El 15M contado a los alemanes

Texto aparecido en la publicación Concejo Nº1.

Me gustaría comenzar, antes de entrar en materia, con dos aclaraciones previas:

La exposición que voy a realizar sobre el movimiento de asambleas en el Estado español –el 15M– va a ser, no puede ser de otra manera, totalmente subjetiva. Sobre todo porque considero que la objetividad, más allá del marketing periodístico, no existe: ninguna mirada es neutral. Pero además, y más adelante ahondaré en ello, por el gran disenso existente dentro del entorno anarquista y autónomo a la hora de entender este movimiento. Diferencias que en unas ocasiones pueden ser menores y, en otras, capaces de enfrentar análisis.

La segunda aclaración nace de mi pequeño contacto con Alemania y de la necesidad de establecer un lenguaje común en torno a un concepto de gran importancia como herramienta para interpretar el 15M: autonomía. La autonomía que a mí me interesa, la que voy a usar en esta exposición como herramienta interpretativa, no es esa que se pasea con uniforme negro y capucha, esa moda donde cabe prácticamente de todo, sino la que forma parte de una experiencia histórica que se bate por la creación de una Comunidad de Lucha independiente, autónoma, del Capital y del Estado. Su última ofensiva constituyó un levantamiento en buena parte de la Europa de los años ’70 conocido como «el segundo asalto proletario a la sociedad de cla­ses». Una autonomía que hoy, aunque debate entre enterrar a la clase obrera o mantenerla viva, sigue teniendo como principio básico aquella fórmula antiautoritaria que emanó de la Primera Internacional de 1864: «la emanci­pación de la clase obrera será obra de los obreros mismos».

Este alegato contra la representación, contra el vanguardismo, contra la usurpación de la conciencia por parte de unas élites pensantes, se materializó en el Estado español a raiz de otra crisis económica y social, a finales de los ’60, en asambleas multitudinarias de fábricas y barrios que se resistían a su recuperación por partidos y sindicatos (en cualquiera de sus variantes); en huelgas salvajes que desbordaban y ridiculizaban la legalidad existente; en muy duros enfrentamientos con las Fuerzas del Orden, con muertos, como los cinco obreros de Vitoria ametrallados por la policía en el ’76; e incluso en las experiencias de lucha armada que pusieron en práctica el Movimiento Ibérico de Liberación, los Grupos Autónomos, o los Comandos Autónomos Anticapitalistas.

Todo este ciclo de luchas culminó con su derrota a finales de los años ’70 gracias a la pinza que la izquierda del Capital formó con el Estado, esta vez en su versión demócrata, para aplastar a un movimiento proletario que to­ davía se estaba desperezando.

Hechas estas pertinentes aclaraciones, y aterrizando ya en el presente siglo, primavera del 2011, seguro que muchos de vosotros recordaréis las imáge­nes que en televisión y prensa presentaban las plazas de este rincón de Euro­pa sorprendentemente inundadas de un gentío que no se sabe muy bien qué quería, pero que estaba descontento. Incluso no tardaron los periodistas, con su licencia para vender la realidad, en encontrar en este fenómeno un conta­gio de las revueltas que en el Magreb y Oriente Medio comenzaron en di­ciembre del 2010; así como un paralelismo entre la Plaza Tahrir de El Cairo y la Puerta del Sol de Madrid. Este 15M listo para ser consumido, cortado con el patrón que los medios de comunicación fueron diseñando, en realidad, no ha existido. De hecho, no ha existido un 15M sino muchos 15M. Depen­diendo de la ciudad, o del barrio, y de las distintas cargas políticas que mu­chos de los participantes en las asambleas tenían, la orientación de éstas podía ser totalmente diferente.

Si bien es cierto, que este movimiento de asambleas, como movimiento social real que es, está fuertemente embriagado de ideología ciudadanista. El concepto de movimiento real lo utilizo más bien con un sentido descriptivo, para poder establecer una diferencia con lo que sería un movimiento de caracter ideológico. Por movimiento real no aludo por tanto a ese que que­ dará definido en La ideología alemana de K.Marx y F.Engels, allá por 1845, y destinado a tomar palacio, reo de un sentido especuativo («Noso­tros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual»). Sería asumir un historicismo, un mecanicismo, que que­dan muy lejos de mis pretensiones. Aludo más bien a aquel que surge dadas unas condiciones materiales y que es hijo de su tiempo, es decir, con sus contradicciones y potencialidades. Para poder entender este movimiento es necesario, entonces, saber entender su tiempo.

Me veo forzado pues, antes de pasar a la cronología de los hechos, a pla­near por el contexto que más nítidamente se ha expresado a traves del 15M y que definitivamente más lo ha impulsado y limitado. No podemos olvi­dar que «entender ese tiempo es una condición imprescindible (aunque no suficiente) para poder negarlo [superar sus contradicciones]»1. Me confor­maré, por motivos de tiempo y espacio, con una enumeración muy breve­mente comentada, con rozar la superficie de esta imbricación.

Por su reciente concreción en el tiempo, y por ser el factor más determinante en el surgimiento de este movimiento, empezaré, más que con la crisis económica que apareció sin ser esperada en el 2008, más que con una explicación de su naturaleza en sí misma, por cómo dicha crisis ha sido presentada por los gestores ideológicos del Sistema a la ciudadanía, y en cómo ésta lo ha asimilado. Para este papel ha sido la izquierda el Capital, especialmente aquellas fracciones que cuentan de cierto reconocimiento entre la población, muchas de sus vedettes intelectuales, sobre la que ha recaido la tarea de salvar discursivamente al capitalismo. Para ello se ha valido de una falsa distinción entre un capitalismo bueno –el productivo, el ligado a la economía real– y un capitalismo malvado –el especulativo, el ligado a la economía ficticia–. Se ha evitado hacer un análisis de las bases del capitalismo, del por qué el crédito se impuso como forma de vida, por medio de un proceso redentor (redimir: rescatar del cautivero/poner fin a un dolor u otra adversidad) a la economía, a la ley del valor. Esto se ha manifestado en las asambleas con propuestas como una banca ética o cívica, mo­delos ya existentes desde antes del 2008 (TriodosBank, Holanda 1980; Banca Cívica 2010­Caixabank 2012); las llamadas al regreso a las economías locales, al cooperativismo, que como fórmula empresarial también está dada; o oportunas repescas, como la nacionalización de la banca, típico punto del programa electoral de parte de la izquierda institucional. Islandia, con sus referéndums y procesos constituyentes, se ha convertido en la Meca europea del ciudadanismo militante.

Además, esta crisis económica, y a lo que ella misma ha contribuido en profundizar, se presenta en un momento de gran desgaste del cuento de la de­mocracia, en especial de sus mediadores sociales: los partidos y sindicatos. Al notorio descrédito en el que han caido en estos más de 35 años tras el fin pactado del franquismo, gracias a sus corruptelas, prebendas, tejemanejes e intereses corporativos, casi estamentarios (no por casualidad las profesiones peor valoradas en las encuestas son, por este orden, políticos, banqueros y policías), hay que sumarle la gestión de una situación donde, más que nunca, se hace evidente que el único programa realmente existente es el programa del Capital.

Pero la lógica de la dominación les ha dejado caer cuando los relevos ya tenían el asiento caliente. Los medios de comunicación, en lo que nos ocupa, agazapados tras el mito de realizar un servicio público, el de informar, han cumplido su rol en el disciplinamiento de las asambleas, de tal manera que se podía en muchas ocasiones llegar a pasar del «no somos mercancías en manos de políticos y banqueros» al «somos mercancías en manos de los me­dia». En estos tiempos en los que los partidos políticos son marcas, las cam­pañas electorales más polución publicitaria y los programas de partido estrategias de mercado, el único nexo entre éstos y los votantes, los consu­midores, son los mass media. Por ello detras de los partidos hoy no están los sindicatos (ni la Iglesia), sino grandes monopolios de la comunicación que responden directamente a los intereses de diferentes fracciones del Capital. En el Estado español, como cifra esclarecedora, señalar el 14% de afiliación sindical de toda la masa asalariada, de los cuales, gracias a la entrañable fi­gura del liberado, la militancia queda reservada al exotismo de algún sindi­cato marginal.

Por otro lado sería demasiado fácil liquidar la crítica a los medios por su capacidad manipuladora, muchas veces tan tosca, tan evidente, ignorando como éstos se van perfilando como fiel reflejo de la forma de la que son imagen. Un acercamiento estructural a éstos delata una simetría semejante al universo que nos envuelve a cualquiera de nosotros entre las estanterías de una superficie comercial: las noticias, los eventos, los reality­shows,…se suceden de forma equivalente y abstracta, separando, enmudeciendo, al receptor gracias a esos artículos empaquetados como acontecimientos. Así, la aceptación sin ambages del progreso tecnológico por parte de la sociedad, y el culto a los nuevos mecanismos de aislamiento: internet y sus redes sociales (Facebook, Twitter,…), ha sido el sustrato para que ciertos sectores del 15M, los que andan más a caballo entre la institución y la universidad, se empeñasen en derivar la vida real que se estaba conquistando en la calle hacia los inofensivos escenarios del ciberespacio.

El ágora electrónica se presenta como única vía posible en un mundo globalizado, conectado, sobre todo para quienes han sido persuadidos en auto­ producirse como mercancías en el universo de la pantalla-­escaparate. Son especialmente las generaciones que han crecido con el mercachifle tecnológico incrustado sobre las que más agudamente se desarrolla ese fenó­meno que se ha dado a conocer como regresión antropológica. Es decir, que aquellas características que alguna vez definieron lo humano se están desvaneciendo al mismo ritmo que su espacio de socialización. Como la palabra, cuya gravedad va a la deriva arrastrada por mares de mensajes anónimos, personalidades maquetadas, intimidades de blog,… y, ¿qué es de una asamblea donde la palabra no pesa?.

Sin embargo, si algún factor está condicionando sobremanera el desarrollo de cualquier proceso transformador en la actualidad es el grado de descomposición de un tejido social ya prácticamente inexistente. La ubicuidad del Estado y las relaciones mercantiles en cualquier aspecto de la vida cotidia­na ha aniquilado todos los círculos de solidaridad y apoyo mutuo que formaban parte de las ricas tradiciones comunitarias del mundo rural y de las prácticas del movimiento obrero en sus luchas. Este enquistamiento, que agarró en la vida orgánica comunitaria a partir del final de la II Guerra Mundial (y cuyos preliminares podrían leerse en la crisis de 1929, el Crack de la Bolsa de Nueva York, que fue la crisis que desplazó la preocupación anterior del capitalismo por el producir a la posterior por el consumir), ha coronado al Estado como único poder regulador de la vida social. Hasta ese momento el movimiento obrero había desarrollado un asociacionismo capaz de gestionar, de forma completamente autónoma, todo un sistema de ayudas por enfermedad, jubilación, viudedad,…que mantenían al colectivo autosuficiente, libre de toda dependencia; unas redes de solidaridad y cajas de resistencia que permitían plantear enfrentamientos donde los trabajadores iban a por el todo, incluso a arremeter contra las puertas del cielo; una cultura que hablaba de ellos y, lo más importante, contada por ellos mismos, con unos métodos de aprendizaje propios a través de los cuales florecía su subje­ tividad; unos espacios donde socializarse en base al apoyo mutuo y donde crecian unas identidades hábiles todavía para crear contradicciones. Con es­ tos mimbres se entrelazó la que ha sido, con alcance más general, la última comunidad allí donde la sociedad del Estado del Bienestar se ha instalado.

Querría reseñar en este punto un libro de reciente edición (2005) que se de­ tiene a analizar, en este sentido, la Barcelona obrera del primer tercio del S.

XX. En La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto. 1898­-19372, el historiador británico Chris Ealham cartografía el paisaje social de una ciudad alimentada por la abundante inmigración venida de provincias y que se des­parrama al calor de la naciente industria por medio de suburvios donde el Es­tado no entraba. Con un ambiente fraguado por medio de relaciones de reciprocidad, y que evoca de algún modo a las sociedades sin –contra el– Estado de Pierre Clastres3, fue posible armar a un movimiento autónomo que desde las barricadas del proletariado estremeció a los salones de la burguesía. Las mejores páginas de la historia del anarcosindicalismo, de la CNT, esas que van salpicadas de la imprescindible crítica, no se pueden entender sin re­mitirnos a ese entramado donde se enmarañan una serie de relaciones infor­males y organizativas que se escapaban al control del Estado. Los protagonistas de esas luchas no podían ser despojados de todo, no podían ser reducidos a pura fuerza de trabajo, y ese ser común que construían les con­fería una dignidad y un potencial hoy desconocidos.

Tras la conquista por parte del Estado de ese mundo que no podía consentir por ajeno, y la infiltración del mercado, en su constante búsqueda de nuevos territorios de expansión, renombrando a la solidaridad como servicios, el tris­te figurín resultante, más conocido como ciudadano, es un personaje enros­cado en su privacidad amueblada y que ha sustituido los canales por donde la palabra era dada y devuelta por sondas hacia un exterior administrado por la Institución y el dinero.

Parafraseando a los situacionistas, «donde hay comunicación no hay Esta­ do»4 y las asambleas de las plazas han sido una oportunidad para cortocir­ cuitar códigos que atraviesan al cuerpo social. Si bien el eco del «no nos representan», que de la voz piquetera de la Argentina del 2001 encontró su resonancia en el 15M, desactivó en alguna medida el binomio gobierno­ oposición; a los polos estatal (mal llamado público)­privado no se les ha interpuesto de igual manera un significado no conductor, interruptor, que corte la corriente y los espasmos: comunitario. La fe ciega en el progreso, que es agitado como amuleto mágico por los chamanes de la izquierda, ha­ ce abrazar todo lo que debería ser negado. Me es dificil, estando donde es­ toy, no recordar lo que dejó escrito Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia (1940): «No hay otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana que la idea de que ella nada con la corriente».

Por último, y sin que por ello sea de una importancia menor, el ruinoso haber del pensamiento crítico tras todos estos años de panacea democrática, con una población formada políticamente como televidente, al aliento de tertulianos estrella y en seminarios impartidos por programas de varieda­des, amnésica de las luchas precedentes y de todo lo que no sea el perpetuo presente facturado por la sociedad de consumo, no ha podido pasar desa­percibido en un primer intento compartido de pararse a pensar. Una buena muestra de este deambular catatónico es la pasmosa facilidad con que se está reescribiendo el pasado más reciente para salvaguardar el denostado presente. De la mano del PSOE, con un azucarillo bautizado como Ley de Memoria Histórica, se están desenterrando los muertos que todavía quedan en las cunetas fusilados por el franquismo para sumar mártires a la causa de la democracia. Todo aquel proletariado revolucionario que se levantó en armas, no en defensa de la legalidad vigente, de la república a la que sufrió y dio batalla, sino del mundo nuevo que llevaba en sus corazones, está siendo desterrado al limbo del olvido. Peor, le están haciendo disparar sus últimas balas contra su propia causa. Al igual que la Iglesia en sus tiempos de expansión, el capitalismo usa los impulsos originales, en este caso el reflujo de una memoria moribunda, sin sujeto, para afirmarse. Se confirma por enésima vez que «quién controla el pasado controla el futuro y quién controla el presente controla el pasado» (George Orwell, 1984).

Pero la desolación en el erial de la memoria llega hasta aquí mismo, hasta esas luchas que unidas bajo la consigna «¡Ni partidos ni sindicatos!¡Vivan los piquetes!¡Todo el poder para las asambleas!» más lecciones tendrían que aportar al 15M. De ellas, salvo el escaso puñado que no se resigna a peder su hilo, nadie se acuerda.

Por otro lado, la otra cara de la moneda sería las grandes carencias que ha puesto en evidencia el movimiento antiautoritario a la hora de intervenir fuera de la parroquia y de los feligreses habituales. Es cierto que nunca ha faltado una sentida preocupación por salir del guetto, que es vivido con la misma sensación de quien es objeto de museo o de zoológico, pero conversar es una cuestión de dos y , en honor a la verdad, hasta la fecha nunca se había brinda­do una oportunidad igual. Saber entender los ritmos de un interlocutor que no parte de los mismos presupuestos, encontrar un leguaje común que nos resca­te del monólogo de sordos, evitar la repetición automática de consignas para pasar a revisar con los demás los propios fundamentos, aprender a ser hones­tos e inteligentes mientras las intrigas se abren paso a codazos a nuestro alre­dedor,…son algunas de las tareas que con más urgencia necesitaban, y necesitan, ser resueltas si como movimiento se quiere dejar de ser pieza de coleccionista.

Mínimamente acotado el contexto por el que discurre este movimiento, con la única intención de marcar unos hitos que sirvan de referentes, algo así como unos puntos cardinales estrellados en el rápido devenir de los acontecimien­ tos, nos sumergiremos en él cronológicamente siempre teniendo en cuenta que, lo que sobre el papel se puede redactar ordenada y comprensiblemente, tal y como los sucesos se iban precipitando a ras de suelo eran confusos, y en muchos casos impredecibles y desconcertantes. Desde la prudencial distancia, como la que corresponde a esta exposición, se cuenta con una visión pro­porcional de los hechos, el paréntesis que acoge el necesario sosiego y una reflexión alumbrada por las primeras enseñanzas. Pero, sin duda, el autén­tico mérito está en desentrañar las apariencias allí donde estas hacen sus juegos. Cualquier fuente de aprendizaje parte de ese nudo, con su pizca de aciertos y su carro de errores. No es ésta una llamada al activismo, al hacer por hacer, sino a destilar la teoría a partir de la práctica, a su intimidad dialéctica. «Buscando uno se equivoca, pero sin duda es infinitamente me­jor que jugar a solas a tener siempre la razón»5.

El domingo 15 de mayo del 2011, a las 18:00 horas, tras la pancarta «Democracia Real Ya! No somos mercancía en manos de políticos y banqueros», marcha por las calles de Madrid una manifestación organizada por diferentes colectivos de marcado carácter reformista y ciudadanista que es­taban funcionando con meses de anterioridad, para alguno escasos. No res­ponde ninguno al típico esquema de las rígidas organizaciones históricas, encasquilladas en sus cadencias y ensimismanientos, sino más bien al de plataformas reivindicativas con gran predominancia de la juventud, mucha agilidad en las redes sociales y, desde la ambigüedad y lo puramente for­mal, unas maneras que apuntan hacia la autoorganización, la organización de los propios afectados. Habrá para quienes éste sea su salto del ligero fluir por el ciberespacio al duro asfalto de la metrópolis sin contraseña. Venían tratando temas como los recortes presupuestarios en educación, el aumento de las tasas universitarias, el Plan Bolonia, el paro (el 21% en esos momentos, el más alto de la UE, siendo el juvenil mayor del 43%), la precariedad, la restricción del crédito, por el libre intercambio de materia­ les en internet… En adelante será uno de ellos, Democracia Real Ya (DRY), quien podrá decirse englobe y hegemonice a todo este conglomerado. A las más de 20.000 personas que se juntaron en Madrid hay que añadir las otras 110.000 largas que en diferentes ciudades del Estado portarán la misma ca­becera.

Desde una distancia crítica, alejado de ese ambiente que inexplicablemente algo festeja siempre que hay una protesta, sigue a esta manifestación en Madrid un Bloque Libertario y Autónomo que valora positivamente que la gente se esté echando a la calle y a la que quiere animar a ir más allá. Su grito de guerra, «Lo queremos todo. Lo queremos ahora» prendió de tal modo que algunos medios de comunicación se lo achacaron a los propios promoto­res de la jornada, era posible ver caras desconocidas portando espontanea­ mente estas frases. En la volatina con que se invitaba a tomar parte en el bloque, además de ajustar cuentas tanto con la derecha como con la izquierda, se presenta éste como un espacio abierto cuya intención es estar presente en las luchas y extender el conflicto.

Una vez en el lugar registrado, legalizado, como el final del recorrido, la Puerta del Sol, cientos de personas deciden saltarse el guión de protocolo ad­junto e ir a cortar carreteras, lo que provoca momentos de tensión entre los organizadores y el bloque al ver los primeros como la situación les desborda. Rápidamente comenzaron las cargas de la policía , los disturbios y las deten­ciones (24 en total). Sin embargo, lo que podía haber acabado siendo una cró­nica más de sucesos con la que los mercenarios de la pluma deshuesan su carnaza, toma un giro inesperado de la mano de un pequeño grupo de irre­ductibles que deciden acampar en la misma Puerta del Sol en solidaridad con los represaliados y como prolongación de las protestas. Tanto entre los 50 amotinados de la primera noche como entre los detenidos habrá compañeros anarquistas. Como muestran estas líneas del segundo comunicado de los de­tenidos, acusados de desórdenes públicos, atentados contra la autoridad y re­sistencia, publicado el 4 de junio: « […] la represión y la violencia policial no son algo propio de las dictaduras, sino que son intrínsecas a la existencia de un Estado. El monopolio de la violencia por parte del Estado sirve a unos fi­nes concretos que muchos parecen olvidar: el mantenimiento del orden vi­gente (al margen de su legitimidad) y de los privilegios de unos cuantos sobre el resto de la población». Cerrando con un contundente y revelador «¡Todo el poder para las asambleas!»6. A estas alturas, con la toma sin permiso de la plaza, y pese a las continuas intentonas de DRY, entre otros, por atrapar lo que ya ha echado a volar, el germen de un movimiento que supera los estre­chos márgenes de las largas listas de reivindicaciones es evidente.

Pero será con los torpes intentos de deslojo de la acampada, que dan como re­sultado más detenciones, mezclados con la plena cobertura de unos media ca­paces de digerirlo todo por las fauces del espectáculo, y unas redes sociales que van asimilando, principalmente, lo que estos elaboran, cuando se sirva de coctel un fenómeno que es también, claro está, de masas. Con la gran com­plejidad que encierra el considerar este término, masas: agítese bien y listo para tomar.

El contagio se propagará por más de 80 ciudades, con unas comunas improvisadas que se organizarán siempre, desde sus origenes, en asamblea. Alrededor de ésta se llegará a autogestionar todas las facetas de la vida cotidiana, sobre todo en aquellas más multitudinarias, como las infraestructuras, el avituallamiento, la limpieza,…llegando hasta la cultura o los cuidados básicos y pasando, por supuesto, por la comunicación y la toma de decisiones. A pesar del ruido de los inevitables timbales y las intermina­bles batucadas, se restaurará el interés por la cosa común, la política, que desde aquel axioma del dictador Franco: «usted haga como yo, no se meta en política», ha explotado como hiperrealidad, como simulacro, con sus culebrones y patio de vecindad.

Desde entonces, las asambleas pasarán por todo tipo de vicisitudes, hasta que al par de semanas de haber nacido se mudaran a los barrios. Como su prohibición por la Junta Electoral en las vísperas de los comicios munici­ pales y autonómicos del 22 de mayo, que será respondida por 25.000 in­ fractores en Sol al grito de «¡insumisión!» desafiando la jornada de reflexión; o el brutal desalojo de Plaza Cataluña, que cebará de nuevo la discusión sobre el verdadero papel de los Cuerpos Represivos. Las acampadas, que nunca fueron un fin y cada vez estorbaban más, se desmante­ larán un poco más tarde.

La asamblea será el centro neurálgico en el laboratorio del 15M, auténtico hervidero de ideas y serpentín de debates. No dejará éste de ser un experimento en el que, a pesar de todos los condicionantes, los elementos que in­teraccionan están vivos y, por lo tanto, capaces de desbaratar pronósticos. En el campo social las ciencias siempre son inexactas, por lo que intervenir en él únicamente con el genio del matemático suele conducir a equívocos. Son necesarios el poeta, el malabarista, el explorador, el aventurero,…Las variables que han acorralado a las asambleas han sido múltiples: simbólicas, emocionales,…, incluso la misma sinergia que produce el encuentro, la suma, la potencia, acarreaba transformaciones que conducían a nuevos es­cenarios, al planteamiento de nuevos interrogantes.

De hecho, la asamblea, con sus acampadas, en sí misma ya era algo excepcional, era la remodelación de la geometría arquitectónica de la ciudad por medio de toda una tramoya de carpas, cartones, colchones, sillas, tiendas de campaña y todo tipo de cachivaches. Mostraba así, por contraste, al espacio urbano como la cadena de montaje de un tipo de individuo muy concreto, el que corresponde a unas relaciones sociales muy particulares. Además de la relevante caida de la normalidad que suponía la puesta en el orden del día de la cuestión social fuera del yo autista que se ha reproducido como modelo, conjugando verbos como despertar, pensar, conversar, luchar,… en primera persona del plural, nosotros, e invitar, al tiempo, a sentarse a la mesa a un proscrito: el pensamiento crítico. Si algo ha incomodado por encima de todo a los amantes del orden establecido ha sido, seguramente, la tremenda facilidad con que los sectores más criminalizados del espectro contestatario han logra­do estrechar lazos con quien hasta entonces les confundía con monstruos.

Con el traslado de las asambleas a los barrios –de las 120 iniciales en Madrid, se estimaba llegaban a congregar sobre 50.000 personas– la palabra que ya estaba circulando busca vincularse a unos vecinos, a unas gentes, cargándose de historia, de responsabilidad, de conocimiento, de complicidad…, lo que permite profundizar en las luchas con las que ya se había entrado en contacto. Como el bloqueo de desahucios, la okupación de viviendas y centros sociales, la paralización de redadas racistas de la policía,… Y se irá confluyendo, para­lelamente, con otros frentes abiertos en los que las asambleas se integrarán desde el tú a tú, así sea cualquiera de las últimas huelgas generales, o el con­flicto de los mineros en Asturias en el verano del 2012, o la defensa de la tie­rra ante la agresión de la fractura hidráulica,…

Ahora bien, las asambleas también fueron, son, el tablero sobre el que se des­ plegaron las estrategias de sus muchos pretendientes, con los que bailará entre pisotones y adulaciones. En ellas se dió todo un recital sobre las viejas arti­mañas de asimilación de las tambaleantes momias de la izquierda, que pa­recían muertos vivientes a la caza del penúltimo suspiro. Lo peor es que resulta dificil no dejarse arrastrar por esas dinámicas o por todo el componen­ te que tienen de provocación. Así se pudo presenciar el acaparamiento de co­misiones que se consideraban clave, el uso parcial de la posición del moderador, la filtración y tergiversación de información, la táctica del des­gaste y el aburrimiento,…Desde la simplificación, y pudiendo salir de cada uno de los siguientes grupos uno, varios o múltiples vectores, dependiendo del caso, éste podría ser el diagrama de fuerzas que se fue perfilando y en el que éstas se podrán montar, cruzar, oponer, bifurcar,…:

  • Por un lado DRY, con la larga estela del batiburrillo ciudada­nista que le cuelga (ONG’s, agrupaciones universitarias, intelectuales mimados por la subvención,…). El pretendido apartidis­mo del que hace gala no procede de un rechazo tanto a la dere­cha como a la izquierda, así se puede llegar a entender, sino de una superación de ellas mediante su conciliación. Su gran ba­luarte ideológico se haya recogido en el folleto ¡Indignaos!, cuyo autor, Stéphane Hessel, en su día diplomático francés, no dudó en pedir el voto para Hollande y mostrar su admiración por Zapatero. Anclados en la defensa del Estado del Bienestar y la participación ciudadana en la gestión del capitalismo, hi­ cieron despertar las simpatías hacia el 15M de tipas tan bien situadas como Rosalía Mera, cofundadora de Inditex (Zara), uno de los capitales autóctonos con más proyección interna­cional, y tipos tan sombríos como el super­juez Baltasar Garzón, para quien fue posible, cuando le tocó, desestimar sistemáticamente todas las denuncias por tortura en los sótanos de Intxaurrondo. Sus peticiones, porque más que exigencias son solicitudes, rondan siempre la reforma: de la Ley Electoral (Ley D’Hondt), separación de poderes, castigo a la corrupción, regulación de las finanzas…El berrinche por el megáfono a compartir a muchos de ellos todavía les dura.
  • Los partidos y sindicatos de izquierdas, parlamentarios y ex­ traparlamentarios, cada cual con sus propios intereses, exclusi­vos, intrasferibles. Unos depredando su añorada base social, otros promocionando su candidatura. Izquierda Unida, que en Alemania correspondería a Die Linke, será quien mejor renta­ bilice el mensaje contra el bipartidismo, «PSOE­PP, la misma mierda es». Una coalición que, estando al borde del traspaso, se colocó con 8 diputados tras las elecciones generales del 20N. Mientras tanto sus siglas bien apoltronadas en los Conse­jos de Administración de esas Cajas que ejecutan desahucios (no percatarse de la carrera de político como una cuestión de estómago es fe). En general, y salvo por escasos detalles, como el atrezo (banderas, imaginería,…), y superados los recelos ini­ciales de algunos, la izquierda del Capital será buena com­ pañera de viaje de DRY, con los que irá de la mano en la confección de quejas.
  • El movimiento anarquista, autónomo y revolucionarios sin más…Desde estos sectores, por no abusar de un término tan entrecomillado como movimiento, la reacción ante el fenómeno 15M no ha sido homogénea ni coordinada. Las causas para la no homogeneidad radican, especialmente, en las muchas reticencias que han suscitado unas proclamas tan hartamente re­mozadas en nostalgia por unos indignados tan bien educados, tan respetuosos. Una nostalgia, todo hay que decirlo, que es puñalada para quien gira la cabeza en el tiempo y ve lucha. La no coordinación se deberá, además, a la incapaci­dad demostrada para superar los localismos en que se hunden las rutinas, más aún cuando el exterior impone un ritmo frenético. Ha sido con el tránsito de textos y el tropiezo con ciertas citas fijas en el calendario, como el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid, por ejemplo, como se echarán puentes para el intercambio de ideas y opiniones de forma abierta y organizada.

El argumento central de las posturas más beligerantes con el 15M es el que resume a éste como la pataleta de una clase media que ya no tiene acceso a un consumo en el que ha fundado su existencia, su ser. El derecho a la vivienda será el anhelo a su propiedad inmobiliaria. El derecho a educación será el de­seo a equiparse con un título o máster, correlato del accesorio automovilístico, y que además de signo distintivo tenga su validez en el muestrario de recursos humanos del empresario. Ese continuo repicar de los artículos de la Constitu­ción en las asambleas dejaba a la vista la completa mercantilización de una existencia que, bajo la forma del Derecho, hace de sus súbditos sus más fieles guardianes.

En este marco, con unos partidos y sindicatos inútiles, el 15M representa el consenso social necesario para superar la crisis sin fracturas, sin rutas que, abriéndose paso a machetazos, abandonen los lugares comunes del esclavo y el amo: esa dialéctica cuya síntesis es el Estado. Es como si se pudiera adivi­nar la presencia de Jacques Lacan, bien pegadito a la nuca de los indignados, susurrándoles aquello que espetó a los estudiantes parisinos meses después de Mayo del ’68: «A lo que ustedes aspiran como revolucionarios, es a un amo. Lo tendrán…». La #spanishrevolution vio la luz a la sombra de esta adverten­cia. Es el ciudadanismo, con estas pompas y boatos, el reemplazo del movi­miento obrero como factor modernizador del capitalismo.

Muy poco me voy a entretener con las teorías de la conspiración que han servido de guarnición a las críticas al 15M, atiendo a éste en su dimensión social. Puede ser que la Fundación Everis fletase un estudio, Informe Transforma España, suscrito por los mayores grupos empresariales (BB­ VA, Repsol, Telefónica, Grupo PRISA…), cuyas conclusiones vinieran re­cogidas un año más tarde en las propuestas del ala institucional de este movimiento. Parece factible que los servicios secretos, haciendo uso entre otras técnicas de los SMS y los mass media, se permitan crear obras de ingienería social como el 11Mz (2004) y el 15M. Incluso que las inquietantes aportaciones de fondos y tecnologías sean ciertas. Pero este suspense de misterios nos atora en un lodazal que es el biotopo ideal del especialista, del periodista de investigación, el mejor placaje para que delegemos nuestra capacidad crítica.

Ahora bien, frente a la renuncia, este desengaño crítico procurará ser el candil para quien decida adentrarse en la espesura de las plazas. Porque si todo es una farsa, lo es sobre una tragedia. La que se cierne sobre un per­ sonaje que, clase media o no, tras haber sido arrasada la esfera conviven­ cial y los últimos resquicios de autogobierno, es presa fácil de todas las hienas. La sonrisa de éstas está más afilada que nunca. Como la que dibuja Wolfgang Schäuble cuando en las entrevistas afirma, sin titubear, que las crisis son oportunidades para los paises que las padecen de colocarse a la altura de los saneados. Lo que traducido al castellano significa que las cri­sis se resuelven con profundizaciones en las relaciones sociales de dominación. En el Estado español, a propósito de esto, no paran de llover hostias: reformas, represión, recortes,… Un botón: la barra libre de la patronal para descolgarse cuando la venga en gana de los convenios colectivos, con todo lo sucio que haya en ellos, aprobada en la última reforma laboral, deja a los trabajadores atados de pies y manos ante unos empresa­ rios armados hasta los dientes. Esperemos a ver como brilla el corte de la boca de este ministro de Economía alemán si la enfermedad se hace con las finanzas de su país.

La apuesta de muchos anarquistas y autónomos por acercarse al 15M, pivota en la aceptación de éste por la horizontalidad, la asamblea, como úni­ca vía de relación y el rechazo al tope de la legalidad. Con estos asideros se perseguirá arrastrar a la política fuera de las instituciones, del Parlamento,articulando una lucha que sea capaz de ir entretejiendo ese tapiz social debas­tado. Muy lejos de los espejismos del espectáculo que presentan al 15M como la nueva revolución de cartón ­piedra, o incluso un remake dulcificado, depu­rado, del anarquismo, asistimos a la encrucijada en donde se decide entre la palabra hueca donde mora el espíritu de la alienación, o la palabra plena que es acto. La palabra rea del regateo de leyes y la puja de votos, que apoltrona a cada fulanito de tal en el reino particular de su privacidad prefabricada; o la palabra­-vértice de encuentros, como aquello que nos queda a cada uno de no­sotros cuando el individuo se acaba.

Al Mayo del ’68 francés, nos cuenta Baudrillard7, no lo asfixió solamente el el PC con sus llamadas a la vuelta a la normalidad, a ocupar los puestos de trabajo. La exportación de la huelga como modelo por los medios de comuni­cación, al secuestrarle la palabra, imponiendo un ritmo y un contenido, llevó a su descomposición. Millones de obreros pararon, pero para no saber que ha­cer, a la espera del siguiente comando. Cuando todos los medios de comuni­cación atosigaban a los indignados para que éstos se pronunciasen, redactasen sus reivindicaciones, negociasen con las autoridades, el anticapitalismo in­sistía en que, como los bárbaros ante el Imperio romano, nuestro lenguaje no es el del Estado. En que toda nuestra fuerza reside en explotar la negatividad de la que somos portadores, la que ha brotado en las asambleas, es decir, en la organización de las luchas que surgen de los conflictos cotidianos, sin inter­mediarios, mediante la acción directa. Y que éstas son ya, en sí mismas, un proceso creativo, una propuesta: de comunicación, solidaridad, saberes, rela­ciones, resistencias,… Las propuestas del Bloque Libertario y Autónomo de Madrid en un comunicado del 21 de mayo eran cinco:

1.Exigencia de la retirada inmediata de la reforma laboral y de la reforma de las pensiones.

2.Autoorganización por medio de las Asambleas, único poder que reconocemos, y multiplicación de las mismas en los barrios y curros.

3.Fuera políticos de las Asambleas.

4.Ningún diálogo con el Crimen Organizado [el Estado].

5.Multiplicación de las acciones, huelgas y deserciones.

En definitiva, las contradicciones del 15M ya vienen condensadas en aquella torpe ecuación «Democracia Real Ya! No somos mercancías en manos de políticos y banqueros». Mal ajustada, pues la democracia es el hábitat ideal de la mercancía, con la dictadura, la otra cara de la moneda­Capital. Se podría glosar este cálculo fatal con el desquiciante pendular de gritos en las manifestaciones: del «lo llaman democracia y no lo es» a «el pueblo, unido, funciona sin partidos»; de las detestables invitaciones a la policía a incorporarse a las protestas, al «vergüenza me daría, ser un policía» o al «se va ha acabar la paz social»; del «no es una crisis, es una estafa», al «a, anti, anticapitalistas».

Es corriente acusar a los anarquistas –con un aire despectivo– de utópicos, de soñadores, pero hasta la fecha sólo las luchas desarrolladas en la actual crisis desde la autoorganización y la conflictividad social han tenido sus efectos inmediatos. Y que nadie se quede bizco obsesionado con el dedo, unas minúsculas victorias, porque la luna está en esa Comunidad de Lucha aún menguante. Todo el sinnúmero de reclamaciones barajadas por el re­ formismo, que incluso con la más piadosa de las críticas no pasan de ser la redistribución necesaria de riqueza para la reproducción del valor, son puro fogueo. Y lo que ya era una realidad antes del 15M, como el cooperativis­ mo –ensanchar la lógica del valor a aquellos recovecos apartados (merca­ dos de intercambio, de favores, bancos de tiempo,..)–, o la banca ética –el arte de convertir la pobreza, la exclusión,… en rentable–, otro tóxico.

Tras más de año y medio de su salto a la fama, y con Stéphane Hessel en proceso de beatificación al haber fallecido, el poso sedimentado en las ori­ llas del torrente inicial son unas asambleas de barrio que representan otro andamiaje para esas luchas. Muchas se atascan en un hablar por hablar o se distraen en un cándido gestionismo, y es el derivar hacia los conflictos diarios su única salida para no despegarse de la calle. La participación crí­ tica , allí donde sea posible, que se defiende desde estas líneas, será clave para la inclinación de las mismas hacia posturas de mayor confrontación. En otros casos los escarceos con la realidad harán su parte, como ha ocu­ rrido con el tema de la violencia, donde los porrazos y las pelotas de goma de los antidisturbios están siendo la mejor cura contra el sermón pacifista.

«Nosotros apostamos por consolidar una cultura de lucha entre la población, por extender un sentimiento colectivo de que las cosas se consiguen luchando. En nuestra opinión, lo que está en juego es conseguir un punto de partida capaz de activar la lucha coti­ diana por aspectos concretos y básicos, una lucha que se lleve a cabo desde la horizontalidad, el asamblearismo, la solidaridad y la acción directa»

Nosotr@s, Madrid, octubre 2012

Para concluir, y si en algún sentido se cumple aquello de que se es por lo que se pregunta, podría ser un ejercicio de aproximación a el movimiento anarquista ibérico y su presente el formularnos, desde estas otras coordena­das, las que localizan a esta charla ­debate, sus preocupaciones. Sería un interesante método de medir distancias. Valga para lo dicho las planteadas en el X Encuentro del Libro Anarquista de Madrid de diciembre 2012:

«–¿Cómo nos posicionamos ante la degradación de nuestras condiciones de vida (recortes, desmantelamientos de presta­ciones sociales, desahucios, paro…)? ¿Cómo podemos/quere­mos afrontar estos conflictos?.

–¿Qué podemos aportar tanto personal como colectivamente a estos conflictos y que nos aporta nuestra participación en ellos a nosotros mismos? Es decir, el cambio que supone recuperar las relaciones entre las personas de un mismo barrio, así como lo que podemos aportar y recibir como anarquistas.

–¿Cómo podemos participar de estas luchas sin rebajar nues­tro discurso? ¿Cómo encontrar la manera de formar parte sin acabar cayendo en el mero reformismo?.

–Teniendo en cuenta que no proponemos unas soluciones fá­ ciles a estos problemas, ¿de qué herramientas y prácticas pro­ pias del anarquismo podemos dotarnos para afrontar estas cuestiones en el seno del conflicto? ¿Y cómo potenciar las ya existentes, como asambleas de barrio, okupaciones…?.

–¿En qué manera podemos o queremos relacionar estas luchas masivas con nuestros proyectos propios? ¿Hay posibilidad de retroalimentarlos?.»

Marzo 2013

  1. Colectivo Cul de Sac, 15M. Obedecer bajo la forma de rebelión. Tesis sobre la indignación y su tiempo, El Salmón, Alacant, 2012.
  1. Chris Ealham, La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto. 1898­ 1937, Alianza, Madrid, 2005.
  2. Salvando todas las grandes distancias, como las apreciaciones realizadas por Clastres en torno a la tecnología o las características del grupo humano. El libro, La sociedad contra el Estado, que cuenta con una reciente reedición, Virus, 2010, es un imprescindible en el estudio antropológico y, por ende, político.
  1. Internacional Situacionista Vol. II, La supresión de la política, Literatura Gris, Madrid, 2000.
  1. Nando, A propósito del opúsculo del colectivo Cul de sac contra el 15M, Madrid, 12.01.2013.
  1. Segundo comunicado de lxs detenidoxs del 15M, Madrid, 04.06.2011.
  1. Jean Baudrillard, Crítica de la economía política del signo, Siglo XXI, Madrid, 1999.

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