¿Crisis climática o crisis del sistema? Parte I

Por: Castella

Existe una teoría perturbadora sobre la especie humana que ha empezado a tomar un grado alarmante de realidad. Parece que el actual comportamiento de las sociedades humanas capitalistas muestra un gran parecido con el comportamiento de los agentes patógenos u
organismos causantes de enfermedades.

Si observamos desde el siguiente nivel cuántico de perspectiva, desde el cual la Tierra se ve como un organismo y los seres humanos como microorganismos, la especie humana dentro del sistema capitalista se asemeja bastante a una enfermedad, comprendida por organismos que se multiplican excesivamente, consumiendo recursos sin conciencia y generando desechos sin darle mayor importancia a la salud y bienestar de su anfitrión, el planeta Tierra.

Pero existe una gran diferencia entre los organismos patógenos y nosotras, los primeros tienen mecanismos para escapar del anfitrión moribundo e instalarse en otro (un enfermo de tuberculosis que tose en su lecho de muerte). Nuestra especie, de momento, no puede hacerlo, y en tal caso, no seremos el pueblo quienes nos salvemos. (Aunque espero que antes de eso aprendamos a vivir con la Naturaleza y no contra ella, o nos extingamos).

Siguiendo con la clara analogía del comportamiento patógeno de la especie humana, cuando un organismo patógeno infecta a un ser humano, éste último eleva su temperatura corporal como mecanismo de defensa. Esto no sólo retarda el crecimiento del organismo infeccioso, sino que también propicia la capacidad de autodefensa del cuerpo. El Calentamiento Global podría ser el mecanismo de autodefensa de la Tierra, induciendo una “fiebre” global como reacción a la contaminación de la atmósfera causada por el ser humano y su consumo desmedido de combustibles fósiles.


Así como cuando aumenta la temperatura corporal permite la rápida proliferación de anticuerpos y otros medios de defensa contra la enfermedad, el Calentamiento Global y su consiguiente deshielo de los casquetes polares está sacando a la luz virus y bacterias de enfermedades existentes en siglos o milenios pasados para las cuales no tenemos defensas ni conocimiento.


Con frecuencia los patógenos habitan dentro de su anfitrión sin causar síntomas de la enfermedad. De pronto algo dispara su crecimiento, ganan fuerza y se reproducen rápidamente, momento en el que se evidencian los efectos de la enfermedad.

Los humanos comenzamos a mostrar nuestro potencial patógeno hacia la década de los 1950s, devorando recursos naturales y desechando residuos hacia el medio ambiente sin cuidado. De 1990 a 1997, el consumo mundial humano creció tanto como desde el principio de la civilización hasta 1950. De hecho, solo en 1997 la economía global creció más de lo que lo hizo en todo el siglo XVII.

Y este ritmo no se ha detenido, de hecho se ha incrementado exponencialmente durante principios del siglo XXI. El monstruo capitalista y el modelo de crecimiento infinito parecen obviar que vivimos en un mundo finito. Gastar en 200 años algo que tarda millones de años en formarse, y pretender que eso dure para siempre es una absurdez. Y es que nuestra vida está mucho más basada en el petróleo de lo que nos pensamos.

Para empezar, la agricultura convencional ha conseguido convertir el petróleo en “alimentos”, en comida que no alimenta. La gran mayoría de abonos y pesticidas sintéticos que están degradando el suelo y la vida silvestre proceden del petróleo. Esto, unido a los arados bestiales a los que se somete a la tierra, dejándola desnuda de toda vegetación, supone los dos más graves problemas medioambientales actuales, el cambio climático y la pérdida de suelo fértil (anualmente se pierden 24.000 millones de toneladas de suelo fértil, contando lo que ahogamos bajo una capa de hormigón). Lo “peor” de todo es que la Naturaleza tiene los medios para solucionarlo, si la escuchamos.

Por su parte, la ganadería es otro gran problema ambiental. La contaminación de acuíferos por los purines es bastante notable. En Catalunya, por ejemplo, el 41% de las aguas subterráeas están contaminadas. Por otra parte, si alguien nos pregunta que es lo que provoca el Calentamiento Global la gran mayoría de la gente pensamos en los coches y camiones. Pero en cambio, la ganadería genera más gases de efecto invernadero que el sector del transporte.

Aunque habitualmente se asigna a la industria agroganadera un nada despreciable 14% de las emisiones de gases de efecto invernadero, si tenemos en cuenta también la energía utilizada en la agricultura y los cambios de uso del suelo, así como los procesos indirectos derivados de la producción y utilización de fertilizantes y pesticidas sintéticos, y los procesos post-cosecha, estas emisiones pueden superar el 30%. Además, hay que apuntar que siempre se pone el ojo en el CO2 como el gran enemigo y resulta ser el menos malo. Las emisiones más importantes de la industria ganadera por su contribuición al efecto invernadero son el óxido nitroso emitido en los campos por el uso de abonos nitrogenados (38%), seguido de cerca por el metano (con un poder de efecto invernadero casi 30 veces mayor que el CO2) producido en el proceso de digestión de los rumiantes (32%) y en los campos de arroz encharcados (12%), la quema de bosques, matorral y rastrojos, asi como los purines y estiércol emiten en suma el 18% de metano y óxido nitroso. Pero no todo está perdido, la agroecología entendida como ciencia y no como un agronegocio más, tiene la solución. Si en lugar de convertir el carbono orgánico del suelo en CO2, trabajasemos en sentido inverso, fijando el carbono atmósférico en el suelo, como hace la Naturaleza. Si aumentasemos un 1,6% el C orgánico (humus) de todo el suelo cultivable mundial (lograble en 4 o 5 años de buenas prácticas), en 10 años volveríamos a niveles preindustriales de concentración de CO2 en la atmósfera (2,5% en nuesro caso por la degradación excesiva de los suelos), aumentando así también la capacidad de retención de agua en el suelo, con el consiguiente aumento en la resistencia a sequías (por cada 1% de aumento del C en el suelo el suelo puede almacenar 14,4 litros/m2, esto es 144.000 litros por hectárea), evitando también las riadas y pérdida de suelo fértil por arrastre.

Pero no sólo la producción de alimentos conlleva enormes gastos energéticos y de recursos, también los tratamientos post-cosecha en cámaras frigoríficas para disponer del producto todo el año o el transporte de los mismos desde las zonas de producción en la otra parte del mundo hasta nuestros supermercados y comercios. Y esto, en el mejor de los casos, la otra opción es producirlos en invernaderos climatizados, algunos con luz artificial, y mediante cultivo hidropónico, que permite la producción intensiva de verduras preciosas aunque con
características organolépticas y nutritivas bastante deficientes.

Este es solo un texto de varios que saldrán más adelante para tratar el resto de temas relacionados con la crisis ecologico-sistémica que vivimos.

Castella

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s