El Empecinado, un comunero del siglo XIX

Por Yesca Castilla

Juan Martín Diez, El Empecinado, nació el 2 de septiembre de 1775 en Castrillo de Duero, Valladolid.

Guerrero nato aunque sin la preparación adecuada en las enseñanzas tácticas y estratégicas, aquellos enfrentamientos en campo abierto en las llanuras castellanas como el combate en el puente de Cabezón de Pisuerga o la batalla de Medina de Rioseco, con una tremenda inferioridad de condiciones tanto humanas como de medios le llevaron a la conclusión de que no era el enfrentamiento tradicional de ejércitos el modo más idóneo de luchar para vencer. Entonces concibió la idea, acertada, de combatir en forma de guerrillas, táctica que ha sido seguida después por todos los ejércitos del mundo en algunas circunstancias de una guerra general.

Comenzó la lucha contra los franceses en la cuenca del Duero durante los primeros meses de 1809 y en la primavera del mismo año en las sierras abulenses y salmantinas. Posteriormente su marco de acción se desarrolló fundamentalmente en las provincias de Cuenca y Guadalajara.

Su modus operandi consistía al principio en el de la interceptación de correos y mensajes, algunos de enorme importancia político-militar que suponían graves repercusiones para las tropas francesas. El Empecinado sorprendía, copaba y destruía.

En 1808 fue apresado y encarcelado en El Burgo de Osma, de cuya prisión se fugó poco después. Al año siguiente, se le reconoció la fama y valía del guerrillero, y la Junta Central le nombró capitán de caballería.

A partir de entonces sus actividades se concentraron en las provincias de Cuenca y Guadalajara, siendo nombrado Brigadier de Caballería.

En 1811 mandó el regimiento de Húsares de Guadalajara y en ese mismo año fue nombrado general.

Dadas sus ideas liberales, al regreso de Fernando VII, que anuló la Constitución y restauró el absolutismo real, fue desterrado a Valladolid, pero al triunfar el pronunciamiento de Riego en 1820, El Empecinado volvió a tomar las armas, esta vez contra las fuerzas realistas, siendo nombrado durante el trienio liberal, gobernador de Zamora y, accidentalmente, Capitán General.

Durante esta época, con la extensión del liberalismo político y del pensamiento romántico los sectores liberales más radicales reivindican plenamente el Movimiento Comunero , del cual se consideran herederos directos en su lucha por la libertad y contra el absolutismo de Fernando VII. Introducen el color morado como distintivo y se organizan en sociedades secretas como «Los Comuneros, o «Los Numantinos».

El Empecinado, miembro de «Los Comuneros», también conocida como «Los Hijos de Padilla», en homenaje a los ajusticiados en Villalar y fundada por Riego. Sus lugares de reunión se llaman «torres», y es a la de Valladolid a la que El Empecinado acude asiduamente, adornándose con el distintivo de la misma, una cinta morada con la inscripción «Constitución o muerte».

Consciente del enorme valor mítico de los Comuneros para los sectores liberales de una sociedad penetrada de las utopías románticas, no dudó en reivindicarlos de forma clara; organizó una expedición a Villalar en busca de los restos de los tres capitanes ejecutados en esa villa en 1521, encontrando restos humanos que atribuyó a, Padilla, Bravo y Maldonado, y que fueron trasladados con grandes ceremonias a la Catedral de Zamora, donde fueron enterrados. Estos hechos tuvieron su punto central en un acto de homenaje a los Comuneros en la plaza de Villalar el 23 de Abril de 1821, en lo que puede ser considerado como primer antecedente contemporáneo de las celebraciones de Villalar.

Al llegar los cien mil Hijos de San Luis acaba este episodio liberal en Castilla, tras la pobre, resistencia que pudieron ofrecer «Numantinos» y «Comuneros» en los asedios de Valladolid, León y Madrid al desmoronarse el ejército liberal. Derrotado el régimen liberal en 1823, Juan Martín marchó a Portugal, de donde regresó tras una solicitud que le fue aceptada.

Sin embargo al llegar a Roa camino de su pueblo fue detenido por el corregidor Domingo Fuentenebro, quien durante de dos años le hizo exhibir en jaula de barrotes de hierro, siendo finalmente condenado a morir en la horca. Camino del lugar de la ejecución El Empecinado, rompió las cadenas que le ataban codo con codo, y acometió a la desesperada contra sus guardianes, los que le cosieron a bayonetazos. Muerto fue, sin embargo, llevado al cadalso y ahorcado,  en Roa el 19 de agosto de 1825.

Fue enterrado en una fosa abierta en el cementerio de Roa y cubierto «por treinta carros de piedras y tierra». En 1843 sus restos son exhumados para darle digna sepultura. Esta se le daría finalmente en el monumento construido por petición popular en Burgos en 1848, enfrente de lo que en aquel entonces era el cementerio de Burgos, actualmente Seminario Mayor, al final de la calle Fernán González.

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