MARTINICO: Crónica de un parto anunciado (I)

Por: Alonso de Salazar y Frías

A la sombra histórica del Monín, en el parque de Las Veguillas, rompió aguas un proyecto que venía preñado de innumerables encuentros, ilusiones y meses de esfuerzo. Fue en una jornada de presentación muy íntima pensada para los colectivos sociales y políticos que siguen dando la pelea por un Burgos crítico y combativo. En ella se brindó la oportunidad de conocer, en el tono distendido de un vermut musical, el plano de intenciones de Casa Martinico. Esta librería asociativa, que cuenta con algunos precedentes, como La Libre en Santander o el Zapateneo en Vitoria, aspira a ser un referente en texto político en la ciudad. Para ello recurrirá a la presentación de novedades editoriales, invitará a autores y planteará debates entre diferentes posturas.

Pero este espacio es en su otra dimensión, aquella en la cual el dinero no media, donde espera desarrollar todo su potencial. En esta, pretende hacer que el pensamiento crítico sea hábil políticamente por medio de seminarios, talleres, cursos… Un aula de formación para los comunes que pase por la sistematización de contenidos; además de por la construcción de puentes entre ámbitos militantes, su caso, y la academia. A este recurso se llega tras la reflexión de que lo común está también por debajo de lo público, la academia, y que un acercamiento a esta, una incursión en sus disciplinas, es un mecanismo que sirve para liberar saberes cautivos que hemos producido colectivamente toda la sociedad.

Así lo expresaban en el momento más formal del día, en los prolegómenos de la comida, citando a Marina Garcés, una filósofa de anatomía completa, que acuñando el término de analfabetismo ilustrado quiso conceptualizar el carácter de unos tiempos en los que lo sabemos todo y no podemos nada. No es difícil apreciar en este pensamiento los ecos de un Marx en su undécima tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Una olla de lentejas fue el plato fuerte de una comida que pudo hacer sus funciones de ritual: una “técnica de protección” ante las crisis, así entendido con el antropólogo Ernesto de Martino. Replicar ciertas pautas para juntarse es la mejor manera de preservar una comunidad. Tras las viandas, quien no se sumó al improvisado taller de danzas castellanas es porque no quiso, no pudo ser excusa la falta de fuelle. La tradición nunca se dirige a un pasado extendido, sino a un presente por venir. Por eso, cuando con el Coro Libertario se cantó Bella ciao o A las barricadas eran nuevos significados los que aparecían.

A mediados del siglo XX se publica la recopilación de un manojo de artículos de Azorín, José Martínez Ruiz, bajo el título de La cabeza de Castilla. En él se describe a las gentes de Burgos como amantes de los árboles y las flores: era conocida su afición a plantarles. Quién sabe si el Monín, un álamo blanco con el que tantas generaciones se han retado a abrazar agarrados de la manos, no resistió tantos años gracias ese cariño. Como los viejos árboles de Labordeta, contenía en su gran envergadura la memoria de un pueblo vivo, debiendo su decrepitud seguramente al cuerpo compartido. El asfalto que secó al Monín, como la grafiosis de los olmos, es el último gemido de un paisaje social donde los árboles ya no son institución. Algo más que una casualidad tiene que encerrar el hecho de que este ejemplar único fuese cortado por el ayuntamiento de Jose María Peña San Martín, condenado en el primer gran proceso por corrupción urbanística. Un lenguaje secreto que no para de gritar.

La diferencia entre interpretar y transformar radica en la posición desde donde se ejercen. Cuando se realiza desde abajo, contra y más allá del capital emergen otros lugares, aquellos que merece la pena habitar. Ojalá Casa Martinico sea una herramienta para convertir esos lugares en territorio más que en organización. Militar en Castilla para transformar el mundo.

Para El corro, septiembre 2019

Alonso de Salazar y Frías

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