El tiempo de una noche, la crisis que no arrecia.

Por: Abrigaño, grupo de estudios castellanos

[Nota: Pendiente de reevaluación, debido a la crisis del COVID-19, ponemos en circulación la que aspiraba a ser la primera parte del Documento Territorio de Abrigaño, Grupo de Estudios Castellanos. Esta crisis, al ser entendida como un acontecimiento, presenta unos efectos que exceden las causas, dejándolo en alguna medida desfasado. Sin embargo, para hacer énfasis en el continuo estado de proceso de la realidad, permitiendo disponer de un punto de arranque, lo sometemos a abierto debate.]

Son muchas las voces aquí
contenidas. Se ha omitido
su procedencia para dar
mayor protagonismo a la
propuesta. Esto no quita
consciencia sobre el saber
como una obra colectiva.
Gracias a todas ellas.
OMNIA SUNT COMMUNIA

EL TIEMPO DE UNA NOCHE

la crisis que no arrecia

El crash del 2008 vino para quedarse. Una crisis que lejos de haber sido superada sirve de apoyo sobre el que se aúpan las condiciones de la siguiente, que, como esta, no se ceñirá a lo meramente económico, desbordará en lo político y lo social: en una sociedad basada en la producción de mercancías son todos los aspectos de la vida los que quedan sometidos a este fin, por lo que cualquier inconveniente en su cumplimiento tiene amplias consecuencias que confluyen y se refuerzan. Las costumbres, el pensamiento, los afectos… no se pueden sustraer, por lo tanto, de un mismo proceso que mantiene como único principio la reproducción del capital.

El hecho cierto, sobre el que se asienta esta realidad de crisis permanente, es la seria incapacidad del capitalismo para generar un nuevo ciclo de crecimiento que represente una expansión económica. Este ha sido su promesa rota durante los últimos cincuenta años y nada parece indicar que lo vaya a poder corregir. Más bien todo lo contrario cuando, en una desesperada búsqueda de espacios por conquistar, se ha tenido que resignar con hipertrofiar el campo financiero. Esta jugada no deja de ser una huida hacia delante de un sistema que cuando no tiene bases reales con las que imponerse lo hace con ficticias: aquí se encuentra el origen de su propensión a crisis cada vez más reiterativas, solapadas y profundas.

A partir de este peso específico añadido, las finanzas han dado lugar a un nuevo tipo de “crimen económico” cuyo mecanismo consiste en la apuesta en el mercado de futuros. Así, muchos bienes, bajo la forma mercancía, quedan sometidos a los antojos y pretensiones de un dinero que solo se sostiene en las expectativas de ganancia que se barajan en los templos bursátiles y bancarios. El resultado de este totalitarismo, como se le ha llamado, porque también él necesita de la comunión del conocimiento tecno-científico, el poder del Estado y el Capital, son dramáticos. Ya antes de la caída de Lehman Brothers, entre el 2005 y el 2008, el precio de los alimentos aumentó a nivel mundial un 80%. Para comprender bien este dato, hay que apuntar que 2000 millones de personas tienen que dedicar la mitad de sus ingresos a comida, y que 1000 millones se vieron afectados por la hambruna en 2008.

Cuando las hipotecas subprime dan el pistoletazo de salida en el casino financiero a esta última gran recesión, los balances llenos de productos basura, que ya no valen nada, asoman como un reguero de pólvora llegando a Europa. La explosión de la burbuja inmobiliaria en el Estado español, en consecuencia, lejos de ser un efecto meteorológico local, hay que enmarcarla dentro de un ciclo de acumulación que no da más de sí. Como si se tratara del derrumbe de un castillo de naipes levantado con activos tóxicos, paquetes de deuda de alto riesgo, al comenzar a fallar su solvencia se desvanece la ilusión que mantenía vigente el common sense del progreso indefinido: la riqueza que se creía a disposición de todos revelaba una gran fractura social que se había desarrollado por la espalda.

La especificidad del Estado español dentro de este contexto viene determinada por la división internacional del trabajo y su carácter fuertemente patrimonialista. Es decir, su singularidad está marcada, de un lado, por una debilidad industrial siempre dependiente de las tecnologías y la inversión extranjera que le ha empujado a especializarse en la explotación del área de la construcción; y, por el otro, la sujeción de la clase trabajadora a la propiedad inmobiliaria, que se convierte en depósito de ahorro, como elemento de control social. En el discurso pronunciado por el ministro de Vivienda en las Cortes en 1957, Jose Luis Arrese, se confiesan las verdaderas intenciones de unas políticas de promoción adquisitiva en una coyuntura de grandes movimientos migratorios internos: “Queremos un país de propietarios, no de proletarios”. Es significativo señalar como en un Madrid ciudad este régimen de tenencia está a mediados del siglo pasado, 1950, en un 5%. A nivel estatal, alcanzados definitivamente todos los logros del periodo franquista, los porcentajes se mueven de un 73,1% en 1981 al 87% en 2007, los más altos de toda Europa.

Este será el sustrato sobre el que enraíza la reciente ciclogénesis económica. En la misma medida que se extiende la propiedad inmobiliaria lo hace la posibilidad de endeudarse. Una labor de ingeniería financiera basada en facilitar al máximo la accesibilidad al crédito: entre 1997 y 2007 el precio de la vivienda se multiplicó por 2,9 (a pesar de las nuevas, siete millones), con lo que el valor nominal de las riquezas familiares aumentaba y con ello la contratación de hipotecas para hijos o cambios y segundas residencias. Incluso, para que nadie resultase ajeno a esta efervescencia, se llegarán a rebajar las condiciones del préstamo hasta convertirlos en ensayos de pura irresponsabilidad: las rentas más bajas encontrarán hipotecas por más del 50% de su salario.

Esta escalada en un delirante modus vivendi no se detendrá en un solo sector, recalará en el consumo privado más indiscriminado en medio de una pronunciada etapa de reducción salarial. Así es posible explicar la inquietante contradicción que existe en este mismo arco de tiempo que va de 1997 al 2007, donde el salario medio decrece un 10% en términos reales y, sin embargo, el consumo de los hogares se dispara un 91% (nada que ver, por ejemplo, con Alemania, donde este incremento fue de un 12%). De alguna manera, estas cifras también nos hablan de unos cambios en las formas de dominación social que ya no responden a los viejos esquemas disciplinarios. Otros contornos se van superponiendo, haciendo la realidad más compleja, el encierro un módulo digital.

Pero los sacrificios de esta celebración no esperaron al gran desplome, las primeras víctimas en el altar de la especulación se cobraron antes. Los sectores más castigados, que engloban a jóvenes con escasos recursos e inmigrantes en situaciones muy inestables, tendrán que renunciar a cualquier anhelo de emancipación o someterse al hacinamiento y el subarrendamiento. El consenso social logrado por medio de la revalorización de los patrimonios inmobiliarios, eleva unos precios imposibles de alcanzar para tramos que se consideran irrelevantes. Este 10-20% de la población anunciaba entonces lo que más tarde desentrañará toda esta aparente “democratización” de la riqueza: una estrategia de clase.

Para quienes su estatus les permite instalarse en el valor de cambio de estos bienes, el ciclo supuso una espiral de compras y ventas. Su participación en la fase de acumulación fue desde la inversión y, a grandes rasgos, son los ganadores de la partida. Han sido ese 10% de los más ricos que ha visto multiplicar sus grandes masas patrimoniales –solo en tres años, del 2002 al 2005, cerca de un 50%–. Representan, junto con las clases medias rentistas, los principales beneficiarios de un modelo de desarrollo que prima el lucro frente a la planificación y que quedó atado y bien atado tras los cuarenta años de dictadura, la cual dejó como principal herencia en el gremio la cultura del “pelotazo”. En ella se fragua un contubernio inmobiliario-político-financiero donde llega a abrirse hueco el conseguidor, aquel que hace posible que estas operaciones se logren a base de golpes de mano. Esa magia que permite añadir varios ceros al valor de un suelo, la recalificación de terrenos, hunde aquí sus raíces, en estos intereses de clase, y es el comienzo que hace posible un rosario de mordidas. Burgos cuenta con el triste privilegio de haber sido testigo del primer juicio por corrupción política directamente vinculado con la industria del ladrillo. El “caso de la construcción”, como se le llamó allá por el año 1991 en el mismo sumario, demuestra que este es un problema de larga trayectoria y que no se ciñe exclusivamente a la salvaje edificación a primera línea de costa o las grandes metrópolis.

Para el resto, la gran mayoría, que accedió a unos valores de uso buscando cobijo en el sarao financiero, su participación fue desde el lado de la deuda. Y esta deuda se ha mostrado tras la sacudida como un amplificador de las diferencias sociales1 y un dispositivo de control.

Un acercamiento por abajo a esta mayor polarización social lo que evidencia es a las clases más humildes con un grado superior de abatimiento y una proletarización forzada de amplios estratos de las clases medias. La distancia desde el fondo se estima por ese 20% de ingresos que pierden los más desfavorecidos entre 2007 y 20132, así como los menos de 800 euros mensuales con los que sobrevive el 40% de la población en el 2016. El ascensor social con el que fundó el capitalismo un imaginario lleno de expectativas, dejando atrás las rígidas compartimentaciones del feudalismo, se convirtió en un tobogán que lanza a lo más profundo del saco a un montón de perdedores a los que trata como al payaso que recibe todas las bofetadas. A este personaje el reparto le ha reservado papeles tan perversos como el del trabajador pobre, situación conocida antes solo en casos de exclusión; o guiones propios del género de terror como el de la ultratemporalidad, con 1/4 de los contratos temporales durante el 2016 de menos de una semana.

Se ha llegado a este lamentable escenario tras un rodaje del que se ha caído el viejo sujeto revolucionario sobre el que se habían depositado las grandes esperanzas de la modernidad, el obrero fabril, y, con él, los resortes que llegó a asegurarse para garantizar su supervivencia. Toda capacidad de negociación ha sido rota unilateralmente por una patronal que puede desquitarse cuando le venga en gana. En este orden, la posibilidad de descolgarse de los convenios colectivos, tal y como se firmó en la Reforma Laboral del 2012, permite al empresariado servirse a su gusto en la barra libre del mercado laboral. Los elementos integradores del trabajo fordista están siendo desmontados uno a uno, exhibiendo desnudamente el carácter mercantil de la fuerza de trabajo: como mero componente de los procesos económicos, capital variable. Con el retroceso experimentado en los campos donde esta se desarrolla (jurídico, institucional, salarial…) recuerda cada vez más a ese proletariado aterradoramente explotado del s. XIX a través del cual Marx abre las categorías constitutivas del capitalismo.

Echando las cuentas de este baile de números, sacamos en limpio una excesiva exposición de las economías domésticas que se han precipitado en el consumo 3 sin atender a los sueldos menguantes que las debilitan. Pero este movimiento se complementa con otro, la progresiva retirada del Estado del gasto público, conformando ambos un mismo momento: la transferencia del riesgo a la sociedad, especialmente a sus partes más indefensas. Tanto el mercado como la Administración van soltando lastre para que alrededor del eje Capital-Trabajo ascienda una estructura de doble hélice como serpiente de los tormentos. Este “instante”, que se enrosca en el actual presente, está integrado en una larga secuencia histórica que ha llegado a denominarse de acumulación por desposesión.

A partir del s.XVI se despliega por Europa una contienda contra los medios de subsistencia de las gentes del común. El cercamiento de las tierras comunales permitía crear las condiciones necesarias para que la lógica de valorización capitalista echase a rodar: se consolidan las separaciones productor-medios de producción y trabajo productivo-actividades reproductivas. Toda la autonomíade las masas campesinas con respecto a los otros estamentos se va disolviendo mientras se expulsa como desecho mano de obra barata que disciplinar. De la misma manera, de vuelta en el s.XXI, la sustracción de los ahorros que sirvieron para amortiguar la reciente caída financiera representa otro cercamiento, otra alambrada con la que acaparar multitud de pequeñas islas de capital circundante; al igual que lo está siendo, y será, el desmantelamiento de todas las garantías sociales, que siguen bajo llave del Estado, para mantener la línea de flotación de una economía a la deriva. En el punto de mira de la próxima batida, a la que ya se está poniendo fecha de salida, se ha colocado la sanidad, la educación, las pensiones, las ayudas sociales… El origen de los interminables recortes en la cobertura pública, y de unas medidas keynesianas que recogieron velas a finales de los años ‘60, hay que buscarle en la subordinación de cualquier presupuesto a las exigencias del mercado.

En un plano sociológico, el paso siguiente a unas carteras ministeriales cargadas de reajustes es una pérdida de credibilidad de la fiscalidad que ya no alberga una concepción redistributiva (como ocurrió en los países donde el Estado del Bienestar tuvo un mayor recorrido), ni tan siquiera de contrapartida (en los que este fue menor), para ser interpretado el impuesto únicamente en clave coercitiva y acabar redundando su pago en la queja. Esta situación, en su generalidad, más que promover postulados que reintroducen la atención social dentro de la instancia cívica, saca a la luz un sentimiento de abandono que se acomoda en el resentimiento. Un individualismo des-protegido donde pivota la insolidaridad y la discriminación que da alas a los discursos de la extrema derecha. Y mientras tanto, hasta que este alce el vuelo, el miedo a la intemperie pone en funcionamiento un mecanismo por el que la paulatina deserción de las clases más solventes del sistema público, debido a su evidente deterioro, provoca recíprocamente el repliegue de la Institución de sus quehaceres sociales, que han de ser entendidos como el premio de consolación de los pobres. Un círculo vicioso donde poder retener a arcos sociales que incrementan sin cesar está dibujándose: unos servicios públicos para pobres son unos pobres servicios públicos.

Se continúa ahondando, por consiguiente, en una brecha social que no para de cebarse con las franjas a las que clásicamente ha golpeado más duro, pero que está desbordada por unos márgenes que claudicaron en su intento de contener la realidad. Sobre la mujer sigue pesando la carga de un género adaptado a los requerimientos del mercado, el mismo que la mandó a casa bajo la sombra del salario del hombre y que hoy la condena a una “doble socialización”. A unos índices de precariedad laboral abrumadores, más de un 70% de los contratos parciales son para ellas (con el impacto que esto tiene en prestaciones, pensiones…), hay que sumar la continua ausencia de un diálogo social que socave las bases patriarcales del capitalismo. Los roles adjudicados tras la Segunda Guerra Mundial, marido-sustentador/esposa-ama de casa, se vieron trastocados en los ‘70 incorporando una cantidad ingente de fuerza de trabajo inmovilizada en el hogar, sin que ello conllevase una corresponsabilidad en las tareas reproductivas. Desde entonces, los cuidados quedan restringidos al ámbito de lo femenino, y la tímida tendencia de mayor implicación de los varones en las labores domésticas (sube unos puntos porcentuales el número de participantes masculinos y el tiempo empleado), no lo impugna.

El inmigrante, en esta rápida descripción de paisajes sociales abatidos, permanece asignado a la representación del chivo expiatorio. Incluso siendo el perjudicado por excelencia de los arrebatos económicos, es presa fácil de la sospecha que se cierne sobre él con su versión de los hechos: son muchas las reediciones de Los protocolos de los sabios de Sion. Los periodos de bonanza le dotan de la cualidad de la invisibilidad, pocos recuerdan que él también es sujeto de derecho, y, cuando las tornas cambian, concentra todas las miradas como objeto de criminalización. Aún acechan los bárbaros a las puertas del Imperio, también para parte de una izquierda de orden que, en su empeño por hacer política de Estado, contribuye en el refuerzo de prejuicios y estereotipos. Tras la supuesta amenaza de los last commers, se esconden situaciones nada envidiables, como la sobresaturación de sus viviendas en el próspero 2005, donde conviven de media casi dos unidades familiares en cada una; o su manteo como peleles con las cinco reformas de la Ley de Extranjería4.

De forma semejante, la condición de ser joven hoy es un duro handicap para el que no basta con estar sobradamente preparado. Esta fase vital, que pendula entre unas expectativas sociales depositadas en ella y la ilusión de un futuro sobre el que proyectarse, se ha detenido en la frustración de un mundo que se le escapa entre las manos. La herencia anticipada a estas generaciones de ninis, millennials… es el capital de sus padres (en sus diferentes contenidos) que se tienen que gastar para no sucumbir a un constante acoso y derribo. Saben, o intuyen, que son los pobres de mañana. Su refugio digital casi parece comprensible en un entorno cuya oferta estrella es un malestar permanente del que no pueden desprenderse. La opción de estudiar se va vetando a más capas sociales5, mientras que pretender un puesto de trabajo supone renunciar a las conquistas que en su día permitían planificar a medio y largo plazo. Y dando las gracias, porque las tasas de paro para el rango de edad que va de los 20 a los 29 años en los momentos álgidos del temporal llegaron al 55%.

Son de estas intersecciones con el eje de clase de donde se han arrojado “históricamente” los grupos sociales más vulnerables. Pero, en esta ocasión, la transmisión de los efectos adversos del envés recibido llegaron a una clase media ensimismada con la imagen de su propia creación. Porque, aunque los más perjudicados con la embestida han sido principalmente los que ya lo estaban antes, hay que admitir que esa categoría tan difícil de determinar, que es esencialmente aspiracional6,se ha visto alterada hasta en la misma manera de autopercibirse. Si previamente másdel 90% de la población “activa” se identifica como tal (14% media-baja, 60% media-media y 20% media-alta), el después conllevará una quiebra en dos del complejo abanico social que objetivamente puede como tal reconocerse (el 80% medio y alto), restando respaldo a las antiguas fronteras del imaginario.

La materialidad de los hechos ha descubierto a una clase media “real”, que dispone de un capital social, cultural y económico que rentabilizar; y a otra clase media postiza que, emulando las destrezas de la otra mitad, ha alumbrado un espejismo imposible de prolongar. Esto conlleva a que su atributo fundamental, desde aquel primer esbozo que se trazó a inicios del s. XX para amarrar al proletariado a la cadena de montaje –el obrero fordista con un sueldo superior a la media y un estilo de vida puritano– hasta las sociedades de los dos tercios7 lubricadas por su composición en clases medias, el compromiso con el statu quo dominante, quede en entredicho.

A la espera de que otra New Deal llueva del cielo para socorrerla, en ese cuerpo social en descomposición está anidando la figura del precariado, claro síntoma de decadencia. Los tres rasgos más pronunciados de su semblante: absoluta inestabilidad laboral, ausencia de identidad profesional y falta de solidaridad interna, han dejado de ser distintivo exclusivo de algún estigma social. Este tipo de sujeto en producción, despreciado por una historia que le ofrece peores condiciones que a sus generaciones precedentes, sobrevive descreído del futuro. Las expectativas que de este adivina son amenazadoras, desvaneciéndose el conjuro del esfuerzo contra el maleficio del lugar de nacimiento. El velo de la meritocracia se ha desgarrado dejando entrever una crudeza desconcertante: existe una relación bidireccional entre crisis y desigualdad –las crisis causan desigualdades y, estas, las hacen más costosas de superar y colaboran en el surgimiento de las siguientes–. La deportación de tres millones y medio de personas de las rentas medias a las inferiores hay que incluirlo en esta implacable tendencia desestabilizadora de los equilibrios que han sostenido a las sociedades occidentales.

En este interregno, el de un capitalismo cuyas cotas de nivel se están emborronando, el mapa de lealtades de los diferentes grupos y clases sociales se está renegociando, poniéndose sobre la mesa cuestiones centrales como en qué coordenadas se consolidarán los distintos bloques y las nuevas mayorías emergentes. Despejar esta incógnita pasa por percatarse de las corrientes subterráneas que circulan bajo la epidermis de los acontecimientos. Los torbellinos de estos humores podrán arrastrar renovadas esperanzas emancipadoras o sedimentos fatales de la noche de los tiempos.

>Abrigaño

Grupo

de Estudios

Castellanos

1.Desigualdad patrimonial del 2002 al 2014:

  • el 10% de los hogares más ricos incrementó su patrimonio un 53%;
  • el 40% de los hogares medios-altos incrementó su patrimonio un 7%;
  • el 25% de los hogares medios-bajos disminuyó su patrimonio un 16%;
  • el 25% de los hogares más pobres disminuyó su patrimonio un 108%

2-Entre 2007 y 2013, el 30% con menos rentas perdió un 20% de ingresos; el 40% de rentas medias perdió un 6-7%; y el 30% con más rentas subió.

3.La inercia y la falta de escrúpulos nos regalaron todavía en el 2009, por boca de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, declaraciones como la siguiente: “Tiene que seguir consumiendo, la economía no es solo dinero, es también un estado de ánimo” (Tengo una pregunta para usted, TVE, 26-1-2009).

4. Que incluye, en el 2012, vía Real Decreto Ley, la retirada de la tarjeta sanitaria a los irregulares; o, en el 2015, las devoluciones sumarias en la frontera.

5. La desproporcionada procedencia en el alumnado universitario de clases medias-altas, 43,4%, encuentra su explicación en el habitus, esquemas de comportamiento ligados a cada posición social: la subida de las matrículas y la reducción de becas son el acompañamiento.

6. No alude tanto a la mediana de ingresos como a unas formas de vida referenciales: en concreto las que pautan el 25% más boyante (12 millones de personas).

7.Esta “sociedad de los dos tercios” fue acuñada por Margaret Thatcher en los años ‘80, tras la larga pelea en la que consiguió doblegar a los sindicatos mineros, para legitimar a los 2/3 de ciudadanos del Reino Unido que estaban incluidos en el sistema a costa del otro tercio.

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