COVID-19: chivo expiatorio de un colapso global

Artículo por:Diego Martínez Urruchi

El 11 de marzo es la fecha en que la Organización Mundial de la Salud declara una pandemia global causada por el virus SARS-CoV2, comúnmente referido como COVID-19 o coronavirus. Hay que recordar que en mayo de 2009 la OMS cambió el significado de pandemia, y donde antes era: “infección por un agente infeccioso, simultánea en diferentes países, con una mortalidad significativa en relación con la proporción de población infectada”, ahora no es necesario que la infección porte la característica de “mortalidad significativa”.

A partir de ese momento, la estrategia de prácticamente todos los estados del planeta es la misma con algunas diferencias: decreto de estado de alarma con confinamiento de la población civil en sus hogares, con cierre de comercios y ciertos servicios públicos. Algunos países, como España, deciden aplicar medidas especialmente tajantes, ni siquiera permitiendo a sus ciudadanos salir a dar un paseo, a hacer deporte o a tomar el sol. Por el contrario, otros países, como Suecia, deciden no enfrentar la pandemia mediante la cuarentena.

De la noche a la mañana, se nos presenta un escenario insólito, las calles se vacían en respuesta al toque de queda y el miedo se expande a medida que se difunde la noticia de que nos asola un virus mortal altamente infeccioso. Tal es la versión de los medios de comunicación que, todos a una, adoptan un discurso único con matices muy superficiales, y mediante un tono profundamente alarmista aluden a la responsabilidad de las personas, que consiste en encerrarse en sus casas y poco más. No ha habido posibilidad de debate ni se ha dado voz a quienes tienen una postura diferente, llegando incluso a la censura explícita, pisoteando así la libertad de expresión. Se convierten de esta manera en únicos poseedores de la verdad, haciéndose eco de la palabra de los “expertos”, en realidad silenciando a muchos de ellos y desvelando lo que se acomoda a sus intereses. Por si esto no fuera suficiente, el Real Decreto 463/2020, del 14 de marzo, obliga a todos los medios de comunicación social, de titularidad pública o privada, a insertar anuncios, mensajes y comunicaciones provenientes de las autoridades competentes.

¿De dónde ha salido el virus?

Wuhan es la ciudad donde se registraron los primeros casos de la enfermedad en diciembre de 2019. Las sospechas apuntaban a un brote a partir de un mercado de mariscos, ya que, en un principio, fueron unas 200 personas las que presentaban una enfermedad de tipo neumonía. Desde entonces, la información es abundante pero no concluyente, y desde los medios oficiales se ha barajado la posibilidad de que la enfermedad provenga de un virus que ha pasado de un animal a los seres humanos. Primero se habló del pangolín, luego del murciélago, después de las serpientes…

Sin embargo, parece poco probable el paso del virus de animales salvajes a humanos mediante su consumo, dado que es una práctica compartida por muchas culturas a lo largo del planeta y, de ser así, estaríamos constantemente ante infecciones de este tipo, al menos a nivel local.

Otra de las hipótesis es su escape o liberación intencionada de un laboratorio próximo al foco de infección. Sobre este centro ya se viene advirtiendo desde hace tiempo, y se sabe que se venía experimentando con este tipo de virus. Se trata de un laboratorio que cumple los estándares de bioseguridad nivel 4, es decir, los más altos, ya que está cualificado para tratar con los patógenos más peligrosos. En mi opinión, es poco probable su uso como arma biológica, dada la modesta mortalidad que se le atribuye y sobre la que más adelante hablaré.

También hay quien afirma que el virus no existe, entre quienes destaca el doctor Andrew Kaufman, quien sentencia que el coronavirus es en realidad un exosoma, es decir, una vesícula de desintoxicación del propio organismo humano. Estos exosomas serían “emitidos” por el cuerpo ante un amplio espectro de circunstancias, como un cáncer pulmonar, una gripe, una neumonía, exposición a un ambiente contaminado, etc.

Tras el brote en Wuhan, antes de conocer la causa de la enfermedad, se lanzó la hipótesis de que se trataba de un virus y se examinó a unos pocos de los enfermos. No se contempló la posibilidad de que no fuera un virus el causante, como por ejemplo una intoxicación alimentaria o ambiental. Una vez en el laboratorio no se aisló el virus como tal, sino que se extrajo material genético que coincidía en alrededor de un 80% con el material genético del virus SARS-CoV (coronavirus del síndrome respiratorio agudo grave). Para hacerse una idea de lo que supone esta semejanza, el genoma del ser humano se parece al del chimpancé en un 96%. Además, en estos mismos estudios se admite que no se cumplen los postulados de Koch, considerados requisito para demostrar que un germen o un virus provoca la enfermedad en cuestión.

Es, por tanto, bastante aventurado afirmar con tanta vehemencia que es un virus con las características que se anunciaron mediáticamente, en cuanto a mortalidad, naturaleza y contagio, sabiéndose tan poco al respecto.

Ante la cuestión de su origen me mantengo escéptico, de hecho, me parece que su importancia es secundaria, puesto que lo verdaderamente crucial es la estrategia que han llevado a cabo los distintos países para tratar el problema y sus repercusiones, presentes y futuras. [1]

Utilidad y credibilidad de los test

Lo que sí que es grave es la naturaleza fraudulenta de los test a partir de los que se aportan los datos de contagiados y fallecidos. Es más, son tan poco fiables que los datos existentes deberían no decirnos absolutamente nada.

Uno de los primeros artículos publicados por la literatura médica fue uno en el que se admitía que podía haber hasta un 80% de falsos positivos. Como las medidas de confinamiento y cierre comercial ya estaban en marcha, esos falsos positivos se convirtieron rápidamente en falsos negativos y en asintomáticos.

Los dos tipos de test que han sido usados para localización del virus han sido el test rápido y el test PCR. El primero ya ha sido descartado y se ha admitido su baja fiabilidad, dando positivo en un amplio espectro de circunstancias conocidas no relacionadas con el virus y no coincidentes con los resultados otorgados por el test PCR.

En cambio, las conclusiones de este último son admitidas como ciertas, aún a pesar de la enorme cantidad de incoherencias que le rodean. Para empezar, el inventor de la PCR, Kary Mullis, ya advirtió que estos test no eran válidos en el diagnóstico de enfermedades, siendo fácilmente falsificables los datos a obtener. El Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EEUU admite igualmente que “la detección de ARN viral puede no indicar la presencia de virus infecciosos o que el 2019-nCoV es el agente causante de los síntomas clínicos”[2].

Este test funciona localizando una secuencia genética (en este caso el ARN que algunos de los estudios científicos mencionados al principio relacionaron con el virus) y amplificándola. Los resultados varían en función de los ciclos de amplificación que se realicen, y esta secuencia genética podría identificarse con la de los muchos coronavirus que nos rodean e incluso forman parte de nuestro organismo.

Hay más, el presidente de Tanzania declaró haber recogido varias muestras procedentes de fuentes no humanas y enviarlas al laboratorio poniéndoles nombres de persona para comprobar si estaban infectadas por el virus. Es bastante sorprendente que el test diera positivo para una cabra, e incluso… para una papaya, ni más ni menos que una fruta.

También, el médico de urgencias del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid César Carballo, admitió públicamente que obtuvieron resultados positivos a partir de realizar test PCR a muestras congeladas del año 2017. Si el virus es tan contagioso ¿por qué no se convirtió entonces en una epidemia?

Existen más ejemplos, como el de muchos científicos que denuncian que los resultados del test PCR son también positivos para un gran abanico de situaciones, como el haber sido vacunado del virus de la gripe. La voz de quienes destapan esta serie de irregularidades, que son también expertos, parece no interesar o no ser lo suficientemente válida para que los medios de comunicación la compartan y sea el propio individuo quién decida en qué creer.

Lo diré una vez más: los test no funcionan, así que los datos no son creíbles. En vez de admitirlo y buscar otras vías para localizar la enfermedad, quien dé positivo por el test, pero no presente síntomas, se convierte inmediatamente en asintomático[3]. Así se da continuidad a una paranoia colectiva en la que no solo te infectas al acercarte a un enfermo, sino que los individuos sanos pasan a ser igualmente peligrosos. Todo esto sin ningún respaldo científico, convirtiéndose más en un asunto político que sanitario. Y es que en realidad es así, más que una crisis sanitaria esto es una crisis política, en la que se ha utilizado a un virus como pretexto, como demostraré más adelante.

Colapso hospitalario, exceso de mortalidad y salud general

En este punto quiero aclarar que el colapso hospitalario ha sido una realidad, así como la sobremortalidad padecida en el mes de marzo en este país.

Sobre el colapso de los hospitales hay que advertir que esto es una característica endémica, que se repite año tras año. De hecho, prácticamente todos los años la gripe es la responsable de colapsar los hospitales españoles, algunos de ellos, para ser más exactos. Por ejemplo, en 2015 una gran cantidad de pacientes tuvieron que dormir en los pasillos de estos centros, las mismas situaciones de colapso se vivieron en la temporada de gripe 2017/2018, y en marzo del año pasado la capacidad de algunos hospitales se vio sobrepasada en más del 200%.

Aunque no solo ocurre aquí, lo mismo se vive desde hace años en varios territorios de los Estados Unidos o de Italia, entre otros.

Este año, además, la campaña de pánico llevada a cabo por radios, televisiones, periódicos y el propio gobierno (este último de manera repentina) ha inflado inevitablemente los ingresos hospitalarios, con una gran cantidad de personas que temían por sus vidas. Los ejemplos de esto son múltiples, y deben ser denunciados por haber empeorado significativamente la situación. Su forma de actuar consiste, muchas veces, en un titular especialmente morboso, sensacionalista y dramático, para a continuación negarlo con datos en el contenido de la noticia.

Así como hay hospitales que se han visto completamente rebosados, otros han conocido una situación normal e incluso, algunos otros, de inusual tranquilidad. El traslado de pacientes a estos centros habría sido una herramienta de muy alta utilidad.

A esto se suma el recorte en servicios de asistencia médica, como el cierre de Centros de Salud. En un documento escrito por la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC), se solicita “que los pacientes sean evaluados por los profesionales de atención primaria los cuales ejerciendo su papel de gatekeeper (filtro) discriminen a los pacientes que pueden seguir recibiendo atención en el centro de salud y/o en el domicilio de aquellos que deban de ser derivados a los hospitales”. Asimismo, manifiestan su desconcierto acerca de que “los pacientes con síntomas leves, sin factores de riesgo o con factores de riesgo, pero buen estado general, deban acudir o permanecer en estos hospitales o dispositivos”, refiriéndose a los hospitales de campaña[4].

De igual manera, una gran cantidad de personal sanitario ha recibido la orden de abandonar su puesto de trabajo tras dar positivo en el test, muchos de ellos lo hicieron en la condición de asintomáticos.

Así que tenemos un sistema sanitario que colapsa año tras año, sumado a un clima de miedo que a buen seguro animó a mucha gente a acudir al hospital cuando no lo hubieran hecho en condiciones normales, además del cierre de los Centros de Salud y otros servicios médicos, y una bajada del personal sanitario, algunos por enfermedad y otra buena parte por los resultados obtenidos a partir de una prueba poco fiable y que no presentaban síntomas.

Igualmente he recogido testimonios de gente que denuncia que sus familiares ancianos no han sido atendidos y han fallecido por esta causa, no porque los médicos especializados en la disciplina requerida para el caso se hayan visto sobrecargados de trabajo, sino porque se han suspendido las cirugías de rutina. Aunque esta práctica en concreto pertenece a la situación presente, ya se venían haciendo distinciones dependiendo del tipo de persona que requería la atención hospitalaria antes de conocerse pandemia alguna. Por ejemplo, con preguntas acerca de si el enfermo es dependiente (conozco esto para el caso de ancianos) y ofreciendo en función de la respuesta un procedimiento u otro. Sé de gente que ha perdido familiares que se encontraban en esta situación y que fallecieron por no recibir tratamiento por el motivo mencionado.

Es necesario entonces explicar la sobremortalidad que ha tenido lugar. En Europa, en comparación con años anteriores en épocas parecidas, el 2020 ha habido más muertes en los siguientes países: España, Italia, Francia, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suecia. Sin embargo, han fallecido menos personas, o en un número similar al de años anteriores, en los siguientes: Austria, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Alemania, Grecia, Hungría, Irlanda, Luxemburgo, Malta, Noruega, Portugal y Suiza según los datos del programa EuroMOMO. A pesar de esto, estos países también han aplicado medidas de confinamiento, con leves diferencias entre ellos.

Para el caso del territorio perteneciente al estado español, la plataforma MOMO, gestionada por el Centro Nacional de Epidemiología, ha registrado un exceso en el número de defunciones justamente a partir del 14 de marzo, es decir, cuando es decretado el estado de alarma, hasta aproximadamente el 6 de mayo, cuando los valores regresan a la normalidad. Es cuanto menos curioso que la cantidad de fallecidos aumente a partir de que se cierren los centros de salud, la atención presencial y se suspendan las cirugías de rutina, quedando la gente encerrada en sus casas bajo un panorama de miedo, angustia y estrés sin parangón.

También es extraño que la diferencia entre países sea tan acusada, experimentando algunos una sobremortalidad fuera de lo común, mientras que otros no han visto aumentar el número de difuntos por encima de lo normal. Si la única causa de mortalidad fuera un virus, ante unas medidas restrictivas muy similares, los resultados serían igualmente parecidos. Aún con todo, todos ellos han sufrido y sufrirán las repercusiones de las medidas propias de la cuarentena, a todos los niveles.

Por poner un ejemplo, en Ecuador se tomaron medidas de confinamiento igualmente debido al coronavirus, siendo bastante mayores los casos de dengue registrados (y más letales).

Otro ejemplo de la disparidad de los datos al respecto de la mortalidad es la cantidad de fallecidos por cada 100.000 habitantes, con países como España, Italia o Reino Unido rondando los 55 fallecidos por 100.000 habitantes, y países como Alemania, Dinamarca y Portugal que no alcanzan los 15. Hay bastantes países europeos que, de hecho, no se acercan a los 10 fallecidos por 100.000 habitantes.

Lo que es aún más sospechoso es que la mayoría de muertes se hayan producido en residencias de ancianos, unas 19.000 de las menos de 28.000 muertes registradas por el virus. Las condiciones en que estos ancianos han vivido la pandemia han sido deplorables, conviviendo con el conocimiento de que no iban a ser atendidos médicamente. De igual forma, las plantillas de trabajadores se redujeron en muchos de estos lugares, y los residentes se encontraron aislados en sus habitaciones, ajenos al contacto humano más allá del momento de recibir la comida, entregada por personas vestidas con trajes protectores y máscaras, agravando aún más la sensación de soledad y pavor.

Es innegable que este escenario en que los ancianos se vieron envueltos destruyó psicológicamente a muchos, y empeoró drásticamente las enfermedades que ya arrastraban, sumándose así a la debilidad propia de la vejez, configurando un coctel mortal que se llevó por delante a un número exagerado de ellos.

También se han denunciado los tratamientos preventivos que se les ha suministrado, cuyos efectos secundarios y toxicidad han podido llevarse a más de uno.

La cantidad de ellos que han muerto a causa del virus es imposible de conocer, debido a sus circunstancias favorables a los falsos positivos (por ejemplo, vacunación contra la gripe, que es común a esas edades) y a la falta de credibilidad de los test.

No solamente ha sido desalentadora la situación para los ancianos de las residencias, sino también para los que permanecen en sus hogares. En Cataluña, salió a la luz un documento en que la consejería de Salud de la Generalitat establecía un protocolo para el Servicio de Emergencias Médicas por el que se descartaban aquellos pacientes con menos posibilidades de sobrevivir y se les animaba a morir en casa.

Es necesario igualmente hablar de la reticencia a realizar autopsias, que habrían servido para comprender mejor la enfermedad. En Italia, sin embargo, algunos médicos decidieron autopsiar igualmente a fallecidos por la enfermedad. Gracias a ello, descubrieron que uno de los efectos principales del virus era la trombosis, y posteriormente los síntomas propios de una neumonía. Estos médicos, además, alertaron de que el tratamiento con respiradores podría agravar bastante la enfermedad, siendo mortal para el paciente en algunos casos.

Que el uso de los ventiladores no es apropiado es algo de lo que se quejan también muchos médicos en Estados Unidos. En este país se han denunciado por profesionales sanitarios los protocolos médicos recibidos, a los que han calificado de iatrogénicos, es decir, causantes directos de la muerte del paciente, en vez de serlo la propia enfermedad. En Nueva York, al menos el 80% de los pacientes que han recibido tratamiento con respiradores han fallecido. Parecido ocurre en otros países, y ya muchos han levantado la voz desaconsejándolos, debido al daño pulmonar que ocasionan, dada la alta presión a la que someten a estos órganos respiratorios.

Resulta increíble que no se hayan discutido públicamente los efectos perniciosos que va a acarrear la cuarentena sobre la salud de la población. En esto, son también las personas de la tercera edad quienes más sufren las consecuencias.

Los ejemplos en la literatura médica de enfermedades relacionadas con el estrés y el miedo son abrumadores, afectando estos al sistema respiratorio en un primer momento. De hecho, el estrés se considera un desencadenante común del asma. Y no solo en daños en el sistema respiratorio se traducen el estrés y la ansiedad, sino también en fallos del resto de órganos vitales y en un desplome del sistema inmune, que debilita a la persona y la convierte en vulnerable a múltiples patologías[5].

El daño psicológico de un encierro tan prolongado ha tenido que resultar devastador, sobre todo en un país donde el suicidio es la principal causa de muerte no natural, según datos del Instituto Nacional de Estadística. La depresión, el alcoholismo, la adicción a ciertas drogas y el uso inadecuado de fármacos potencialmente peligrosos han aumentado por encima de lo común, estando ya en niveles demasiado altos.

En un programa de una conocida cadena de televisión, se estudia lo mucho que han aumentado los casos de insomnio (hablan de un incremento de un 30%), así como del consumo de ansiolíticos. Por supuesto, en él no se cuestionan lo fundamental del asunto, sencillamente son un medio propagandístico más donde no se discute lo oportuno del confinamiento, aunque niegan su eficacia en el experimento que llevan a cabo. En él, uno de los presentadores se somete a una prueba bajo la que se pondrá en la piel de toda esa gente que no consigue conciliar el sueño debido al encierro. Son solamente tres días en los que restringe sus horas de sueño a tres diarias los que necesita para declarar tener una gran sensación de “gripazo”, lo que corrobora un médico al detectarle placas en las anginas y una infección vírica.

Esto es lo que puede causar una situación de falta de sueño en el corto plazo, pero en el largo plazo los daños son mucho mayores, suponiendo un riesgo para contraer patologías psicológicas, como el Alzheimer.

Ya es bien sabido además lo nocivo de una vida sedentaria, sin ejercicio físico habitual o sin exposición a la luz solar. Esto último es crucial para muchos ancianos, ya que es el sol quien les proporciona lo necesario para que sus organismos sinteticen la vital vitamina D. Esta vitamina es la que ayuda a que el calcio se fije en los huesos y los refuerce, previniendo enfermedades sobre todo asociadas a la edad, como la osteoporosis. De hecho, es común entre ancianos sufrir graves lesiones asociadas con esto, como la rotura de caderas, que muchas veces es causante de discapacidad y dependencia hasta el final de sus días. Pero no solo eso, esta vitamina le sirve al sistema inmunitario para fortalecerse, así como para mejorar las funciones cognitivas y prevenir enfermedades como el ya mencionado Alzheimer. También para prevenir la formación de trombos y coágulos.

Pero no solo son los ancianos los que sufren esto, los niños y adolescentes son otro grupo social que padece enormemente este tipo de medidas.

Para quienes viven esto desde la infancia puede desembocar en traumas permanentes y en desconfianza crónica, así como en un incremento del ya bastante alto número de casos de autismo. Este confinamiento y la “nueva normalidad”, de la que ya se habla incluso en el BOE, afectará a las etapas más críticas para su formación como personas, ya que no se limitará solamente a la cuarentena, sino a todo lo que viene detrás y a la desconfianza hacia otras personas que esto supone, que de repente se han convertido en vectores de un virus letal. Por si no fuera suficiente con los problemas crecientes para la socialización, sustituida en gran parte por tecnología, que mantiene a los chavales evadidos de la realidad, ahora tendrán que guardar una distancia de “seguridad” con sus iguales, e interactuar con ellos guantes y mascarillas mediante. Sobre que esto sea más seguro no hay evidencia científica, por cierto, y son muchos quienes lo desaconsejan, como más adelante explicaré.

Este episodio quedará en la mente de muchos niños, así como los hábitos que integren para paliar la necesidad natural insatisfecha de vida social, ejercicio físico y descubrimiento del mundo. Estos hábitos, que muchas veces solo agravarán unas costumbres ya asumidas, serán un mayor tiempo frente a pantallas y tecnologías, lo que conducirá a personalidades solitarias, con dificultades para el trato con el otro; un menor tiempo dedicado al ejercicio físico, lo que les conducirá de bruces a la enfermedad y la falta de fortaleza; y una alimentación poco saludable, con la que compensarán el mal trago, siendo complicado más adelante liberarse de la adicción a comidas azucaradas y a alimentos procesados, fuente de una gran parte de las principales enfermedades responsables de muerte prematura. Aunque el confinamiento dura un tiempo dado, el recelo a salir a la calle, socializar y hacer vida “normal” permanecerá en muchos, lo que reforzará la insana costumbre adquirida.

Que se hayan tenido que quedar en casa todo este tiempo, sin llegar a comprender muy bien el motivo, les alejará de la sana noción de la libertad, y aceptarán sumisamente la obediencia ciega como algo normal.

Los conflictos interpersonales aumentarán igualmente, al forzar a la gente a una convivencia estricta. Esto es una de las lacras de nuestro tiempo, la incapacidad de las personas de relacionarse adecuadamente con los suyos, viéndose constantemente involucrados en conflictos por banalidades y egoísmos[6].

Los efectos secundarios derivados de la cuarentena, la crisis económica y la “nueva normalidad” en materia de salud no deben ignorarse, pues son bastante peores que el propio virus. Este es otro de los problemas del momento actual, en el que se delega el acceso a la información a terceros, medios de comunicación que sirven a los intereses del Estado, quien decide lo que puede y lo que no puede publicarse o salir a la luz. Estas circunstancias propician que se sobredimensione un aspecto de la realidad y se difumine la gravedad de otro, como es el caso. Del mismo modo, no es motivo de alarma la inmensa cantidad de vidas que se llevan por delante las enfermedades cardiovasculares o el cáncer, dos de las tres primeras causas de muerte a nivel mundial (ante las que el coronavirus languidece), una buena parte de ellas prevenibles.

OMS, medidas estatales y otros protagonistas internacionales

Por su parte, el papel de las entidades internacionales como la OMS ha sido contradictorio desde el inicio. En un principio, advertían de que la cuarentena no era suficiente para frenar la pandemia, para finalmente retractarse, como hizo la portavoz de la OMS Margaret Harris para el periódico australiano Sydney Morning Herald, donde afirmó que “nunca dijimos que se aplicaran medidas de confinamiento”.

Y no sólo eso, también no les ha quedado más remedio que aceptar que el virus no se transmite por el aire, a través del contacto con objetos, y que de nada sirven las campañas de desinfección.

Aunque inicialmente ofrecían la cifra de una mortalidad por el virus del 3,4%, actualmente hay estudios que lo calculan próximo al 0,2% a nivel global, es decir, aquel de una gripe severa. Por tanto, dramatizaron enormemente la gravedad del problema, dando carta blanca a los diferentes gobernantes para tomar medidas altamente restrictivas en sus respectivos países.

Ahora que parece que la pandemia no es tan grave como prometieron al mundo se retractan y suavizan la situación, sin embargo, las consecuencias se han sufrido y se seguirán sufriendo igualmente.

Las sospechas planean también sobre el presidente de esta organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien fue acusado en su día de ocultar epidemias de cólera en su país natal, Etiopía, durante su cargo como Ministro de Sanidad.

Por su parte, los diferentes Estados se han servido de la alarma social que este organismo ha creado a lo largo del globo, y han desatendido a las recomendaciones que les ha interesado obviar.

Por ejemplo, aunque la OMS dice que el virus no puede transmitirse por el contacto con objetos las autoridades recomiendan el uso de guantes y el lavado frecuente de las manos. Lo mismo puede decirse de las desinfecciones a pie de calle, que este mismo organismo ha señalado como ineficaces, tanto porque el virus no se transmite a partir del contacto con objetos, como porque la propia suciedad de las calles anula el efecto desinfectante del producto. Por el contrario, sí que han mencionado los posibles efectos nocivos que el uso de estos químicos puede tener sobre la salud humana, y que pueden contaminar igualmente las aguas.

Pese a ello, el 16 de abril se aplica la Orden SND/351/2020, mediante la que “se autoriza a las unidades de defensa NBQ de las Fuerzas Armadas y la Unidad Militar de Emergencias (UME) a utilizar biocidas autorizados por el Ministerio de Sanidad en las labores de desinfección para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19”. En ella se refieren a la “utilización de medios aéreos” dado que así “se alcanzan todas las superficies con rapidez”, y se admite que estas desinfecciones son “operaciones que ejecutan regularmente”.

Por su parte, los médicos del Servicio de Información Toxicológica (SIT), han atendido 1655 llamadas más entre marzo y las dos primeras semanas de abril que el año pasado en el periodo de tiempo. 1846 del total de las llamadas recibidas se han debido a intoxicaciones por lejías y otros desinfectantes, para los que el sistema respiratorio es su medio de entrada, y donde ocasionan graves problemas.

Además, hay que discutir la eficacia que tiene el lavar constantemente las manos con productos químicos desinfectantes. A pesar de que, erróneamente, se asocia a los virus y bacterias con enfermedades, su presencia es fundamental para el correcto funcionamiento de nuestro organismo. De hecho, poseemos muchos más de estos microorganismos en nuestro cuerpo que células, y sin ellos sería imposible nuestra existencia. Para muchos problemas intestinales ya se vienen aplicando desde hace tiempo terapias de “infección” con microorganismos (bacterias, virus o parásitos) que han sido muy efectivas en el tratamiento de enfermedades crónicas[7].

En el caso de nuestra piel, su buena salud está igualmente condicionada por una correcta presencia de estos microorganismos, que la liberan de enfermedades dérmicas. Si constantemente destruimos esta barrera de protección con el sobreuso de productos desinfectantes estamos haciéndole un flaco favor a nuestra salud, más cuando la presencia de un virus peligroso podría verse comprometida con la colaboración de una microbiota robusta.

Cada vez se recomienda más el no excederse con la higiene de los niños, que podrían encontrar en estos microorganismos la fortaleza que su sistema inmune necesita. Además, una buena dosis de bacterias y virus es lo que incluye la leche materna, el alimento que toda persona necesita durante su primera etapa como ser humano, y su ausencia podría estar asociada con un buen número de enfermedades.

Por todo esto, esta es otra de las medidas que se han tomado de manera tajante, arbitraria y sin tener en cuenta la discrepancia científica en torno al asunto, sin debates ni puntos de vista diferentes del que dictan las autoridades del Estado, cuya naturaleza antidemocrática ya no sorprende.

Sobre las mascarillas ocurre algo parecido. La OMS no ha parado de dar bandazos a este respecto, así que no puedo saber qué decisión han tomado en el momento en que se lee este artículo, pero sí que han confirmado que el virus no se transmite por el aire. Por tanto, su uso estaría totalmente desaconsejado, al conocerse efectos nocivos sobre las personas que las usan. Además, el tamaño de poro de la mascarilla es lo suficientemente grande como para que un virus, que es minúsculo en comparación, lo atraviese sin mayor problema.

Cuando se usa este elemento se obliga uno a sí mismo a respirar el aire que expulsa con cada exhalación, cargado de dióxido de carbono, producto de desecho que el cuerpo excreta por un motivo. Esto supone una acumulación de esta molécula en el torrente sanguíneo, en detrimento del oxígeno, que cada vez cuesta más incorporar al cuerpo. En consecuencia, se produce hipoxia y acidosis sanguínea, que pueden dañar al cerebro y al cuerpo, haciéndolo así más vulnerable a cualquier enfermedad. Aparte de esto, hay gente que declara jaquecas y mareos tras su uso, y también puede provocar pérdidas de consciencia.

A pesar de todo esto, el 19 de mayo se aprobó la Orden SND/422/2020, documento legal que supone el “uso obligatorio de mascarilla durante la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19”. En él se justifica esta norma dada la “alta transmisibilidad del SARS-CoV2, especialmente en las fases iniciales de la enfermedad y en las personas asintomáticas”, afirmación en absoluto probada.

Lo que puede ayudarnos a comprender la cuestión de las mascarillas es que es ahora mismo un negocio para China, que se dedica a exportar los excedentes de su producción. Para la fabricación de estos elementos faciales, empresas como Guangzhou Xingshi Equipments, productora de toallitas y pañales, se han transformado en productoras masivas.

Pero también empresas que nada tenían que ver con la producción de objetos relacionados con las mascarillas han convertido parte de sus fábricas para manufacturarlas en masa. Algunas de estas son Foxconn (encargada del ensamblaje de los iPhones), Xiaomi, Oppo (fabricante de smartphones), e incluso General Motors a través de su filial conjunta SAIC-GM-Wuling y la marca de coches eléctricos BYD. Asimismo, la empresa Ali Baba se ocupa de la entrega masiva de estas mascarillas.

Esto es lo propio de una economía de guerra. Empresas que aparentemente nada tienen que ver con el producto último, de repente se transforman para manufacturarlo, obedeciendo los requisitos del poder estatal. En este caso la mascarilla no cumple una función bélica como tal, pero sí forma parte de los intereses estratégicos del Estado, en este caso el chino.

A estas alturas hay que decir con claridad que esto no se trata de una crisis sanitaria, sino que forma parte de una crisis a todos los niveles: ecónomico, político, demográfico, ecológico, etc. Esto es una crisis social a gran escala, y la pandemia es solamente un pretexto para conocer la reacción popular ante los cambios que están por venir, para justificarlos en la medida de lo posible y comenzar a implementar disposiciones que aseguren que las reformas por venir lleguen a buen puerto.

Las mascarillas, cuyos beneficios no han sido demostrados, pero sí los posibles perjuicios, es una más de las medidas que se están tomando para comprobar la obediencia de la población y su adhesión al discurso emitido por los medios estatales, los medios del poder.

En realidad, el uso de la mascarilla no es en absoluto arbitrario. Por un lado, se obliga a las familias a adquirirlas, que realizarán un esfuerzo económico extra para dar salida a toda esa sobreproducción de este objeto. Por otro, la mascarilla empieza a formar parte del atuendo propio de la “nueva normalidad”. Aquella en la que se despersonaliza al amigo, al vecino, al familiar y se le contempla como un potencial enemigo. Aquella en que se justifica el distanciamiento entre personas, que cada vez tendrán más reparos en hacer causa común, verdadera preocupación de los Estados en una situación de caos en ascenso.

Lo peor está por venir, y aun así los últimos años se han caracterizado por un conflicto social creciente. En Hong Kong las protestas fueron multitudinarias, así como en Francia con los chalecos amarillos, que pusieron en aprietos el mantenimiento del orden en el país, con manifestaciones semanales masivas. Lo mismo ocurrió en otros países como Chile o Ecuador, con enfrentamientos entre la población civil y el ejército.

Así, las mascarillas, que como medida sanitaria no sirven, sí lo hacen como medida política, distinguiendo a los más obedientes de los más distantes con la autoridad. Por tanto, se le llama mascarilla por no llamársele bozal.

El papel que juegan en la pandemia personalidades como Bill Gates es también intrigante. Más cuando su fundación, Bill & Melinda Gates participó en un evento en octubre del año pasado, el Evento 201, organizado por el Foro de Davos en Nueva York, en el que se realizaba un simulacro de una pandemia por coronavirus. Todo esto ocurrió dos meses antes del inicio de la epidemia en China. En este evento participaron también organismos como el Instituto John Hopkins o la empresa farmacéutica Johnson & Johnson, así como altos cargos estatales de diferentes países. De los nombrados, el primero es uno de los más pujantes a la hora de ofrecer datos sobre la pandemia, y la segunda ya se ha lanzado a la carrera hacia el desarrollo de la vacuna.

Este personaje, que no sé se sabe muy bien por qué su opinión es tan importante en todo el asunto de la pandemia, ya ha manifestado en más de una ocasión aquel mantra de “somos demasiados en el planeta”, así como su intención de reducir drásticamente la población mundial.

Su recomendación es la de cuarentena y vacunación obligatoria, así como la del implante de un microchip para identificar a todos aquellos que hayan recibido la vacuna. Esto último parece más complicado de lograr, pero acerca de la vacunación ya hay voces que aseguran que será obligatoria, al menos para un sector de la población. Es más que lícito cuestionar este asunto, como muchos vienen haciendo, ya que se pretende sintetizar una vacuna en tiempo récord, con todos los riesgos que implica el no probarla en los plazos habituales para descartar su nocividad. La ideología de reducción poblacional que enarbola tampoco le convierte en sujeto de confianza, por cierto.

Además, forma parte de la libertad de las personas el inyectarse o no una sustancia que desconocen por completo, y forzar la decisión de las mismas sin una exposición pública y transparente del tema con la organización de un debate público en que no se censure opinión alguna es un acto propio de un régimen dictatorial. Es más, si una vacuna confiere inmunidad al individuo que la recibe, ¿qué daño hace a los demás quien no quiere tomarla si en ese caso sería él el perjudicado?

Aún con todo, este individuo, que elogia sin tapujos al régimen chino, una dictadura explícita en la que la libertad está proscrita, ha recibido cuantiosas donaciones por parte de varios países, entre ellos el español. El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, se felicitaba en redes sociales del aporte millonario que realizó a la Fundación Bill & Melinda Gates, concretamente 125 millones de euros.

En cualquier caso, aunque Bill Gates interpreta un papel importante dentro de todo esto, no hay que sobredimensionar el poder real que tiene. La última palabra la tienen los Estados a los que aconseja y asesora, quienes poseen un cuerpo de legisladores, de jueces, una policía, un ejército, unos servicios de inteligencia, un sistema tributario y un aparato propagandístico/mediático a partir de los que imponen su voluntad a las sociedades bajo su mando.

Es curioso que a gente como Bill Gates se les agrupe bajo el calificativo de “filántropos”, cuando públicamente afirman que su amor a la humanidad depende de que esta se reduzca en número.

Todo empezó en China

Si todo esto comenzó en China, conviene echar un vistazo a la situación de este país. En él gobierna desde hace años el Partido Comunista Chino, imponiendo un régimen de dictadura. Las condiciones laborales allí son bastante más exigentes que las que viven los trabajadores en Europa, y el control que se ejerce sobre la sociedad es total.

Es tal que en 1979 se impuso la política de hijo único, bajo la que se prohibía a las madres tener más de un hijo. Con esto, se logró ahorrar enormemente en los gastos que supone la crianza, sanidad y educación de los niños, para centrarse casi exclusivamente en la producción. Esta es una de las medidas que le han permitido al país escalar en pocos años al estatus de gran potencia mundial.

La cuestión es que es ahora cuando los problemas demográficos salen a flote, y aparece una sociedad con muchos ancianos y pocos jóvenes, en unas circunstancias en que el Estado chino no puede asegurar los servicios prometidos a los primeros. Esto, en realidad, es muy similar a lo que ocurre en Europa.

Hay que fijar también la atención en el enorme control social que este gobierno ejerce sobre sus ciudadanos. Allí tiene lugar lo que llaman “programa de crédito social”, que consiste en una clasificación de los ciudadanos en función de su comportamiento. Por ejemplo, si un individuo se informa a partir de determinados medios afectos al régimen, obtiene puntos, en cambio, si muestra conductas que disgustan al Partido Comunista Chino, los pierde. Esta puntuación repercute posteriormente en su aceptación social, e incluso en el acceso a determinados servicios públicos.

De igual manera, las calles chinas están revestidas de cámaras de seguridad con la capacidad del reconocimiento facial, o la medición de la temperatura corporal, entre otras. La presencia policial es igualmente grande, y la tecnología que emplean cumple el mismo objetivo de control social.

La estrategia china ha sido seguida por casi la totalidad del resto de países. El confinamiento y distanciamiento social son justificados por una pandemia, en un momento en que la sociedad china amenaza con sublevarse. El régimen laboral abusivo que tiene lugar en las empresas, sumado a las desapariciones y asesinatos que la policía china lleva a cabo con los disidentes, así como la naturaleza liberticida del gobierno chino está propiciando un clima que preocupa enormemente a las élites del país.

Sin ir más lejos, recientemente se congregaron miles de personas en la plaza de Tiananmen, manifestando que la matanza que el ejército chino llevó a cabo contra la población civil un 4 de junio de 1989 sigue presente en su memoria.

Por tanto, es imperativo para el país tomar medidas urgentes debido a la incertidumbre que le supone el porvenir. El coste económico que ha precisado y precisa encorsetar a la sociedad china, tanto en las calles como en las fábricas, es inmenso, así como el de mantener la maquinaria estatal en todas sus formas. La cuestión demográfica, por su parte, no es en absoluto trivial. Como he mencionado, una población envejecida, que ha de hacerse cargo de sus muchos ancianos con muy pocos jóvenes es estructuralmente insostenible. La tasa de fertilidad no ha conseguido repuntar tras la derogación en el 2015 de la política de hijo único, de hecho, a día de hoy ronda los 1,7 hijos por mujer, mucho menor de la que se daba durante la restricción de 1979, siendo en 1985 de 2,6.

Este problema lo sufren igualmente el resto de países, que planearán sobre el África subsahariana, único lugar donde la natalidad permanece alta, como aves de rapiña en busca de mano de obra inmigrante. Los conflictos bélicos que resulten de ello no se harán esperar[8].

Como digo, la estrategia tomada por el gobierno chino ha gustado mucho a nivel global.

La política del Estado español

Para el caso del Estado español, la cuestión demográfica es más grave si cabe, estando según cifras oficiales en alrededor de 1,3 hijos por mujer, aunque la oscuridad creciente en torno a esta cuestión es signo de que la cifra podría ser, en realidad, más alta que la declarada. Ya se viene advirtiendo desde hace tiempo que el pago de pensiones será insostenible en breve y estos años pasados ha ido poniéndose en práctica una política de recortes que ha generado en las calles un malestar creciente.

Por eso, la emergencia por la pandemia ha supuesto una bendición caída del cielo para las élites españoles, quienes han conocido en el virus el pretexto perfecto para medidas tan irracionales como el cierre de los centros de salud, la atención presencial y la suspensión de las cirugías de rutina. Tan solo estas decisiones, sumadas al pánico y angustia que crea la situación, además del trato inhumano proporcionado en las residencias de ancianos, ha sido suficiente para lograr una mortalidad insólita para los miembros de la llamada “tercera edad”.

Los datos no justifican de ninguna manera el tratamiento que se le ha dado a la pandemia, por tanto, la explicación debe buscarse en otro sitio.

Así, ya se jactan en los medios del ahorro en pensiones que ha supuesto para las arcas de la Seguridad Social el mes de marzo, de unos 9.600 millones de euros, aunque no mencionan todos los impuestos recaudados derivados del coste que supone el traspaso de propiedades de difuntos a familiares.

Además, se culpa así a la pandemia de una crisis económica que se sabía inminente, y se propicia una reestructuración en el tejido productivo a voluntad del Estado español y la Unión Europea. El daño que va a causar esta hecatombe económica, que ha inflado las cifras de parados y ha provocado el cierre de un buen número de pequeños negocios, condenando a muchas familias a la ruina, será patente en poco tiempo. Por el momento, las asociaciones caritativas ya experimentan una inusual afluencia.

Aquellos que hayan sido despedidos o hayan tenido que cerrar su negocio se convertirán en mano de obra a disposición de los intereses productivos del poder, que ahora pretende acallarlos y calmar posibles protestas a través del Ingreso Mínimo Vital. El paro, la miseria, la incertidumbre y la mano de obra migrante serán los ingredientes que la gran empresa capitalista y el Estado, ambos en alianza cooperativa por el poder, necesitan para amoldar la producción del país a sus gustos y requisitos.

Para esto China es el modelo, y las condiciones laborales se irán poco a poco asemejando a las de este país. Algo que ya viene sucediendo desde hace años, por cierto.

Actualmente, la dependencia del individuo medio por el Estado es más alta que jamás en la historia de la humanidad. En él ha delegado todas aquellas labores de las que antes se encargaba la comunidad y el propio individuo[9]. Hoy lo único que queda de comunidad es una familia nuclear en claro declive, y la persona se ha abandonado a sí misma incluso en las funciones más básicas, como lo son el pensar o el relacionarse fraternalmente con los iguales.

No hablemos ya de la maternidad y crianza, la salud en general, el apoyarse mutuamente en la adversidad, la educación de los menores o la creación de un pensamiento y cultura propios. Todas esas labores, como digo, anteriormente eran realizadas por la comunidad y el individuo. Este último es hoy en día especialmente incapaz, desde pequeño adoctrinado para no cuestionar las “maravillas” de la sociedad en que le ha tocado vivir, y sometido a especialización profesional para ser una pieza más de la cadena productiva.

No hace mucho que la gente, aun profesionalizándose parcialmente para un oficio dado, estaba preparada para la vida en su totalidad. Era capaz de autoabastecerse de alimento y ropa, de construir y reparar un hogar, de tratar con serenidad y sabiduría acumulada las cuestiones de la salud y, lo más importante, de portar una sensibilidad y talante apropiados para la vida en comunidad, para la convivencia y el amor hacia los iguales, en un ambiente de unidad hoy inimaginable.

Las circunstancias actuales, que son el culmen de la estrategia histórica estatal para disgregar las comunidades y tener un acceso directo y dominante sobre el individuo, propician un ser humano que no le queda más remedio que ofrecerse como mano de obra servil ante el patrón y ante el Estado. El culpable principal es ese organismo de poder centralizado y jerárquico que ha convertido a la democracia en una palabra hueca, el ente estatal, pero también quienes escogieron y escogen la comodidad y la seguridad frente al amor y a la libertad.

Esta ventaja es a la vez un peligro para el poder, que cuenta con una mano de obra cada vez más frágil emocional y físicamente, a la que tendrá que sanar, dirigir y mantener dentro del redil. Los costes económicos derivados del control poblacional, tanto en los puestos de trabajo como en las calles serán inmensos.

La vigilancia de la que hablo, por cierto, ya está aquí. Ejemplo de ello es el municipio de Alcoy, que bajo el amable título “estrategia Smart city”, instalará a lo largo de la ciudad 160 cámaras de seguridad, así como sistemas de control de la temperatura corporal, de recuento de personas o de lectura de matrículas.

 Debate, respeto y libertad de expresión

La victoria en la batalla por convertirse en fuente principal de información es sinónimo de poder, en especial cuando el receptor de la misma no conoce la reflexión o la creación de una conciencia propia. La realidad es la que es, y la tarea de discernir entre lo cierto, lo equivocado y lo manipulado es personal de cada uno, y no debería entregarse a ningún medio informativo, ya sea oficial o alternativo.

La escolarización obligatoria en base a los criterios del Ministerio de Educación, y el constante parloteo de radios y televisiones, así como la propaganda que viste multitud de espacios públicos (y privados) comprometen seriamente la libertad de pensamiento del individuo. A esto se suman una serie de normas que este ha de acatar, aceptando indirectamente el discurso que el poder impone.

Por esto hoy el esfuerzo del individuo, si lo que quiere es ser dueño de su propia conciencia, debe ser colosal.

Por supuesto, debe lucharse por la libertad de expresión, cuya integridad pretenden corromper quienes la combaten con el pretexto de las “fake news” o los “delitos de odio”[10]. Muchas veces desde el argumento sin base fáctica, como espero haber demostrado.

Es hoy cardinal aprender a participar en un debate, puliendo la oratoria y respetando el turno de palabra del resto, favoreciendo una explicación sosegada del tema, pues solo así pueden tratarse en su complejidad y se pueden alcanzar conclusiones que supongan un crecimiento intelectual y de conciencia. Conseguirlo marcará la diferencia en los tiempos de incertidumbre que vienen, pues supondrá que en el futuro se tomen buenas decisiones.

Con los iguales debe guardarse un ambiente fraternal y de respeto, como fin en sí mismo, pero también porque los tiempos que vienen pondrán de relevancia lo fundamental de la cooperación, la ayuda mutua y el calor humano.

La censura comienza ya a hacerse patente, e irá a más a través de la excusa de las buenas intenciones, que solo lo serán en apariencia. Hay que defender la libertad de expresión para todo el mundo, incluso en opiniones opuestas a las nuestras, y atacarlas con argumentos si es que se trata de eso, de palabras. Lo contrario es condicionar y cohibir a otros en algo tan personal e íntimo como lo es el hecho de pensar.

Para el caso que nos ocupa, la pandemia global, el discurso ha sido único y no ha admitido discusión, justificando una legislación altamente liberticida. Ni siquiera ha hecho falta manipular demasiado los datos para confinar a la gente en sus hogares y obligarles a vestir una mascarilla de escasa utilidad. Sencillamente se ha acatado lo dictado por el poder, sin rechistar ni corroborar lo recibido.

Así las cosas, no queda otra que organizarse, potenciar los vínculos entre iguales y fortalecernos y mejorar como personas en todos los sentidos: emocional, axiológico, físico, intelectual, convivencial… Hacerlo forma parte de la transformación integral a realizar, nos permitirá prosperar en un momento de incipiente colapso civilizacional, y avanzar hacia una sociedad nueva, libre de la tiranía estatal y de las lacras del momento presente.

P.D.: Si se quiere hacer un seguimiento del asunto del COVID-19 recomiendo el siguiente recurso: https://swprs.org/a-swiss-doctor-on-covid-19/, donde un grupo de investigadores aportan datos actualizados sobre el virus; o el blog “Las interferencias”, cuyo análisis de la pandemia ha sido casi diario.


[1] Con esto no quiero decir que no exista el virus. De hecho, he recibido testimonios de patologías inusuales, así como de gripes comunes, resfriados pasajeros o ausencia de síntomas tras contacto estrecho con un enfermo. Sin embargo, no se puede obviar el papel de la sugestión, el estrés o el pánico en todo esto, y tiene que ser considerado.

[2] Traducción propia del original en inglés, que puede encontrarse con el título “CDC 2019-Novel Coronavirus (2019-nCoV) Real-Time RT-PCR Diagnostic Panel”.

[3] La cuestión de los asintomáticos es un escándalo sin evidencia científica. La Comisión de Salud Nacional China afirman que es un 80% el porcentaje de asintomáticos por el virus, cifra que haría replantearse sus teorías a cualquier científico serio. Si la gran mayoría de los infectados por el virus no desarrolla la enfermedad, ¿cómo aseguras con esa contundencia que es el virus el causante de la misma? Tampoco ha sido demostrado que alguien que no desarrolle síntomas pueda transmitir la enfermedad, y aun así es algo que se ha convertido en axioma mediático.

[4] El documento completo se puede encontrar en la página de la mencionada entidad (semfyc.es) bajo el título “Comunicado: Posicionamiento en relación al cierre de los Centros de Salud”.

[5] De hecho, hay expertos que llegan a relacionar el estrés con hasta el 90% de las “enfermedades y malestares”. Quienes han sido estudiantes han podido comprobar cómo temporadas prolongadas de estudio estresante debilitan su organismo, lo que suele manifestarse al finalizar la etapa de exámenes. Hasta existe una expresión para las enfermedades de quienes conviven con el estrés laboral: “gripe de Yuppie”.

[6] Aun con todo, la violencia doméstica ha disminuido en los meses de confinamiento, según se reconoce desde el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del CGPJ. Esto no ha supuesto lastre alguno para que 59 países firmasen una Declaración conjunta, de título “Proteger la salud y los derechos sexuales y reproductivos y promover una respuesta que tenga en cuenta el género en la crisis del COVID-19”, donde rebajan a la mujer a una categoría inferior, necesitada de protección, que ellos mismos ofrecen aportarle. Esta política viene aplicándose desde hace años, y la pandemia, aparentemente sin relación alguna, les sirve para reforzarla. Donde dicen extinguir el patriarcado clásico no hacen sino remodelarlo, e impiden a las mujeres encontrarse con lo que son realmente, seres humanos de plenas capacidades, derechos y responsabilidades. Este tema, demasiado amplio para ser tratado aquí, se puede explorar con más detenimiento en libros como “Juntas contra el sexismo y la opresión” del Grupo de Reflexión y Apoyo Antisexista o “Feminicidio o autoconstrucción de la mujer” de María del Prado Esteban y Félix Rodrigo Mora.

[7] Las fecaloplastias o los estudios realizados por el doctor Joel Weinstock son un buen ejemplo de esto. Cada vez es más común escuchar la expresión “flora intestinal”, y su relación con la salud general del organismo, lo que no es otra cosa que infinidad de bacterias, virus y parásitos que viven en este rincón del sistema digestivo. Potenciarlos y no perjudicarlos es cardinal para una mejor salud, no solo física sino también mental, las evidencias son cada vez más numerosas.

[8] La gravedad de la crisis demográfica es enorme, y es analizada con datos en el libro “Erótica creadora de vida. Propuestas ante la crisis demográfica” de Félix Rodrigo Mora. En él se hace un repaso histórico y actual, así como una predicción para el futuro, de la cuestión de las fluctuaciones poblacionales, así como de sus consecuencias políticas, económicas y sociales.

[9] No solo ha delegado en él lo que cito en este apartado, sino también le ha entregado por completo la soberanía política. Por eso este no es un problema de izquierdas o de derechas, porque no es en el parlamento donde reside el poder estatal. El significado de la palabra “democracia” se enrevesa y confunde con el de parlamentarismo, de manera activa a través de los altavoces institucionales. No es democracia desde el momento en que la Constitución no reconoce la obediencia del mandato imperativo por parte de los responsables políticos. Si el Estado pudiera cambiar de rumbo con una renovación gubernamental cada 4 años, perdería toda estabilidad y firmeza. Por contra, son los altos cargos militares, policiales, judiciales, ministeriales, fiscales, etc. los que dirigen y gestionan la estrategia del mismo. No en vano, las políticas implementadas por gobiernos de derechas y de izquierdas son poco distinguibles en los hechos, y continuistas unas con las otras. Para comprender mejor el desempeño histórico del Estado español, imperturbable en lo fundamental a los cambios de gobernantes, siempre concentrado en el acopio de poder (esta es la naturaleza de todos los estados), recomiendo el libro “El común catalán. La historia de los que no salen en la historia” de David Algarra Bascón.

[10] Un muy buen artículo al respecto es “Incorrección política ante el estado de alarma” de Concha Sánchez Giráldez.

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