En tiempos de lucha: Contra el izquierdismo

Artículo por: Alcmena

Bajo el apodo de Pegujalero se firma un artículo en «El Corro» («En tiempos de Covid: Contra la burguesía explotadora») donde tras una serie de reproches dirigidos al sector de la hostelería y a sus actuaciones durante huelgas y protestas pasadas se carga contra las recientes protestas del sector y se acaba sentenciando con un ¡Qué les jodan!; pues la hostelería –dice Pegujalero– «no es más que la clara expresión del explotador», lo que es cierto. Pero no es toda la verdad.

A esa parte de verdad hay que sumarle otra que él mismo apunta (aunque de modo equivocado), esto es, que por encima de ellos hay otros explotadores mucho más grandes como Amazon que, hoy por hoy, a diferencia de lo que sostiene Pegujalero, no están en el mismo bando.

Pegujalero dirige todos sus ataques hacia el lado equivocado y, probablemente, no es consciente de que está haciendo seguidismo a las políticas imperialistas recientemente agudizadas. Como muchos colectivos de esos que se hacen llamar «de izquierda» quizá se haya confundido y haya tomado la pandemia por la causa de la crisis capitalista, y no al revés. La pandemia es consecuencia de la crisis, y persigue, entre otros, un doble objetivo:

  • Destruir fuerzas productivas para luego reconstruirlas, táctica que siempre ha usado el capitalismo para intentar salir de sus situaciones de crisis. Normalmente se identifican las fuerzas productivas con las materias primas, las fábricas, etc. Pero no hay que olvidar que también son fuerzas productivas los propios trabajadores, que igualmente se han visto «destruidos», o sea, despedidos.
  • Continuar con el proceso de monopolización y de concentración de capital típico de lo que Lenin llamó «la fase superior del capitalismo», lo que se expresa en la ruina de los pequeños comerciantes y otros sectores relacionados con la movilidad como los servicios de alquiler de coches y similares, que han sido llevados a la quiebra premeditadamente para que los buitres monopolistas puedan absorberlos.

No obstante, cuando hablamos de imperialismo hay que tener en cuenta de que éste no es un todo y que sus diferentes bloques en unos momentos conviven –como ahora– y en otros momentos se enfrentaran, como ocurrirá en la guerra imperialista que se avecina. Tampoco los enfrentamientos tienen por qué ser armados, sino que pueden ser «sólo» a nivel «político económico». Por poner un ejemplo de esto último podemos mencionar el caso SIDA, donde el fraude no salió a la luz por una cuestión médica sino por una cuestión fundamentalmente económica: los royalties de los test que reclamaba por una parte EEUU (el laboratorio del farsante Robert Gallo) y por otra parte los laboratorios franco-alemanes (el Instituto Pasteur, Montagnier y su «Repito, no purificamos», y los microscopistas que previamente habían dicho «sugerente, pero no convincente», en referencia al supuesto descubrimiento del VIH).

El SIDA, pues, al igual que la paranoia actual, fue ante todo un instrumento de dominación imperialista dirigido a que los pueblos de África continuasen siendo colonias, los estadounidenses pudiesen seguir vendiendo su basura de medicaciones tóxicas «anti-VIH» como el AZT, los católicos preconizando el abstencionismo sexual y las organizaciones protestantes el uso del preservativo (campaña «póntelo, pónselo»).

La actual paranoia con el coronavirus –que huele a otro fraude similar al SIDA de lejos– de momento ha manifestado tener entre sus objetivos:

  • Prohibir las concentraciones, manifestaciones y protestas por los despidos, bajo pretextos sanitarios.
  • Eliminar la sanidad pública y la educación presencial, así como adoctrinar aún más a los niños desde pequeñitos para que sepan desde el principio quién manda.
  • Supresión de derechos elementales como el de reunión y cierre de lugares donde habitualmente se llevaban a cabo (bares, locales, etc.) bajo, una vez más, pretextos sanitarios.
  • Lo mismo que el VIH tuvo su seña, el condón; el SARS-CoV-2 tiene la suya, la mascarilla. Ambos igual de inútiles y superfluos para lo que se proponen, pero signos inequívocos de la sumisión de la población.

Lo que a Pegujalero se le ha pasado por alto es que lo que ya Marx y Engels escribieron en el «Manifiesto»: progresivamente, con el desarrollo capitalista, la sociedad se va dividiendo cada vez más en proletarios y burgueses, siendo los antiguos sectores sociales arrojados a las filas proletarias. Es precisamente lo que está pasando con el sector de la hostelería, que está siendo absorbido por las grandes corporaciones y sus antiguos dueños arrojados al «ejército industrial de reserva».

Sentencia Pegujalero que los comunistas «jamás nos debemos de poner de parte del explotador por muy pequeño negocio que se trate». Esta frase tan abstracta y tan bonita es una de esas típicas consignas a las que se agarran normalmente los que están aprendiendo marxismo. Pero el marxismo también sostiene que no hay verdad abstracta, por lo que esa frase deberá adaptarse al contexto actual y dejar de ser una abstracción vaga si quiere ser científica.

Y es que no podemos buscar enemigos donde, de momento, no los hay. El sector de la hostelería se está enfrentando al Estado, deberían tener todo el apoyo de cualquier persona que se considere «progresista». Ahora bien, esa lucha no se debe dejar en manos de la pequeña burguesía, sino que deberían ser las organizaciones del proletariado las que la dirijan (y no las que la dinamiten).

Si algo demuestra la historia es que hay que buscar aliados, los enemigos vienen solos. Enemigos tenemos por todos los lados, ¿para qué buscarnos más?

En 1917, ¿no atravesó Europa el Comité Central del Partido bolchevique a bordo de un tren puesto por el imperialismo alemán? ¿Tenía Alemania alguna intención en la revolución rusa o únicamente miraba por sus intereses expansionistas?

¿Era Lenin, como se decía entonces, un agente del imperialismo alemán?

¿No pactaron los bolcheviques con el imperialismo alemán la salida de la I Guerra Mundial?

¿No pactó el PCCh con el Kuomintang –nacionalistas burgueses– hacer frente juntos a la invasión japonesa?

¿No pactó la URSS con los nazis?

Aprendamos de la historia. En la realidad no se presentan los dos bandos –burguesía y proletariado– tan demarcados como creemos. La esencia del marxismo es el partidismo, la neutralidad (el clásico «no voy con esos que son burgueses y sólo miran por sus intereses») de muchos es impostada: están con la burguesía.

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