Presas políticas en la cárcel de Segovia y la huelga de hambre de 1949.

Artículo por: Encuentro de Mujeres Comuneras María Cascaja

La Prisión Central de Mujeres de Segovia

El edificio se inaugura en 1924 como reformatorio de mujeres y en 1933 pasa a ser un hospital-asilo sanatorio de hombres. Ya en el 36 y en pleno estallido de la Guerra Civil, en solo dos días el hospital se abarrota de presos políticos y no es hasta el 39 cuando se distribuyen a los presos enfermos a otras cárceles del estado. Mientras tanto, las presas y presos políticos seguían llegando y conviviendo con los enfermos que quedaban sin ningún tipo de protección (en su mayoría se trataba de enfermos por tuberculosis) hasta que se constituyó en el 1946 como Prisión Central de Mujeres de Segovia.

Las condiciones higiénicas y materiales brillaban por su ausencia y la alimentación era escasa. El agua de las duchas estaba congelada (en pleno invierno segoviano), se les controlaba la vestimenta, las presas se agrupaban de forma masiva en las celdas y la asistencia médica era nula.

La madre superiora a la que las reclusas apodaban la Cinturilla era la encargada de administrar los medicamentos a las enfermas. Muchas veces se los prohibía a aquellas que renegaban de los deberes religiosos, además de restringirles las visitas. Si las reclusas accedían a la formación católica o a puestos de trabajo en la cárcel, se les negociaba una reducción en los días de la condena. Muchas de ellas accedieron estratégicamente a esos trabajos, como es el caso de Palmira San Juan, que se encargaba de burlar la vigilancia de la ventana y así introducir o sacar de la prisión cartas, libros, notas…

En el año 1946 fue determinante la llegada de un centenar de presas de la cárcel de Ventas tras una huelga de hambre, y fue a finales de la década cuando las presas políticas antifranquistas y militantes comunistas más relevantes se juntaron en la cárcel de Segovia. El número ascendió de 25 presas políticas en 1946 a 214 en 1947. En 1948 llegaría a su punto máximo con 231 presas políticas. 

Algunas de las presas eran:

Josefina Amalia Villa, María Salvo, Soledad Real, Juana Doña, Manolita del Arco, Vicenta Camacho, Antonia García, Palmira San Juan, con algunas segovianas como Consuelo García, Damiana Roldán, Mercedes Cotto, María Postigo o María Cuesta.

“Para las presas era una suerte acabar en la cárcel de Segovia ya que era el mayor núcleo de presas políticas, muchas de ellas muy preparadas teóricamente, donde se perfilaba y recibía un ambiente de orientación y superación constantes”. Manolita del Arco, presa.

La mayoría de las mujeres presas se dedicaban, como mal llamaban en la prisión, a “sus labores”, pero se sabe que muchas de ellas se iniciaban en la militancia política, socialista o comunista, en la capital de Segovia y localidades como San Rafael, Coca o Fuente del Olmo en Fuentidueña.

Las presas que procedían de Ventas o de Palma de Mallorca pusieron en práctica las experiencias que habían aprendido en la cárcel y, una vez en Segovia, realizaban reuniones clandestinas donde leían y exponían textos, debatían y hacían seminarios. Las maestras alfabetizaban a las que no sabían leer ni escribir, se organizan y se formaban políticamente, lo que hizo que se estrecharan los lazos entre las mujeres trabajadoras y fortaleció a las reclusas para la huelga de hambre. De esta manera se creaba entre ellas un tejido de clase en las que se ayudaban unas a otras con un mismo objetivo: seguir combatiendo el franquismo tras las rejas.

Otro motivo de las detenciones podía ser porque sus maridos o familiares habían cruzado la sierra para combatir contra el franquismo (principalmente mujeres de La Granja y Valsaín) para utilizarlas como rehenes. 

Huelga de hambre de 1949

M. Klinfel era una abogada chilena que visitó la Prisión Central de Mujeres de Segovia a principios de enero de 1949 con el fin de entrevistar a las presas para una tesis sobre distintas cárceles de países europeos que estaba realizando. Con la llegada de la abogada, empezaron a limpiarse las celdas y las zonas comunes y se le entregó a las presas una sábana por primera vez, algo totalmente inusual en la prisión, esto hizo que las reclusas se percataron que alguien haría una visita y plantearon una acción para aprovechar el momento y denunciar lo que allí estaba pasando. 

Klinfel llegó a la prisión y se sorprendió de la juventud de muchas de las presas y después de hablar con alguna de ellas, se dirigió a Mercedes Gómez Otero. Mercedes era una presa política militante del PCE que había pasado por un consejo de guerra y cumplía 30 años de condena desde 1945. La abogada preguntó a Mercedes por su condena y esta respondió que estaba allí por luchar contra el régimen franquista, lo que hizo que Klinfel se sorprendiera ya que las autoridades habían utilizado el engaño y mostrado una cara justa y amable del régimen. 

Mercedes le recomendó que visitase los suburbios y a las familias obreras del Estado para que viera la realidad por sí misma. El capellán, que por allí rondaba y escuchó lo que decía, la increpó diciendo que “en un régimen comunista la habrían fusilado” a lo que Mercedes alegó que “no sabían lo que pasaría cuando esta mujer se fuera”. La abogada terminó la visita y antes de irse les dejó el nombre del hotel y la habitación donde se hospedaba por si les pasaba algo por haber contado esas injusticias. 

La directiva penal no tardó en castigar a Mercedes por haber contado la verdad de lo que pasaba dentro de la prisión, ocultando que había sido una acción colectiva para evitar la repercusión que podría conllevar el hecho. A Mercedes le quitaron todas sus pertenencias y la aislaron como castigo, pero sus compañeras se revelaron y organizaron una revuelta dentro de la cárcel, gritando hacia fuera “¡Pueblo de Segovia, nos están castigando, nos están matando a palos, avisen a nuestras familias y a “esta” señora que se aloja en “este” hotel y decidle que están torturándonos por haber hablado!”. 

Los funcionarios no tardaron en reprimir a las presas, lo que provocó que convocaran una huelga de hambre de cuatro días. Muchas de ellas tuvieron que ser reanimadas con glucosa debido a las secuelas de la huelga y al deterioro que sufrían por las pésimas condiciones en las que vivían.

Un total de 171 presas, de las 383 que había en prisión en ese momento, en su mayoría políticas, protagonizaron y secundaron dicha huelga de hambre al grito de “¡o todas o ninguna!”. Se clasificaron en cabecillas y colaboradoras conformando distintos grupos para que el castigo no fuera el mismo, cayendo sobre ellas los castigos más severos. Algunas de las presas que encabezaron esta huelga fueron Enriqueta Otero, María Vales, Pilar López, Isabel Alvarado, Mercedes Gómez, Concha González, Josefina Amalia, Carmen Peinado, Gloria Cueto y Carmen Machado. 

“A cada hora de la comida pasaban con las calderas del rancho que traían las comunes y se volvían con ellas intactas. Ninguna política claudicó. Cuando nos daban una escoba para barrer la celda, mientras duraba la operación la funcionaria María Sacristán se ponía en un lugar bien visible con un bocadillo en la mano comiéndolo delante nuestro. Hasta ahí llegaba su sadismo”, relató la presa María Salvo a Tomasa Cuevas.

Los funcionarios endurecieron los castigos y presionaron a las presas para que abandonasen la huelga de hambre forzándolas a firmar su arrepentimiento chantajeándolas con órdenes de libertad condicional, ya que las muertes a causa de la huelga y la fuerza que esta estaba tomando no eran nada favorables para la dirección del centro.

Según pasaban los meses, algunas de las presas firmaron su “arrepentimiento” accediendo al chantaje por la libertad condicional, aunque otras como Mercedes Gómez, Pilar Claudín, María Salvo, Antonia García o Josefina Amalia se resistieron. Antonia García contaba que “El director me llamaba cada dos por tres para decirme que hiciera una declaración por escrito diciendo que me arrepentía y yo, cada vez que me llamaba, le decía: ‘Mire usted, yo he estado aquí once años injustamente y ahora no voy a perder la vergüenza haciendo una cosa así, cuando eso lo haría cincuenta veces que se volviera a repetir. He estado todos estos años pensando que la única cosa que no me podían ustedes quitar era mi dignidad, no la voy a perder ahora porque me den la libertad. Yo no voy a firmar eso'”.

No fue hasta un año después cuando le dieron la libertad condicional a Antonia García, alegando que finalmente entre todas habían logrado el arrepentimiento.

Tras acabar la huelga, se valoró muy positivamente su realización entre las presas, ya que se fortaleció la militancia y los ideales, a pesar de las duras consecuencias que trajo consigo. La unión entre las compañeras, el apoyo mutuo y la conciencia de clase fueron los pilares fundamentales para que la huelga de hambre de 1949 triunfara e hiciera que por un tiempo temblaran los cimientos y los barrotes del franquismo en aquella prisión de mujeres de Segovia.

El final de la Prisión Central de Mujeres de Segovia

En 1952 todavía se encontraban en Segovia la mayoría de las presas políticas del Estado (116 mujeres) y se hace una campaña desde el exterior donde se pide ayuda para la puesta en libertad condicional de 27 mujeres que llevan presas desde la Guerra Civil, pero sin éxito. No fue hasta 1956 cuando el 20 de abril se trasladó a la mitad de las presas a la prisión de Alcalá de Henares y al poco tiempo al resto de mujeres que quedaban como María Salvo, Soledad Real, Mercedes Cotto, María Postigo o Mercedes Gómez. La Prisión Central de Mujeres de Segovia finaliza su ejercicio como centro penitenciario, pero se transformó al poco tiempo en un reformatorio de mujeres, nada muy lejos de lo que venía siendo con anterioridad.

Bibliografía

Vega, Santiago (2011). Lucha tras las rejas franquistas. La prisión central de mujeres de Segovia. Studia Historica. Historia Contemporánea.

Vega, Santiago & García, J. C. (2008). Tras las rejas franquistas. Homenaje a los segovianos presos, Segovia, España. Foro por la Memoria de Segovia.

Cuevas Gutierrez, Tomasa (2004). Testimonios de Mujeres en las Cárceles Franquistas, Instituto de Estudios Altoaragoneses.

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