SOBRE EL TEXTO DE ZAGAL COMUNISTA

Articulo de: Alcmena

El debate que pretende suscitar un redactor con el alter ego de «Zagal Comunista» en un reciente artículo («Frente al revisionismo y su defensa de lo “público”»), cuya primera exposición parece ser –según reza el texto– una toma de partido por las posiciones comunistas podría constituir una buena ocasión para exponer las relaciones entre la sanidad, la educación y el socialismo; temas fundamentales alrededor de los que gira el artículo de Zagal Comunista.

Como aporte al debate que se pretende generar me parece importante resaltar otros aspectos que –a mi juicio– se han dejado en el tintero. Por lo demás, no creo que merezca la pena insistir en el cretinismo y oportunismo de las organizaciones que menciona Zagal Comunista; quien, por otra parte, considero que se pasa de cortés y podría haber extendido su mención a multitud de organizaciones más que llevan paseándose desde hace tiempo por el espectro político español a la caza y captura de incautos a los que embaucar con falsas promesas.

Principalmente considero que en el artículo que comento no se resalta lo suficiente que tanto la educación como la sanidad suscitan otra discusión muchísimo más profunda que tiene como piedra angular el responder a la pregunta acerca de qué es la ciencia, a la cual se hallan profundamente ligadas ambas disciplinas. Por supuesto no es objeto de este artículo responder ahora a esa pregunta. No obstante, dejo apuntadas algunas cosas acerca de lo que, considero, es la ciencia:

i) En primer lugar, y al contrario de lo que últimamente está de moda decir, la ciencia es un instrumento de liberación de la ideología y de avance del saber. Aunque, como en cualquier otra actividad que concierna –en menor o mayor medida– al plano subjetivo este avance se hará a costa de liberarse de unas ideologías introduciendo, a su vez, otras. Dicho de otra manera: ese avance no cesará nunca, el conocimiento es ilimitado.

ii) La ciencia también es una fuerza productiva que, como cualquier otra fuerza productiva, está bajo el dominio del capital. No es nada nuevo el decir que la producción capitalista «separa del trabajo a la ciencia, como potencia productiva autónoma, y la compele a servir al capital» (1). La ciencia se haya subordinada, pues, a las relaciones de producción, lo que por influencia del «marxismo occidental» normalmente no se tiene en cuenta.

iii) Como tal fuerza productiva la burguesía está interesada en desarrollarla en unos aspectos y en estancarla en otros. La ciencia al mismo tiempo que abarata los costes de producción pone al descubierto el carácter transitorio del capitalismo y aflora sus miserias a la superficie. Sin olvidar tampoco que sobre concepciones científicas siempre se han construido ideologías, desde los sistemas filosóficos pre-marxistas hasta estupideces como el «Big-Bang» o la muerte térmica del universo en la actualidad.

iv) El saber es poder, dice un popular adagio, al que podemos –y debemos– dar la vuelta para no olvidar la otra dimensión: el poder es saber. La ciencia también tiene un componente de hegemonía. No se puede cambiar algo que no se conoce, y para cambiarlo debemos de ser científicos: los marxistas somos los mayores defensores de la ciencia y no permitimos que cualquier charlatán se diga científico y hable en nombre de ella, por mucho que tenga varios diplomas colgados en la pared.

v) Frecuentemente se identifica a la ciencia con la teoría: es falso, la ciencia es ante todo una práctica social. Por lo que las causas de su desarrollo habrá que ir a buscarlas a ese mismo terreno: a la práctica, o sea, a la producción.

El artículo tampoco deja lo suficientemente claro el hecho de que históricamente el movimiento obrero siempre ha luchado por un acceso universal a la educación y a la sanidad, esto es, por una sanidad y educación públicas.

Satisfacer esas demandas fue un logro muy importante de los países socialistas, es algo indudable. Como también resulta indudable el hecho de que el movimiento obrero no hablaba (sólo) de una sanidad y educación públicas en cualquier Estado, sino en uno muy definido: un Estado socialista.

Pero eso no es ni debe ser óbice para luchar porque en España –o donde sea– el proletariado tenga acceso a una educación y a una sanidad gratuitas, que es por lo que –también– ha dado su vida mucha gente. Lo que ocurre es que en estos ámbitos, como en cualquier otro ámbito, hay ciencia pero también hay ideología; mezcladas de tal modo que trazar una frontera entre ambas resulta, en general, imposible. Volveré sobre esto más adelante; por el momento hay que destacar que la mera existencia de estos servicios es un logro del proletariado que cada día se esfuerzan por arrebatarnos, así que no sé qué haríamos los comunistas poniendo en duda la reivindicación de ellos o no apoyando las luchas populares por su preservación, por muy de carácter económico (en el sentido leninista) que estas luchas sean.

Lo que también es verdad es que el capitalismo se ha reinventado y ha hecho negocio en estos ámbitos, lo que el proletariado le arranca por un lado lo recupera por otro. Los contratos de formación, por ejemplo, no son otra cosa que mano de obra barata (cualificada) a la que explotar puenteando los convenios de los trabajadores. Una fusión universidad-empresa bien conocida sellada con el Plan Bolonia (2) que aún hoy ciertos profesores, haciendo gala de su completa desvergüenza, nos venden como algo positivo (¿para quién exactamente?).

Si somos finos, cuando hablamos de capitalismo hablamos de capitalismo monopolista de Estado, por lo que no tienen sentido esas distinciones que habitualmente se hacen entre lo público y lo privado: lo público no está separado de lo privado, el Estado y los monopolios no son dos universos independientes, algo evidente para un marxista. Pero no podemos deslizarnos hacia el otro polo y lavarnos las manos ante lo que el Estado burgués quiera hacer, por eso –como ya he dicho– movimientos en defensa de la sanidad pública o contra la conversión de la universidad en una fábrica deberían tener todo el apoyo de un comunista. Estos «deslizamientos» son un riesgo del que ya advertía Lenin hace más de 100 años: «la “lucha económica contra los patronos y el gobierno” no satisfará nunca a un revolucionario, y siempre surgirán, aquí o allá, extremos opuestos» (3), escribió. La tarea de un marxista, pues, no debe ser otra que «moverse» entre ambos extremos y conducir las reivindicaciones económicas hacia las políticas.

Pero que defendamos la educación y la sanidad públicas (o más o menos públicas) no quiere decir que debamos apoyar todo lo que hacen los profesores y los médicos: ni todo lo que viene de la universidad es ciencia ni todo lo que proviene del hospital es medicina. Ya he dicho antes que sobre hechos parcialmente correctos (científicos) se construyen ideologías, el caso típico en lo que a medicina respecta quizá sea la Teoría Microbiana (y, por derivación, la Teoría del Contagio), teorías ambas que se basan en el hecho –verdadero– de que existen microorganismos asociados a enfermedades, pero que fallan estrepitosamente en explicar por qué se producen las enfermedades. Lo curioso (que el lector ponga las comillas) es que a finales del siglo XIX no sólo existía la hipótesis de que los microorganismos causaban enfermedades (Koch, Pasteur) sino que existía la opuesta: que los microorganismos eran consecuencia –no causa– de la enfermedad (Claude Bernard, Béchamp). No voy a entrar a discutir cuál de las dos hipótesis es la correcta, ni tampoco a hablar sobre si las dos son erróneas o parcialmente correctas: lo que aquí nos interesa es ver por qué se impuso una concepción (microorganismo -> enfermedad) en detrimento de la otra (enfermedad -> microorganismo).

Y la explicación es que –al contrario de lo que nos han metido en la cabeza– el conocimiento no se difunde por sí solo, ni por el mero hecho de ser verdad, sino que lo difunde la clase que tiene poder económico (político, ideológico, social, etc.) junto con sus ideas y concepciones: las «ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época […], la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante» (4), escribieron Marx y Engels en una de sus primeras obras. Y en la actualidad esa clase dominante no es otra que la burguesía, a la que no la interesa otra cosa que su dominación y hacer pasar la sociedad que ella ha creado como una situación idílica y natural de la humanidad. Por supuesto que no va a admitir que la mayoría de eso que llama «enfermedades infecciosas» son causadas por las condiciones de trabajo, de vida, de higiene y, en resumen: del capitalismo. De ninguna manera.

Lo mismo ocurre con las vacunas, esas que se dice que extinguieron epidemias. Aunque no haya ninguna evidencia de eso tampoco la necesitan porque ya tienen a sus voceros para que difundan la ideología dominante y se tiren al cuello de los que osen afirmar lo contrario o simplemente dudar. Es preferible que el populacho creamos eso a que conozcamos que enfermedades como la viruela remitieron con la mejora de la alimentación de la población y otras como la polio con la potabilización del agua, medidas más profilácticas que sanitarias.

La burguesía es individualista, se mira al ombligo. Mientras que en filosofía promueve el solipsismo, en educación promueve las salidas individuales y en sanidad pincharse cualquier cosa antes que la lucha por las mejoras en las condiciones de vida. Es inconcebible y un grave error que los marxistas estemos más pendientes de otras cosas que de esto.

Como ya hemos visto más arriba el conocimiento es una síntesis de ciencia e ideología. Es importantísimo conseguir discernir lo que hay de científico y lo que hay de ideológico en todo lo que decimos, una ardua tarea que sólo puede ser obra de todo el proletariado en su conjunto. Y eso es aplicable tanto para los que salen de la facultad con el título bajo el brazo superorgullosos como para los que se fían de lo primero que les diga el médico.

Cualquiera que sale con una titulación y todavía no le han fundido el cerebro a través de tediosas diapositivas se da cuenta de que, como poco, le faltan datos para probar lo que cree saber. Se da cuenta de que, en definitiva, le han ocultado información. A poco que rascas en cualquier conversación –lo puede comprobar cualquiera en su día a día– te das cuenta: cuando alguien duda sobre lo que le están diciendo no pregunta por la documentación que se ha consultado para afirmar lo que provoca su desacuerdo, sino por la titulación del emisor de la información.

Lo mismo le digo a todos esos que ponen su salud en manos de los que saben y de sistemas sanitarios que, si bien salvan muchas vidas, también quitan muchas otras. Porque, como en todo, al lado de la salud, está la política sanitaria y los protocolos de tratamiento que son, como se ha visto durante toda la «pandemia», fundamentalmente políticos.

Por ir terminando (por ahora) diré que es obvio también que para un comunista es el Estado socialista quien tiene que poner a disposición de las masas la cultura y la medicina, pero toda la cultura y toda la medicina; no unos autores y otros no, ni una u otra terapia. Los comunistas no podemos permitir que unos se digan defensores de la ciencia, nos impongan sus terapias y nos transmitan los conocimientos que les dé la gana (y como les dé la gana) mientras todo lo demás queda relegado al terreno de la seudociencia, la conspiración y la magufería porque a ellos (o sea, a sus amos) así se les antoja.

Respecto a lo que se discute mi posición –con las salvedades apuntadas más arriba– por el momento es clara: no podemos quedarnos en el terreno de la simple defensa de la sanidad y educación «públicas», pero tampoco podemos deslizarnos hacia el lado contrario e igualarlas a las «privadas» (con todo lo que queramos matizar los términos «público» y «privado»), desatendiéndonos entonces de toda reivindicación por el carácter público y gratuito de ambas instituciones.

Para terminar, aunque quizá resulten incidentales respecto a lo que aquí se discute, un par de apuntes.

Según el artículo que comento en el capitalismo «la acumulación de mercancías es la fuente de la riqueza». Es falso. Por dos razones, la primera es que las fuentes de la riqueza son dos: el trabajo y la tierra (5); la segunda es que la acumulación de mercancías es, si quieres, lo que constituye la riqueza atesorada, pero esa acumulación no genera riqueza por sí misma a menos que entre esas mercancías esté la fuerza de trabajo y se ponga en movimiento en un proceso productivo. La peculiaridad del capitalismo no es la acumulación de mercancías sino el trabajo explotado, que es lo que le distingue de otros modos de producción.

Como apunte final señalar que el materialismo histórico, como cualquier otra ciencia, tiene sus propias categorías (resultado de un largo trabajo y desarrollo de esta ciencia) y pienso que es un error introducir categorías ajenas (izquierda, clases medias, etc.) que no aportan nada y únicamente oscurecen los conceptos científicos a los que queremos hacer referencia.

(1) C. Marx, El Capital, Libro I, Siglo XXI, Madrid, 2017, p. 438.

(2) Cfr. Carlos Sevilla, La fábrica del conocimiento. La universidad-empresa en la producción flexible, El Viejo Topo, Barcelona, 2010.

(3) Lenin, ¿Qué hacer?, AKAL, Madrid, 2019, p. 135.

(4) C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, AKAL, Madrid, 2014, p. 39.

(5) C. Marx, cit., Libro I, pp. 91-92.

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