Lo castellano, un territorio de lucha por la autonomía.

Por: Trigidia Guzmán (publicado originalmente en la revista Concejo)

Un territorio más allá de la geografía

No es ya la geografía la que nos une o nos separa. Hoy, lo que nos une y también lo que nos separa es el capital (dinero produciendo más dinero) y el mercado. Los territorios hace mucho que dejaron de ser lugares geográficos delimitados por fronteras para convertirse en mapas, imágenes simbólicas de lo que fueron y ya no eran. Las fronteras dejaron de ser aquellas antiguas lindes que los miembros de las comunidades rurales visitaban todos los años, porque eran la prueba de su existencia diferenciada, de su existencia autónoma; hace mucho tiempo que desaparecieron los viejos mojones de piedra que las señalaban, y si no han desaparecido ya nadie sabe dónde están. Dejaron de ser referencias visuales y geográficas que no impedían el paso a nadie; establecían los ámbitos de vida de las comunidades, marcaban las diferencias entre el nosotros y los otros, pero no impedían el contacto, la relación, la ayuda, el intercambio, el galanteo, la amistad… Hace ya mucho tiempo que las fronteras se convirtieron en líneas continuas o discontinuas de puntos o de rayas dibujadas en los mapas, pero también en barreras, en vallas electrificadas, en altos muros, en cuerpos de policía que las sacralizan ofreciéndoles sacrificios humanos con quienes tiene la osadía de no respetarlas.

Los antiguos lindes trazaban redes de unión entre comunidades vecinas, autónomas y diferentes, a través de los cuales, culturas, tradiciones, lenguas, variaban y se enriquecían mutuamente. Hoy, los viejos lindes son fronteras y ya no unen lo diverso sino que separan lo homogéneo, impiden toda comunicación que no sea la del mercado, para el que no existen fronteras. El capital no tiene fronteras. El capital necesita un mundo globalizado en el que ya no existen comunidades sino individuos aislados. Los sujetos del capital son individuos deseantes, que se creen libres y autónomos, pero que no son capaces de vivir fuera del capital y de sus imperativos: crecer, producir, consumir. Sin embargo el capital también necesita fronteras que regulen sus mercados de trabajo, sus centros de consumo y sus lugares para la extracción de recursos naturales.

Por eso no queremos reclamar fronteras, porque si todavía hoy se pueden crear nuevas fronteras, deberían ser como aquellas de antaño que servían para unir en la diversidad y no para separar en la homogeneidad.

Hoy los territorios son las pequeñas grietas que se abren en el territorio único y global del capitalismo y que se van abriendo en lucha por la verdadera autonomía, la autonomía de las pequeñas comunidades que comparten la vida y la reproducen sin necesidad de acudir al mercado o al Estado benefactor.

El pueblo más allá de la historia

Porque la historia no es más que la memoria de los poderosos. Los pueblos no tienen historia, aunque si tienen memoria, porque la historia de los pueblos no es una historia sino la historia que han construido otros para ellos. La memoria de los pueblos es la memoria de los que no tienen voz en la historia. Es la memoria que apenas se escucha todavía en los refranes que dicen las viejas, en los cuentos que todavía se cuentan en algún rincón escondido, o en los viejos romances cantados al calor de la lumbre, acompañados al rabel. Es la memoria que apenas se escucha todavía en las letras de las jotas y los agarraos que todavía se bailan en algunas plazas. Es la memoria inscrita en las construcciones populares, en los muros de piedra seca que configuran los paisajes montañosos, en los viejos saberes que poco a poco se van perdiendo, y con ellos toda la memoria de aquellos que nunca tuvieron voz en la historia. La historia la van cambiando según os intereses de quienes la escriben en cada momento, pero la memoria de los pueblos que nunca han tenido voz en la historia, hoy se está perdiendo irremediablemente. Y cuando ya no quede nada de la memoria tampoco quedara nada de los pueblos.

Por eso queremos hablar aquí de lo castellano y no de Castilla. Porque Castilla siempre ha estado asociada a ideas de poder, de conquista y de imperio. Lo castellano, en cambio, representa a quienes vivieron bajo el yugo de Castilla.

Castilla es una idea construida por poderosos señores de vasallos sobre unas tierras y unas gentes que hasta entonces habían sido libres. Aquellas tierras a las que comenzaron a llamar “castella” pronto dejaron de ser “castella” para convertirse en Castilla. No solo fue un cambio de nombre. Castella era un territorio inexplorado y sin conquistar. Castella es una palabra latina. Es el nominativo plural de “castellum”, a su vez diminutivo de “castrum”, que puede traducirse como poblado rustico amurallado. Por tanto la palabra “castella” significaba “aldeas amuralladas”. Porque esto es lo que tanto los invasores romanos como los godos y después las aristocracias guerreras del reino de Oviedo-León y más tarde aun las del reino de Pamplona encontraron en los territorios montañosos de las estribaciones de la Cordillera Cantábrica en los que nacía el rio Ebro, y por los que transcurría hasta salir a las llanuras riojanas.

Castella era la forma de ver un territorio con unas características propias. Castella era un conjunto de pequeñas aldeas situadas en las cimas de los cerros que se elevaban a ambas orillas de un rio Ebro todavía infante o adolescente. Castella era lo que vieron quienes pensaron que podrían obtener algún provecho de aquellas tierras. Necesitaban tierras para la labranza y gentes que las trabajasen. También necesitaban carne humana para sus guerras de conquista de nuevas tierras en las que asentar vasallos que trabajasen para ellos. En el momento en que pudieron hacerlo, Castella se convirtió en Castilla y su nombre también paso a significar otra cosa. A partir de entonces lo importante dejaron de ser las pequeñas aldeas amuralladas de los cerros en los que vivían comunidades de hombres y mujeres libres y autónomas, que tomaban sus propias decisiones, que trabajaban la tierra solo para cubrir las necesidades para las que no era suficiente la recolección y el cuidado de ganado. A partir del momento en que Castella paso a ser Castilla, aquellas gentes sin voz no fueron más que vasallos y soldados de los señores venidos de fuera, y la tierra en la que vivían ya no era conocida por sus pequeñas aldeas sino por sus castillos. Desde el comienzo de la creación del Condado de Castilla, aquel territorio que habían llamado Castella se convirtió en el primer granero y en el proveedor de guerreros para las guerras de conquista, repoblación y expansión de lo que al poco tiempo ya fuer el reino de Castilla y que algunos siglos más tarde se convertiría en la primera potencia colonial del mundo.

Lo castellano, sin embargo, representa a todas las gentes que a lo largo de siglos han sido pisoteadas, ninguneadas, avasalladas, utilizadas, ignoradas… a las que incluso se ha robado su lengua, aquella a la que muchos se resisten a llamarla por su nombre: lengua castellana. Lo castellano es aquel sustrato de gentes que habían sido libres, a las que Castilla robo su libertad. Cántabros, autrigones y vascones habitaban aquellas tierras del alto Ebro. Sus lenguas se fundieron con las de los invasores romanos y poco a poco surgió una nueva forma de hablar a la que llamaban romance castellano por haber sido en aquellas tierras donde se comenzó a hablar. Fueron las gentes sin voz en la historia las que pusieron su voz al servicio de una nueva lengua que, pronto, como la libertad, también les seria arrebatada, normalizada y culturizada. Lo castellano es el espíritu de libertad y autonomía que pervivió débilmente en las comunidades de aldea que, aunque convertidos en vasallos, supieron siempre defender sus pequeños espacios de libertad, sus tierras comunales y sus costumbres comunitarias.  Lo castellano es lo que une a todas aquellas gentes que fueron sacadas de sus tierras para ir a morir en campos de batalla que no eran suyos y que solo serian a los intereses de quienes les llevaban a ellos. Lo castellano es toda una tradición de formas de vida, de saberes ancestrales que durante siglos supieron conservar y acrecentar, de fiestas, músicas, romances… Lo castellano es también diversidad, diversas formas de cantar, de hilar, de contar, de vivir y hasta de hablar. Pero si hay algo que une a todos los castellanos es el desprecio del que siempre han sido objeto por parte de Castilla, cuya idea imperialista y conquistadora siempre le llevo a mirar lejos de casa olvidándose de aquellos con cuyas vidas se enriqueció y expandió. Lo castellano representa a todas aquellas gentes con las que el poder de Castilla construyo su historia de gloria y libertad. Fueron los poderosos reyes de Castilla y los escribanos y cronistas a su servicio quienes fabricaron leyendas que ensalzaban la libertad de los pueblos a quienes habían sojuzgado y a los que, de esta manera, continuaban sojuzgando. Leyendas como la de los jueces de Castilla, paradigma de las libertades de un pueblo, sirvieron para legitimar el poder de los reyes que se proclamaban sus sucesores. El Cid Campeador, un traidor y mercenario, también fue utilizado en su favor como un implacable luchador por la libertad. La leyenda de la “quema del fuero juzgo” sirvió a los mismos propósitos. Castilla el reino opresor y conquistador, siempre reivindico la libertad como uno de sus mayores emblemas.

El paralelismo con el mundo actual es evidente. Nunca ningún sistema político o económico, ni siquiera el reino de Castilla, había hablado tanto de libertad como el capitalismo. No hay mejor forma de acabar con la libertad de alguien que hacerlo, precisamente, en nombre de su libertad.

Castilla, en su aspiración imperialista y conquistadora, siempre desprecio lo castellano, aunque también se ha de decir que siempre supo utilizarlo a su favor. Los castellanos que sirvieron como guerreros muy pronto se convirtieron en aliados del poder o cayeron en campos de batallas. Los que sirvieron de repobladores se convirtieron en los dóciles vasallos que la voracidad de Castilla necesitaba para alimentar sus empresas. Los pocos que quedaron en las pequeñas aldeas de lo que fue la vieja Castella, en las estériles tierras de los valles y montañas en los que todavía destacaban pequeñas aldeas retrepadas en lo alto de los cerros junto al Ebro, fueron siempre ignorados y despreciados por su primitivismo y su ignorancia.

A quienes se ensalzaba en las crónicas y leyendas como el pueblo ejemplar que nunca renuncio a su libertad y a sus fueros y costumbres, y en el surgieron los primeros condes de Castilla, se les despreciaba por no haber sido suficientemente emprendedores, por haberse quedado anclados en el pasado, en lo que se ha llamado una economía de subsistencia. Todavía hoy se lo creen, gentes sencillas de los pequeños pueblos situados junto al alto Ebro confiesan con vergüenza que ellos no saben hablar bien el castellano porque terminan las palabras con la “u” o porque el talón del pie le llaman “Carcaño”. ¿Quiénes son los que hablan bien de verdad?

Quizá sea que lo que no hablan bien es el español.

Un territorio de lucha

Lo castellano no es el modelo sino lo que nos dará fuerza. Es nuestra referencia. Necesitamos de la memoria de lo castellano, colonizado durante siglos por Castilla, para poder buscar formas de lucha anticolonialistas y emancipadoras. No es un modelo a seguir, pero hay muchas cosas en lo castellano que nos pueden guiar y servir de modelo. Los castellanos no supieron escapar del domino colonialista de Castilla, pero sí que supieron resistir y plantarle cara con sublevaciones como las que protagonizaron los movimientos populares durante la revuelta de la Comunidades. Y sobre todo, los castellanos supieron, a pesar de todas las dificultades, mantener sus formas de vida en comunidad, sus comunales y la gestión de los mismos mediante el conejo abierto. No se trata de idealizar estas instituciones, ni de pensar que los castellanos fueron los únicos que supieron mantenerlas y mucho menos que fueron los que las inventaron. Pero son nuestro referente más cercano, y lo que debemos hacer es valorarlas como formas de resistencia que han durado hasta hace poco más de una generación. A partir de la memoria de los castellano, de sus formas de resistencia a la dominación, de sus formas de disidencia, de las voces de un pueblo colonizado, expoliado y menos preciado, que todavía podemos oír si escuchamos atentamente en sus tradiciones, podremos ir construyendo un territorio de resistencia, de disidencia, de vida al margen de las imposiciones del mercado, de relaciones que no estén mediadas por el interés y por el dinero, para de esta forma ir socavando el capitalismo. En definitiva, un territorio de lucha. De lucha contra las imposiciones que nos llegan del exterior, pero, sobre todo, contra nosotros mismos, contra todo lo que nos hacer colaborar voluntariamente con el sistema que nos oprime haciéndonos creer que somos libres. Nunca podremos cambiar el sistema si no cambiamos primero nosotros mismos.

Lo castellano es por tanto mucho más que la memoria de lo que vivió un pueblo, de su rebeldía, de sus formas de vida comunitarias. Lo castellano es un territorio que nosotros, castellanos del siglo XXI, queremos construir, estableciendo vínculos sociales alternativos a la (des)vinculación del capitalismo. Un territorio que ya hemos empezado a construir. Un territorio sin estado, sin nación, sin mercado. Un territorio en el que podamos habitar en comunidad, estableciendo relaciones de colaboración y de ayuda mutua. Un territorio en el que la propiedad no signifique nada, en el que lo común sea el eje sobre el que giraran nuestras vidas. Un territorio para compartir. Un territorio al que dotaremos de fronteras que sirvan para unir lo diferente y no para separar lo homogéneo.

Trigridia Guzman

Arreba, Primavera del 2017