¡Que le den a la ciencia!

Artículo escrito por : Alcmena

Es el título de uno de esos panfletos típicos destinados –siguiendo un típico empeño yanqui– a «luchar» contra las seudociencias. Más que «luchar contra» quizá deberíamos decir: a censurar todo lo que no le gusta a una supuesta «ciencia» y a unos supuestos «científicos», que hablan por boca de los –desgraciadamente– cada vez más numerosos «divulgadores científicos». Divulgadora en este caso. Los divulgadores –la mayoría de ellos– son el ejemplo clásico de lo que una persona medianamente despierta y curtida identificaría con un charlatán. Charlatana en este caso.

El rasgo distintivo de un charlatán es sacar temas continuamente, uno detrás de otro, sin entrar en profundidad en ninguno, no vaya a ser que quede en evidencia su falta de información. Aquí rige el famoso adagio: el que mucho abarca poco aprieta. El indigerible cóctel en forma de letra impresa que comentamos plantea multitud de temas, surgidos de una lectura apresurada de recortes de prensa, tratados superficialmente y sin ningún rigor, que no serviría ni para aprobar el más sencillo trabajo de cualquier escolar matriculado en una asignatura maría.

En fin, el cóctel es de tal magnitud que aquí sólo comentaré los aspectos que me parecen más relevantes. El libro entero, a pesar de ser una mierda y no valer nada, es una buena excusa –como cualquier otra– para recordar, de nuevo, que no existe ese abismo que nos pintan entre las ciencias y las seudociencias y que hoy día la mayoría de científicos siguen sin saber lo que es un método científico, al que tanto apelan.

La autora, Rocío Vidal, ha sido vista en los lugares comunes de reunión de la charlatanería: vídeos estúpidos en YouTube, directos aún más estúpidos en Twitch, congresos e insulsos «debates» con monaguillos venidos a más. A lo que nos dejamos de añadir las famosas charlas TED, sitio en que habitan los mayores mediocres de este mundo. ¿No os dais cuenta de que todos los charlatanes que se nos ocurran han tenido sus minutitos de oro en las charlas de TED?

Ciencia, seudociencia y charlatanería a más no poder

Lo primero que se nos quiere colar es que la ciencia va por un lado y la seudociencia por otro, un recorrido en el que la que la primera se distingue –supuestamente– de la segunda por hacer uso del método científico (p.13). Aquí ya vemos que el libro está a la altura de un charlatán: no esperéis que aparezca por ninguna página la explicación de lo que es un método científico.

De hecho, en el mismo lugar (p.13) se admite que no es tan sencillo definir el método científico. Evidentemente, sobre todo es imposible para la burguesía, imbuida en el neokantismo y el vulgar positivismo. Cualquiera que haya hecho una carrera de esas de «ciencias» lo habrá comprobado por sí mismo: ni una palabra sobre la metodología científica por parte de todos esos ingnorantes (ellos se hacen llamar «catedráticos») que pululan por las facultades de todo el país. Lo curioso es que, sin saber lo que es un método científico, a lo largo de todo el libro se pretende distinguir la ciencia de la seudociencia. ¿Cómo? Aún no lo sabemos. 

Por lo demás, a un marxista el término seudociencia debería chirriarle. Si hay algo así no es otra cosa que lo que Engels denominó «conciencia falsa», o sea: ideología. El conocimiento es histórico, en cada época –explicaba Engels– sólo podemos conocer en las condiciones de esa época y hasta donde ellas lo permiten, de donde se deduce todo conocimiento –por estúpido que sea– tendrá algo de verdad (ciencia) y algo de error (ideología); sin que exista esa división metafísica entre las ciencias y las seudociencias.

La ciencia y la ideología –las «seudociencias»– forman, por tanto, una unidad; donde el progreso de la primera va separándola progresivamente de la segunda. Siendo infinitos la materia y, por tanto, el conocimiento sobre ella, la ciencia siempre estará en constante avance introduciendo nuevas ideologías en base a ir depurándose de las anteriores, pero sin acabar nunca con el componente «subjetivo» en la ciencia. La cuestión no reside en prescindir de la ideología –algo imposible– sino en ser consciente de qué ideología tienen los científicos y cómo les influye en su trabajo (para bien o para mal). 

Quien toma la ciencia como lo totalmente objetivo, inmutable, etc. cae en el dogmatismo, en la religión. El que lo hace al revés, diciendo que es mutable totalmente, que hoy hay un «paradigma» y mañana otro totalmente contrario, ha caído en el escepticismo y en el relativismo más absolutos. En contra de estas concepciones erróneas el marxismo habla de la verdad relativa y la verdad absoluta, pero los «divulgadores científicos» están hoy más cerca de las tonterías de Dawkins o Hawking que de obras como el Anti-Dühring o Materialismo y empiriocriticismo. Así les va. A ellos y a todos los que les hacen caso.

En el libro que comentamos se intenta salir por la tangente y, aún habiendo roto con el presupuesto del que se partía (la ciencia es el conocimiento obtenido mediante el método científico), se intenta deslindar la ciencia de la seudociencia. Para decidir lo que es ciencia y lo que no ¿a quién recurre? ¡Pues a quién va a ser! A Popper y sus tonterías sobre la cuantificación y la falsación. Sobre la primera leemos que «lo que resulta vago y cualitativo está abierto a muchas explicaciones» (p.20). Pues sí, ¿pero –digo yo– lo que es cuantitativo deja automáticamente de ser vago?, ¿lo cuantitativo está separado de lo cualitativo? Aduciré un ejemplo:

¿El cálculo diferencial no era vago? ¿No había distintas interpretaciones de los diferenciales en atomistas como Newton y en sinequistas como Leibniz? ¿No negaba un idealista como Berkeley la posibilidad del cálculo diferencial? ¿No era el cálculo diferencial «vago»?

Es más, ¿no sigue siendo el cálculo diferencial vago hoy?, ¿en qué facultad se explica lo que es un diferencial?, esto es: ¿en qué facultad se enseña dialéctica?, ¿en qué facultad se relaciona el cálculo diferencial con la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos?

Sobre el segundo aspecto, la famosa falsabilidad, se nos presenta así:

«Un argumento que no puede demostrar su validez ni ser refutado por completo no vale mucho» (p.20).

Este es uno de los muchos desvaríos que se han apoderado de los científicos de hoy en día. Si un argumento tiene que poder ser refutado por completo para que sea científico entonces automáticamente ese argumento no es científico. ¿Por qué? Pues porque sería completamente falso y la ciencia debe ser tan verdadera como cada época permite, por eso es ciencia: porque su resultado es el conocimiento de la verdad. Pero la cosa se pone peor si miramos un poco más de cerca: supongamos que «refutamos por completo» un argumento, se entiende que en base a otro argumento. Pero, ¡alto ahí!, si el nuevo argumento también es «científico» deberá poder ser «refutado por completo» y así, sucesivamente. Entonces, ¿no hay ningún argumento verdadero?, ¿existe el error pero no la verdad? Y si no existe la verdad, ¿cómo es posible que exista el error? 

A ese embrollo es a donde llevan de cabeza las tonterías tan difundidas sobre la falsabilidad: al escepticismo más absoluto. El conocimiento científico no es falsable, sino discutible. Esto es lo que la historia de la ciencia demuestra. Junto a las ideas más geniales siempre aparecen ideas absurdas, falsas, etc. que el tiempo y el progreso científico se encargan de depurar, pero nadie ni ahora ni nunca podrá separar por un lado la «ciencia» y por otro la «seudociencia». 

Ciencia o vulgar positivismo

Otro de los rasgos con el que distinguir a un charlatán es que todos ellos dicen «promover» el pensamiento crítico y la «libertad de pensamiento», es decir, el relativismo más absoluto y un pragmatismo y utilitarismo mal digeridos que confunden con la ciencia y que se plasman en sentencias como la siguiente:

«Me asusta la gente que está llena de certezas, que ven la suya como la única verdad, que tiene claro quién es el enemigo.» (p.8)

Ya empezamos muy mal con eso de una verdad que pertenece a alguien, y seguimos peor cuando, supuestamente, es malo tener claro quién es el enemigo. Los que de verdad defienden la ciencia sí tienen claro quién es su enemigo, que no es otro que Hume y las corrientes idealistas subjetivas que de él se derivan, en las que, como enseguida veremos, cae de lleno Vidal.

Según Vidal la deuda que tenemos con el pensamiento de Hume es «impagable» (p.12). Yo personalmente no sé quién tendrá esa deuda con Hume, pero desde luego la ciencia no. De hecho, ni las ideas de Hume ni su obra tuvieron ningún impacto entre los científicos de su época. El propio Hume tuvo que escribir artículos de manera anónima (o con seudónimos) criticando y/o promocionando su propia obra. Para un verdadero «pensador crítico» la pregunta debería ser clara: ¿por qué Hume «de repente» tuvo tanta influencia?, ¿a quién le interesaba dotar a Hume de tanta popularidad?

En su desvarío, y demostrando una total incomprensión del pensamiento humeano, Vidal nos regala la afirmación según la cual para Hume «creer en los milagros es creer en las violaciones de las leyes de la naturaleza» (p.12), ¿en qué leyes de la naturaleza?, ¿en qué leyes de la naturaleza cree Hume? Si algo distingue el pensamiento de Hume de otros agnosticismos es haber negado las relaciones entre fenómenos, las relaciones de causa y efecto, etc.; en pos de una supuesta «probabilidad» (de que amanezca, de que una bola de billar mueva la que golpea, etc.) suficiente para orientarse en la naturaleza.

Junto al idealista Hume Vidal nos presenta a Occam como su compañero de armas, en cuya boca pone la sentencia «entre dos explicaciones en torno a un suceso, la más sencilla suele ser la correcta» (p.13) pero no dice en qué obra de Occam ha leído eso. Para añadir otro ingrediente al cóctel de la confusión con el que Vidal nos obsequia leemos que Occam «redujo la cantidad de entidades (física, matemáticas, ideas) de la filosofía platónica por considerarlas innecesarias» (p.13). Es otra verdad a medias, o sea, otra mentira. Occam no redujo nada sino que combatió los conceptos generales (bien, mal, bello, feo, triángulo, cuadrado) que Platón denominó ideas y a los que dio una existencia independiente de la materia, supeditando ésta a aquéllas. Como se sabe, una cierta versión del platonismo fue el realismo medieval al que Occam, como todo nominalista, combatió. Pero es que el nominalismo es una forma de materialismo (forma, ciertamente, primitiva) completamente enfrentada al idealismo, por lo que Hume y Occam nunca podrían estar de acuerdo (como Vidal pretende).

El «consenso científico» está más cerca de la Iglesia que del laboratorio

El llamado «consenso científico» es otro mito de la ciencia contemporánea, quizá sólo comparable al de la existencia de una supuesta «comunidad científica». Aún así, leemos que el paradigma es «el consenso científico de una época» (p.14) y que, siguiendo a Michael Shermer (o sea, añado: a Kuhn), la ciencia es progresiva «porque sus paradigmas dependen del conocimiento que se va acumulando por medio de la experimentación, la corroboración y la falsificación» (p.13). Ambas afirmaciones son falsas: no existe ni ha existido, ni ahora ni en ninguna época, ningún consenso en la ciencia porque la ciencia es todo lo contrario: la falta de consenso, la crítica, la discusión y la superación; ni la ciencia progresa por el cambio de paradigmas. 

En cualquier caso, si existiese algo así como un paradigma, éste cambiaría como resultado de un progreso científico, y no al revés. La ciencia, en contra de lo que habitualmente se cree, no es (sólo) teoría, sino sobre todo y fundamentalmente una práctica. Insistió sobre ello Engels con el ejemplo de la hidrodinámica (surgida de las necesidades de canalización del agua) o con el de la química (cuyo progreso se debió a las exigencias de la industria textil), volvió a insistir en ello Labriola y lo demostró irrefutablemente John D. Bernal. No es que esté poco claro, sino que no se quieren enterar: la ciencia sigue –en último término– a la producción y evoluciona con las demandas de ésta. Es en la producción dónde hay que buscar las causas del progreso científico.

Postular un supuesto «consenso científico» y una «comunidad científica» es propio de quienes –como Comte– convierten la ciencia en una religión. Que se enteren ya: la ciencia es ciencia porque es discutible, los consensos y las comunidades son más propias de las sacristías, los popes, las sectas y demás morralla totalmente prescindible. La crítica en la ciencia no es externa a la ciencia misma, ni por supuesto es «seudociencia», sino que es la esencia de la ciencia, como ya he dicho más arriba. El problema viene cuando payasos como Dawkins se ponen a discutir y a plantear debates inexistentes entre la ciencia y la religión. No hay ni puede haber ningún debate entre la ciencia –discutible– y cualquier creencia, por esencia dogmática. Con otras palabras: se debate entre iguales, a las creencias (de cualquier tipo) se las combate.

Mecánica: cuántica, no cuántica y multitud de chorradas incuantificables

Ya hemos visto antes que la ciencia está lejos de avanzar mediante paradigmas, pero olvidemos esto por un instante para leer la siguiente perla:

«Un ejemplo clarificador de rotura de un paradigma fue la llegada de la mecánica cuántica, con la que pasamos de un universo determinista a otro que no lo es.» (p.13)

Por supuesto tampoco se explica en el libro lo que es el determinismo pero entendemos lo que quiere decir, la misma chorrada que desde los tiempos de la Escuela de Copenhague venimos escuchando: el universo no se mueve por causas y efectos, y mucho menos estos influyen sobre aquéllas. No. El universo es caótico pero, y aquí acaban siempre todos los idealistas, lo ordena Dios (o cualquier otro sucedáneo).

Lo que Vidal quiere decir (y dice muy mal) es que la famosa función de onda cuántica ha acabado con el antiguo «estrechismo» de la causa y el efecto, pero de aquí no puede derivarse lo que Vidal pretende: la no existencia de causas, esto es, la no existencia de relaciones objetivas entre los fenómenos de la naturaleza, que es lo que defendía el agnosticismo humeano. Por lo tanto, aquí sí que Vidal sigue a Hume, pero en un sentido totalmente contrario al que ella pretende. Es decir, en el sentido de la negación del carácter científico de la ciencia, por paradójico que parezca.

El problema de Vidal es que no sabe ni lo que es la mecánica cuántica ni lo que es el determinismo. El vulgar esquemita de determinismo que tiene en la cabeza (una misma causa -> un mismo efecto) la lleva a confundir el concepto científico –marxista– de determinismo. Todos los efectos tienen una (o varias) causas, pero estas, a su vez, influyen sobre los primeros. Asimismo, de una misma causa pueden derivarse varios efectos. Esto, entre otras cosas, es el concepto de azar, que no está reñido –en absoluto– con el concepto de determinismo.

Siempre oímos que «el casino siempre gana». Si se examina un poco más de cerca esa afirmación descubriremos que el azar también responde a leyes, lo que desmonta todas las tonterías idealista subjetivas del positivismo contemporáneo.

No obstante, el problema, como siempre, es considerar la ciencia como un bloque y la seudociencia como otro. La crítica, entonces, se hace externa a la ciencia misma, que parece tener sólo una interpretación. Interpretación en el sentido de que, como venimos diciendo, la mecánica cuántica es lo que la Escuela de Copenhague interpreta, el famoso «lenguaje de la ciencia» es lo que diga el Círculo de Viena, y así sucesivamente.

Tampoco es verdad decir que el «paradigma» que se rompió fue el pasar de un universo determinista a otro (lo que sea que eso signifique). El cambio de paradigma –por usar su lenguaje– de la mecánica cuántica no fue otro que el retorno al atomismo, tan olvidado entonces debido a la fuerte influencia empiriocriticista en la ciencia.

Siguiendo con el torpe desvarío, al empirismo de Hume se suma el criticismo kantiano, la «cosa en sí» incognoscible por naturaleza de Kant hace su aparición de la siguiente manera: «cuando medimos con precisión una variable, ya sea la velocidad o la posición de las partículas, estamos afectando a la precisión de medir la otra, por lo que nunca vamos a poder medir ambas con exactitud. Y estos problemas no tienen que ver con que no dispongamos de las herramientas o la tecnología necesarias para medir correctamente, sino que se trata de una restricción que impone la misma naturaleza» (p.14 –énfasis añadido). 

Aquí se mezclan (cuando no confunden), por lo menos, cuatro cosas: el escepticismo kantiano, la teoría del error de Gauss, una muy equivocada interpretación del «Principio de incertidumbre» y el concepto de impedancia del «aparato» de medida. No hay más comentarios.

¿Divulgación de la ciencia o del fraude científico?

Es realmente vergonzoso que una supuesta divulgadora científica, defienda fraudes científicos manifiestos como el SIDA. Más que vergonzoso: ridículo y lamentable, tan lamentable como las líneas que le dedica a la revista Discovery DSalud a la que tacha de seudocientífica, desinformadora y promovedora de inimaginables barbaridades (pp.20 y ss., 50 y 143). Es otro intento de censura más, no sólo de la revista –que es la excusa– sino de los estudios científicos que contradicen al famoso consenso y a la aún más famosa «comunidad científica». A los inquisidores no les gusta oír voces que les contradigan y mucho menos que pongan en entredicho sus «buenas» y «loables» intenciones.

Una de esas inimaginables barbaridades que la revista parece promover es descartar la existencia del virus del SIDA (VIH). El problema es que la existencia del VIH no lo descarta una revista ni un escrito sino lo que los marxistas denominamos práctica, que es el criterio de comprobación de la validez (o no) de una determinada tesis.

Llevamos casi cuarenta años con no sé cuántos billones invertidos en investigar sobre el VIH, sobre la vacuna (esa que iba a aparecer en dos años y que ya llevamos esperando treinta y seis), etc. y no ha aparecido nada similar a un retrovirus (VIH) causante del SIDA nunca ni se encuentra documentado en ninguna publicación. No hay ninguna noticia de ello. Si en cuarenta años no han descubierto nada (más bien, y no me extenderé aquí sobre esto, lo que han probado precisamente es que el VIH no existe) no lo van a descubrir ahora, por la sencilla razón de que no existe. El VIH es como los ángeles celestiales y los demonios: no los hemos visto en dos mil años por la sencilla razón de que no existen.

Sin embargo, de alguien que se considera muy científica e informada podríamos esperar que al menos nos diga quién, cuándo y dónde ha descubierto un retrovirus (VIH) que provoque el SIDA. Nada de eso hay en el libro. De lo que se trata, una vez más, es de lavar la cara al imperialismo yanqui y a sus secuaces como Gallo, Baltimore o David Ho por un lado, y dar validez a malas praxis científicas como la de los franceses Montagnier y Barré-Sinoussi por otro.

Tanta ciencia y pensamiento crítico para acabar donde siempre

Curiosamente todos estos adalides del pensamiento crítico siempre acaban repitiendo los tópicos que impone la burguesía (va a ser que no son tan críticos como creen), de los que –entre otros– podemos señalar los siguiente:

1) La homeopatía es «azúcar» (pp.24 y ss.)

2) Un cambio climático provocado por el hombre (pp.46, 137 y ss.)

3) La (supuesta porque no da ninguna fuente) extinción de enfermedades por acción de las vacunas (pp.141 y ss.)

Los tres puntos anteriores son falsos o, como poco, incompletos. Vidal oculta que la homeopatía no es «tomar azúcar», que el supuesto efecto antropogénico en el clima no está tan claro como ella cree (si quiere buscar seudociencias podría haber empezado por el ClimateGate o por el volcán del Mauna Loa) y que (sin entrar en si las vacunas son buenas o malas, en si tienen sentido biológico o no lo tienen) nunca se ha extinguido ninguna enfermedad como consecuencia de las vacunas. Amén de que «vacunas» es un concepto muy general que engloba muchos mecanismos de acción diferentes que merecerían un estudio serio y detallado por separado, en lugar de simplemente ser arrojados a una bolsa con la etiqueta «vacunas».

Finalizo con una curiosidad, en tono de humor se propone un –hipotético– estudio científico en el que se mide el cociente intelectual (pp.13-14). Sí, de cociente intelectual. ¿Eso qué es?, ¿no es seudociencia el cociente intelectual?, ¿qué mide exactamente el cociente intelectual?, ¿dónde está documentado lo que sea que mida el cociente intelectual?

La ciencia está siendo atacada por los que dicen ser sus más fervientes defensores. De está epidemia de divulgadores científicos buscando hacer carrera en el establishment nada bueno podeemos esperar, como el tiempo –a los que quieran mirar– se encargará de mostrarnos. Mientras tanto yo invito a la reflexión: si la ciencia siempre ha jugado en contra del poder establecido, ¿qué hacemos los marxistas dejando que otros se apropien de ella y la prostituyan? Si la esencia del marxismo siempre fue la crítica, ¿qué hacemos los marxistas, como se ha demostrado con la «pandemia», creyéndonos a pies juntillas lo primero que dice cualquier imbécil envuelto en títulos y diplomas?

(*) https://bayfiles.com/ffX5w9Qcoa/Que_le_den_a_la_ciencia-_Rocio_Vidal-holaebook_pdf 

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