la tarea de la ciencia es encontrar ese «universal concreto», esa esencia de la que se derivan todos los fenómenos, ese concepto (no una simple representación de lo común a muchos fenómenos) en el sentido científico –marxista– del término.

Tesis 23. El método científico no es ni inductivo ni deductivo, sino las dos cosas a la vez y ninguna al mismo tiempo. Ambos momentos del pensamiento se hayan integrados es un método superior, el «ascenso de lo abstracto a lo concreto», y se presuponen mutuamente. Dicho de manera muy sintética: no hay inducción sin deducción ni deducción sin inducción, por el simple hecho de que al inducir esta inducción se hace dentro de un sistema (se está «deduciendo» al mismo tiempo). Lo mismo del otro lado: al deducir se está alcanzando nuevo conocimiento, se está describiendo el movimiento del objeto (se está «induciendo»). Esta comprensión de la unidad dialéctica entre ambos fenómenos es otra cima del pensamiento humano. A despecho de lo que digan los «deductivos» (v. gr. Descartes) y los «inductivos» (v. gr. Bacon, Locke o Newton) el pensamiento humano trabaja con los dos métodos a la vez (y con ninguno de ellos al mismo tiempo, según ha quedado expuesto).

Tesis 24. El materialismo dialéctico, pues, considera que la «inducción» y la «deducción» aportan nuevo conocimiento; oponiéndose así a la larga tradición filosófica que va desde los estoicos hasta Kant según la cual sólo la «inducción» genera nuevo conocimiento, limitándose la «deducción» a exponerlo de la mejor forma posible.

Tesis 25. Lo mismo podemos decir del análisis y la síntesis: no hay análisis sin síntesis ni síntesis sin análisis. Pero como la dialéctica siempre señala el lado dominante no podemos dejar de recordar aquí lo que ya hemos dicho, a saber, que la naturaleza –por sí misma– es ya una síntesis (no se puede separar, analizar, lo que no está previamente unido); que posteriormente analizamos y reconstruimos (reproducimos) en el pensamiento. Por supuesto el materialismo dialéctico tiene en cuenta los saltos cualitativos como consecuencia de la acumulación de cambios cuantitativos y no toma el análisis en el sentido de, por ejemplo, la reducción de las leyes biológicas a leyes de la mecánica, oponiéndose así a ideologías como el micromerismo.

Tesis 26. El método científico es lógico-histórico, es decir: debe describir el desarrollo del objeto de estudio en términos generales, reproducir lo concreto por la vía del pensamiento (Marx). Dicho con otras palabras: debe exponer las leyes necesarias que rigen el desarrollo del objeto y dejar de lado las casualidades perturbadoras (Engels). Luego es evidente que este método científico se desdoblará en dos: el método de investigación y el método de exposición, siendo este segundo la «versión depurada» de los «desvíos» cometidos por el primero en la investigación, donde el desarrollo dialéctico (y por lo tanto histórico) del objeto a estudiar aparece en su forma más «pura», donde las leyes –necesarias– del objeto se ponen más de manifiesto. «El Capital» es el ejemplo insuperado hasta hoy de lo que acaba de quedar expuesto.

Tesis 27. El criterio de validez del conocimiento es la práctica, entendida en un sentido amplio, esto es, como la práctica de toda la humanidad en todos los tiempos.

Tesis 28. Como demostró Hegel y adelantó Kant todas las categorías forman pares de contrarios, una unidad (y contradicción) dialéctica que hay que poner de manifiesto. La necesidad y el azar, la voluntad y el determinismo, lo finito y lo infinito, la cantidad y la cualidad… categorías filosóficas que son fruto de todo el desarrollo de la humanidad cuya validez ha sido comprobada en la práctica y que no pueden ser «ampliadas» ni sustituidas «así como así»: antes habrá que demostrar que realmente están «obsoletas».

Tesis 29. El materialismo dialéctico, la filosofía (en el sentido marxista), la dialéctica, la lógica y la teoría del conocimiento son, parafraseando a Lenin, una y la misma cosa: el estudio de las leyes de la relación del ser con el pensar. Lenin (Cuadernos filosóficos) destacó en este punto la aportación de Hegel porque éste, en su dialéctica, introdujo la práctica como una «etapa» lógica por primera vez en la historia.

Tesis 30. Si el criterio de verdad es la práctica esto nos sugiere la noción de experimentación, de mover las manos, de dejar de (sólo) contemplar las cosas y actuar sobre ellas. De ir a la práctica a comprobar la «terrenalidad de nuestro pensamiento» (Marx), de ser, en una palabra, científicos. Esa –y no otra– es la esencia del marxismo, del socialismo científico. No se puede cambiar algo cuyas leyes no se conozcan, y no se pueden conocer las leyes de algo que nunca hemos cambiado: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo», escribió Marx.

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